
Estoy en mi última semana en la Academia de Manejo.
Finalmente junté coraje - y un par de pesos - y me mandé.
... Academia... Bueh, escuelita diría yo, pero, si ellos quieren decirle Academia de Manejo, quien soy yo para pincharles la burbuja, al cabo que todos necesitamos nuestra dosis de autoestima.
Decía entonces, después de cuatro semanas de manejar - y sí, no lo publiqué en este blog hasta no estar segura que iba a lograrlo - ya me siento capacitada como para ir a dar el examen de manejo.
Si, sí.
Hinchada como galleta en el agua, está ella.
Superé la primer semana de frenar y arrancar el auto - el auto se me paró dos veces en toda la semana, y en mi defensa, fue cuando el profe me llevó a andar por primera vez entre la gente... Hay muchísima gente hostil en las zonas supuestamente menos concurridas de Neuquén...
Sobreviví la segunda semana de pasear por zonas mas concurridas - la gente está loca y a mí ya no se me paró el auto porque aprendí a ignorar lo que puedan pensar TODOS LOS DEMÁS. Sí, se me paró el auto, ¡¿y qué?! ¡Bajá y decímelo en la cara, la PMQTP!
Sobreviví a la tercer semana de jueguitos con los pedales, para arrancar el auto en las subidas y o bajadas sin que se me fuera el auto para atrás - o para delante, según sea el caso - y sin que se parase el motor. Esto último me resultó un tanto mas complicado que en el llano - de acá a comprarme un auto automático -, pero ya aprendí... y que susto se llevó, señor del auto rojo que estaba atrás mío esperando el semáforo, ¿eh?... Culpa suya por ponerse atrás de un auto con carteles de Auto Escuela por todos lados. Soy inimputable, soy.
Sobreviví a andar en la autopista. Subir y bajar sin cruzarme. Anduvé a 60 kilómetros por hora - velocidad máxima en zona urbana, antes que nadie diga nada, cualquiera de ustedes que esté pensando que era muy despacio debería examinar lo bien que respeta las leyes antes de andar tirando piedras - y debería haberme sacado una foto, mi cara de velocidad al límite.
Sobreviví a subirme a la vereda - sí, lo hice, lo admito. Giré muy cerrado en la avenida, y vigilando a un auto que venía a los pedos, me olvidé de enderezar el volante y ups, ahí subió la rueda a la vereda, y ups, ahí subió la rueda de atrás. Un montón de pibes que tonteaban en la plaza se hicieron la tarde a los gritos, yo enderecé el volante, nos bajamos de la vereda, papam papam, sin daños que lamentar, y el profesor, muy flemático él, continuó con lo que me estaba contando sobre su hija sin perder el hilo.
Esta semana estoy aprendiendo a estacionar. La física del asunto todavía me complica. Es como cuando uno quiere peinarse de espaldas en el espejo. Debería ser simple, todo está ahí, pero alguna razón, todo parece estar torcido. Pero lo voy a lograr. Al menos tengo que aprender a hacerlo bien una vez. En dos movimientos. Una vez tenga el registro, estacionaré en esquinas y lugares con mucho espacio.
El sábado tengo el curso teoríco. Toda la mañana.
Que embole.
El miércoles tengo turno con el oculista.
Es hora de sacar un juego nuevo de anteojos... Los míos los dejé de usar en el 92 y creo que ya debería chequear como va mi miopía, no sea cosa que no me quieran dar el papelito porque no veo las letras de las filas de mas abajo... Cómo si las letras en las señales de tránsito fueran chiquititas...
Y después de eso, ya está.
Me voy a levantar bien temprano, hacer la fila kilométrica y a sacar el registro.
Y una vez que lo tenga, no me jodan, no pienso manejar a menos que sea absolutamente necesario.

