Otra Mente Brillante Arruinada por la Educación

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20 oct 2010

Cuando los Elefantes Llegaron 1/3


"Alonso estaba nervioso.
Una sensación por demás molesta considerando que Alonso no era del tipo de ponerse nervioso.
Serio y por demás circunspecto, Alonso Johanssen, estudiante de Matemáticas Avanzadas y el empleado mas prometedor de la Financiera Groban, no era alguien que se pusiera nervioso.
No en circunstancias normales al menos.
Pero esta no era una circunstancia normal, y por ende, Alonso estaba nervioso.

Sacó del bolsillo del sobretodo un llavero, rebuscó en el manojo de llaves una que no usaba tan a menudo como antes y abrió la puerta de calle de la casa de su vieja.
El sonido lo envolvió, lo aplastó, lo sofocó como una manta de lana. Risas, cristales, conversaciones, y allá en el fondo, el dejo de una música que podría haber sido jazz pero que bien podría haber sido cualquier otra cosa.
Sonrió reflejo, sintiéndose bienvenido, dejándo que la calidez lo invadiera. El cumpleños de Nennia estaba en pleno apogeo. No se cumplen 70 años todo el tiempo - ni para el caso ninguna otra edad - y para festejar este magnífico evento todo el clan se había reunido bajo el techo de su hija Ana, o, para los entendidos en la materia, la mamá de Alonso.
El hombre, aunque muchos argumentarían que a sus recién cumplidos veintidós todavía era un nene, cerró la puerta detrás suyo y el ruido atrajo la atención que su mera presencia no había conseguido.

- ¡Alonso!- exclamó Ana, llegándose hasta él con una sonrisa, un abrazo y un beso. -Ya creíamos que no venías. ¿Qué pasó?- él movió la cabeza, desmereciendo su preocupación, sacándose el sobretodo y aflojándose la corbata. Trabajo, mucho mucho trabajo, ¿qué otra cosa podía haber pasado?
- Entre el laburo y la facultad, vieja, no sé porque siquiera te molestás en preguntar que pasó.- sonrió una sonrisa general, besó obediente los cachetes de sus hermanas (Laura la mayor, Rinni la menor), estrechó las manos de Lucas (su hermanastro) y de Francisco (el marido de Ana) e hizo un gesto en dirección a Martina (la hermana menor de Francisco), que ubicada un par de metros mas atrás, con una copa en la mano, le devolvió el gesto, la mano libre en el bolsillo trasero de su pantalón de jean.
- Viejos son los trapos, mi vida.- replicó Ana, una chispa dorada en sus ojos castaños, feliz de tener a todos sus patitos cerca por una vez. - Pero pasá, dale, que los demás están adentro.- sacó al sobretodo de sus brazos y lo empujó en dirección a la multitud.

La siguiente hora fue una caótica mezcla de saludos, de preguntas sobre temas en común, de bromas respecto a estar todavía de traje cuando ya pasaban de las 8, de anécdotas sobre Nennia, de puestas al día con las distintas historias de todos los distintos primos y parientes. La abuela Nennia, viuda desde los 57, tenía seis hijos, lo que daba un total básico de diez tíos, lo que llevaba a veintitrés primos, que iban desde los 12 años hasta los 29, y eso sin contar maridos, mujeres, novios, amantes, amigos y parientes honorarios.
Alonso sonrió a través de todo, disfrutando el momento, jugando con el contenido de sus bolsillos en un gesto nervioso que despreciaba pero que no podía evitar. Despeinó una cabeza morena, tiró de una trenza rubia, preguntó muy seriamente los planes a futuro de Diego y su banda de rock, bromeó con Clara sobre cuanto faltaría para que esa panza reventara y el bebé saliera expulsado, explicó con paciencia la teoría de los números irreales a un confundido Gus tratando de aprobar la maldita materia.

Las nueve y media, con torta de chocolate y 2 velitas de colores, llegaron enseguida, coronando una sustancial cena de sandwichitos de peceto.
Nennia, sentada en una silla de corte antiguo - a la que mas de un vivo se había referido como trono - se quejó del hecho de que le habían puesto sólo un 7 y un 0.
-Nadie se esfuerza ya en estos días.- comentó áspera, sus desvaídos ojos azules divertidos. -En mi época si había que poner 70 velitas, poníamos 70 velitas.
-Si prendemos 70 velitas, Nennia, las probabilidades de que se queme la casa antes de que las apagues son altísimas.- contestó Alonso.
Su primo Rafa se apoyó en su hombro,
-Y de boca de nuestro matemático residente, Ne, así que tenés que aceptarlo.
-Que bárbaro, tomarme el pelo de esa manera. A mi edad.
-Si vos todavía sos joven, abuelita.- zalamereó Rosa, la menor de las nietas. Nennia gruñó,
-No me des coba, niña, que yo sé muy bien lo que soy.- con el acento que los años suavizaran pero no borraran, y sus ojos brillando satisfechos, mientras Mecha prendía las velas y el Feliz Cumpleaños empezaba despacio, como el zumbido de un avión preparándose para despegar.
Después de la interpretación familiar - con la que nunca ganarían ningún premio coral - Alonso aceptó un pedazo de torta y marchó hasta el living donde se ubicó en uno de los sillones de un solo cuerpo que hacían juego con el enorme sofa donde se encontraba sentada su madre.

-¿Tenés un minuto?- quiso saber, abandonando la torta sobre la mesa ratona sin probarla, decidiendo que este era un buen momento para hablar con ella - tan bueno como cualquier otro - y qué un pedazo de torta en el estómago vacío podría llegar a jugarle en contra.
Un vaso de whisky quizás hubiera sido mejor.
Ella parpadeó, atrapada in fraganti, la boca llena de chocolate, una mujer atractiva de 47 años, con el cabello todavía castaño merced a una buena combinación de genes y tintura. Tragó,
-Seguro.- y sonrió expectante, los ojos alertas, confiando en que lo que tuviera para decir no llevara mucho porque tenía que hablar con Diana y Diana siempre tenía la mala costumbre de abandonar las reuniones familiares temprano. Probablemente para no tener que ayudar a limpiar, pensó, poco caritativa pero muy acertada.

Pero antes de que Alonso pudiera abrir la boca, una sombra pasó sobre ellos y Francisco Setera se dejó caer en el sillón junto a su mujer,
-¿Y?- quiso saber -¿Cómo te está yendo en estos días? Tu mamá se la pasa preocupándose por si comés lo suficiente o no. Me tiene la cabeza llena con el tema de tu dieta.- y su tono divertido combinaba perfectamente con el afecto con que miró a su mujer cuando esta le dio un codazo en el costado, consternada.
-Fran, por favor, que el chico va a pensar que soy una madre pesada y no lo soy.- volvió la mirada a su único hijo varón. -Pero te estás alimentando bien, ¿no? No te olvides que si no comés cada dos horas te mareás.- Alonso le hizo un gesto a mitad de camino entre el cariño y la exasperación, esa delgada línea por la que todos los hijos transitan,
-Es difícil que me olvide de mi hipoglucemia, mamá. Fran, por favor, recordáselo, ¿sí?- el hombre asintió muy serio,
-Tu hijo ya es un hombre, Anita.
Ella hizo una mueca descreída, y apartó la vista, apretando los labios,
-Sí, bueno, ya vamos a hablar sobre eso.
-¿Quién es un hombre?- quiso saber Lucas, el hijo de Francisco, dejándose caer junto a su viejo.
-Tu hermano mayor.- contestó Fran.
El adolescente hizo una mueca escéptica,
-Sí, bueno, si ustedes lo dicen.- y Ana trató de no voltear el resto de su torta con una carcajada.

Alonso trató de volver al tema anterior. Era algo que iba a tener que enfrentar tarde o temprano, y conociendo a su madre, temprano era mejor.
Sin embargo, antes de que pudiera volver encarrilar las cosas, Martina, la rubia hermana de Francisco, se sentó pesada en el otro sillón de un cuerpo, al otro lado de la mesa ratona,
-Che, esta tarta está buenísima.- y para remarcar el punto se llevó a la boca el tenedor cargado con tarta de frutillas. Alonso entrecerró los ojos, presa de un fastidio momentáneo. La tarta de frutillas no había estado en la mesa cuando él se sirviera. Martina sacudió ligeramente la cabeza, el pelo rubio una cortina a su alrededor, -Acida. - murmuró tragando, frunciendo la boca, - pero rica.- y le sonrió burlona a través de la mesita, adivinando lo que estaba pensando.
-Le diremos a Mecha que la haga para tu proximo cumpleaños, - retrucó él con tono zumbón, -¿Cuántos son? ¿40?
Ella levantó el tenedor en una advertencia,
-35, pendejito, asi que no te pases de vivo.
-¿Yo? Nunca.- volvió la cabeza a su anterior conversación con Ana. -¿Puedo hablarte?
-Hablá. ¿Qué pasa?- y Alonso juntó aire para lanzarse a la pileta.

Aire que escapó en una tos cuando Rinni la pelirroja se sentó en el brazo de su sillón y apoyó un coso pesado sobre su hombro,
-¿Y? ¿Cómo te está tratando el mundo de los números y las altas finanzas? Ahora que conseguiste un trabajo con … esa empresa con la que estás trabajando, si una no se arrastra hasta tu departamento no hay forma de verte.
Alonso levantó la mirada. Amaba a su hermana menor, de verdad que sí, ropa extraña y todo, pero a veces pensaba que hubiera sido mejor si no le hubiera prestado tanta atención cuando era chiquita. Ahora se creía que tenía derecho a preocuparse por él, ¿y dónde iba a terminar eso?
Martina lanzó una carcajada seca desde su sillón,
-Tu hermano está tan metido en sus preciosos números que aún si fueras hasta su departamento no podrías encontrarlo.
Alonso no despegó los ojos de su hermana,
- A diferencia de tu tía Martina, que lo único que hace es pasársela metida dentro de su departamento.
-Es lo que una gana trabajando en el mundo de las letras. Puedo llevarme el trabajo a casa."

Continua

Cuando los Elefantes Llegaron 2/3


"-Hablando de eso.- y junto a Martina, obligándo a su tía política a correr la cola hasta hacerle un lugar, se sentó Laura, - Si yo te alcanzo un manuscrito que escribió un amigo, ¿vos me harías la gauchada de leerlo?
Martina limpió el plato con el tenedor, dando cuenta del último pedazo de tarta y asintió, sacando una miga del escote redondo de su sweater verde militar,
-Seguro. Mientras no sea un bodrio, veo si puedo darle una ojeada. Che, me encantan tus aros.
Laura se corrió el largo pelo oscuro para mostrarlos mejor,
-¿Viste que lindos? Los compré en María Rivolta.
- Ah, el otro día vi unos divinos ahí, de bronce y
Ana apoyó una mano sobre la rodilla de su hijo, llamando su atención, y Alonso apartó la mirada de las dos mujeres con un escalofrío. Era el equivalente conversacional de espejitos de colores, si no tenías cuidado podían llegar a hipnotizarte.

-¿De qué querías hablarme?
El parpadeó, intentó una sonrisa y finalmente dijo,
-Estoy saliendo con alguien.
Las elegantes cejas se arquearon sobre los ojos almendrados, tan parecidos a los de su hijo, y una sonrisa estiró su boca,
-¡Pero eso es bueno! ¡Ya estaba empezando a preocuparme! Siempre tan opcupado no sabía cuando ibas a tener tiempo de conseguir una buena chica.

La sonrisa de Alonso se amplió un poco y bajó la cabeza un tanto avergonzado,
-Sí, bueno, me las arreglé bastante bien.
-O sea que estás de novio.- Rinni acotó desde su percha, metiéndo baza en la conversación como si hubiese estado invitada a ella desde el principio.

-¿Estás de novio?- preguntó Laura sorprendida, desde el otro sillón, arrastrando hacia ella el pedazo de torta de chocolate que su hermano abandonara minutos antes.
-Algo así.
-¿Cómo algo así?- quiso saber Francisco. -¿Estás en esa etapa en la que no le querés poner etiquetas a las cosas?

Su mujer lo codeó nuevamente,
-Dejalo tranquilo. Si recién está empezando a salir con esta chica a lo mejor no está seguro.- Alonso y Lucas revolearon los ojos, gemelos ante la costumbre maternal de hablar como si uno no estuviera dentro del rango auditivo, probando que si bien algunas cosas no están en los genes, sí están en la crianza -¿Quién es? - quiso saber Ana -¿Cómo se llama? Tenés que traerla.- y luego movió la cabeza. -Sabés que no te quiero presionar, pero desde Carla que no te escucho hablar de ninguna chica y… - su madre le sonrió, madre sobreprotectora y romántica incurable todo en uno, mientras Alonso recordaba por un momento a su última novia de la secundaria, en lo enamorado que había creído estar, en como cambian las cosas.

-¿Y?- preguntó Laura, a la que obviamente presionar no le molestaba en lo mas mínimo -Contanos algo.

Alonso miró a las personas a su alrededor. Al grupo original se habían sumado un par de primos, Diego con el brazo alrededor de la cintura de su novia Lucía, su tía Mecha con sus grandes ojos azules llenos de curiosidad. Tragó saliva,
-Voy a pedirle que se case conmigo.

El silencio engulló sus palabras, las tragó como si fueran caramelos, haciéndolas desaparecer, sin dejar ningún rastro dulce detrás. Alonso tuvo la extraña impresión de que la radio misma había hecho una pausa en la trasmisión.

Desde la otra sala les llegó la voz de Maura, relatando a Nennia en tiempo real lo que estaba aconteciendo a este lado de la habitación,
-Bueno, menos mal.- la respuesta de Nennia voló sobre el silencio y cayó en picada sobre ellos, -Estaba empezando a pensar que ese chico era puto.- Lucas se quebró bajo ese impío ataque y su risa sobresaltada sacó a todos del trance, llenando el espacio de sonido con la misma fuerza bruta con la que la marea llena la hoya.
-¿Cómo que vas a pedirle matrimonio?- la voz aturdida de Ana se escuchó sobre la cacofonía de parientes preguntando cosas tales como Cuándo, Por Qué, Cómo, Dónde, y especificamente Quién.

Alonso resistió los embates, esperando a que pasara el primer hervor, sabiendo que todavía faltaban un par de noticias que probablemente volcaran la cacerola. Los mas chicos lo miraban entretenidos, los mas grandes consternados y sus contemporáneos todavía no estaban del todo seguros a cual de los dos grupos unirse.

-¿Está embarazada o algo así?- la voz de Laura siguió a la de Ana y Alonso nunca antes se había dado cuenta de lo parecidas que podían sonar. Lanzó una mirada hostil en dirección a su hermana mayor. Junto a ella Martina se concentraba en la fascinante efigie de su plato vacío. No pudo adivinar que estaría pensando.

-No, no está embarazada.
-¿Entonces por qué?- quiso saber Ana, en la estela del comentario de su hija mayor. -¿Por qué vas a proponerle matrimonio a una chica a la que recién conocés y que nunca nos presentaste?
Alonso se mordió el labio inferior. Tiempo de lanzar la segunda granada y confiar en que quedara algo en pie para cuando fuera tiempo de lanzar la tercera,
-Cuatro años.- y su voz fue tan baja que por un segundo pensó que había pasado desapercibida.

Pero no contaba con Rinni, todavía posada sobre su hombro como un gigantesco periquito pelirrojo,
-¿Cuatro años qué?
Alonso resopló. Suficiente. Nunca mas iba a responder a sus llamadas de urgencia para que fuera a buscarla al último boliche de moda en plena madrugada,
-Hace cuatro años que estamos juntos. Y nos conocemos hace mas de diez.
-¿Cuatro años?- el sonido estalló una vez mas a su alrededor. Pudo escuchar la risa gastada de Nennia en el comedor, donde Maura le llevaba los detalles. Su abuela siempre había sabido apreciar un buen escándalo. Pudo ver como Martina sacaba el plato de torta de chocolate de los dedos pasmados de Laura y lo alejaba del área de riesgo. Cuando Ana volviera a pensar probablemente le agradecería que salvara su vajilla.

Alonso arriesgo una mirada en dirección a su madre.

-¿Cómo cuatro años?- repitió Ana, su voz elevándose una octava.
Por otra parte, quizás no. No parecía que fuera a haber agradecimientos para nadie en el futuro cercano.
El alma ferozmente matemática de Alonso lo llevó a aclarar,
-Tres años, diez meses y nueve días, en realidad… - un par del grupo de indecisos desertó al grupo de los divertidos y Alonso se sintió enrojecer, -No es que esté contando.
-Tres años, diez meses y nueve días, claro. Ahora me siento mucho mejor.- el sarcasmo definitivamente no le sentaba a su madre, pero podía entender que se refugiara en él. -Y nunca pensaste en presentármela.
-Sí lo pensé.- trató de defenderse Alonso. -Pero…
-¿Pero?- acicateó Laura. Su hermano se pasó la mano por la cabeza, despeinando su pelo oscuro de normal perfectamente atildado,
-Es complicado.
-¿Es casada?- acotó Diego.
-Mierda, ¿alguien te invitó a esta conversación?
-Dios mío, es casada.- Ana se llevó las manos a la boca. -Estás saliendo con una mujer casada.- miró a Francisco. -Mi bebé esta saliendo con una mujer casada. Francisco, decí algo, no te quedés ahí callado.- pero Francisco, probando una vez mas ser el hombre sabio que Alonso sabía que era, puso cara de circunstancias y mantuvo su silencio estoico.

-No está casada, mamá.- la tranquilizó, cansado ya de esto. Aunque, en haras de la justicia - a medias por ser honesto a medias por ser molesto - , agregó, -Pero estuvo casada una vez.
El corro a su alrededor, que había aumentado conforme la conversación se filtraba a todos los rincones, contuvo el aliento ante este pedazo de información.

Ana no se hizo esperar,
-Pues no voy a dejar que te cases con una mujer divorciada.- la romántica incurable en ella espantada por completo por la madre sobreprotectora. - Lo único que faltaba en esta familia.
Alonso apretó los dientes, desde el living llegó la voz de Nennia comentándole a Maura que prohibirle algo a los hombres nunca sirve de nada.

-No te estoy pidiendo permiso, mamá. Simplemente te estoy contando lo que va a pasar, para que no te tome por sorpresa.
Los demás contuvieron el aliento, esperando el rebote, como espectadores en un partido de tenis. En sus rostros podía leerse el hecho de que sabían que era una conversación privada y poco y nada les importaba,
-¿Por qué ahora?- fue Rinni la que llenó el bache.

Su hermano la miró sin entender,
-¿Perdón?
-¿Por qué ahora? Decís que hace cuatro años que están juntos, ¿por qué ahora decidiste proponerle matrimonio?- Laura asintió, haciéndose eco de esa pregunta,
-Sí, eso. ¿Por qué no esperaste a traerla a casa, a que la conozcamos, en vez de tirarnos todo encima de una sola vez?

Alonso los miró a todos: a las mujeres de su familia, que esperaban su respuesta; a Francisco, que con la mano en la rodilla de Ana, prestaba apoyo moral; a Lucas, que retrepado en al sillón y con las piernas cruzadas disfrutaba del espectaculo; a todos los demás, que a pesar de estarse divirtiéndo con su incomodidad, demostraban en mayor o menor medida el hecho de que se sentían heridos por su silencio.

Tener una familia grande era definitivamente un incordio.

Volvió a Rinni,
-Discutimos. Dijimos cosas feas, y al final ella me dijo que estaba cansada de ser un secreto, y se fue dando un portazo. Nos arreglamos, pero me quedé pensando en eso, y me di cuenta de que tiene razón, de que no es justo.
-O sea que te dio un ultimatum. -la voz de Ana sonó áspera. -Es el tipo de mujer que dice “saltá” y vos decís “que tan alto”."

Continua

Cuando los Elefantes Llegaron 3/3


"Un ruido de porcelana cayendo al piso les hizo notar que Martina no había logrado alejar al plato del peligro de forma exitosa. Lucas, que lo había golpeado con una rodilla al girar en el sillón, lanzó una breve sonrisa de disculpa, tanto por el plato como por interrumpir el momento.
Francisco decidió que era hora de dejar de parecer estoico - sabía que a veces su estoicismo lo hacía parecer constipado - , y se puso de parte de Ana,
-Alonso, ese tipo de mujeres no son buenas…

Alonso lo interrumpió con una risa cansada,
-No están escuchando. Ella no dijo nada, esto fue mi idea.
-Bueno, seguro que parece así ahora, pero
-Quiero casarme con ella porque la quiero, mamá.- concentró su atención en Ana. - Quiero casarme con ella porque me aterra pensar que un día quizás se vaya. No quiero que ella se vaya. Ella es mi amiga, mi enemiga, el impulso cuando no puedo moverme, la calma cuando no puedo parar. - Ana se mordió los labios, Alonso trató desesperadamente de hacerle entender. -Sin ella soy sólo números, mamá. Ella es las palabras. Quiero casarme con ella porque no me gusta la persona que soy cuando no está… - se encogió de hombros, cansado de tener que explicarse frente a las persona equivocadas. - Ella sonríe y mi mundo es un lugar mejor, mamá.- tragó el nudo en su garganta. - Sin ultimatums.

Y eso era todo, no había mas dentro de la caja. Si con eso no entendían, acá terminaba el viaje.
Rinni le codeó el hombro, brusca, sorbiendo por la nariz de manera poco elegante,
-Andá a cagar.- y Alonso lanzó una breve carcajada ante la nota espesa en la voz de su hermana menor,
-Sí, bueno, tengo mis momentos.- miró a su público, que finalmente se había unificado bajo una expresión que podría denominarse contemplativa. Quizás no estuvieran de acuerdo con el método, pero si Alonso estaba tan seguro, podían llegar a pensarlo.

Ana era un punto y aparte.

Suspiró,
-Alonso… - y todos pudieron escuchar el tácito “no sabés lo que hacés” que siguió a ese suspiro.
Su hijo sacó del bolsillo del traje una cajita de joyería, y la estudió. Recién comprada, la pequeña caja de cuero verde relucía perfectamente lustrada,
-Si bien voy a detestar el hecho de que no estés de acuerdo con esto, mamá, eso no va a impedir que lo haga. Lo único que vas a lograr es que no vuelva a visitarte.
-No puedo evitarlo, ¿no?
-No. Voy a pedirle que se case conmigo, y eso es todo.- jugó con la caja en el silencio que siguió a sus palabras, y luego Diego exclamó,
-Bueno, esto fue divertido, ¿Qué opinan si lo hacemos otra vez en Navidad?

Alguien le respondió con un ruido obsceno, y el grupo de personas se disolvió, cada uno yendo en busca de alguien con quien comentar lo sucedido o empezar alguna historia nueva.
Ana se puso en pie despacio, organizando su expresión vencida en una de resignación,
-Bueno, esto definitivamente amerita otro pedazo de torta.- y pasando junto a la silla de Alonso, descansó un momento la mano en su cabeza morena antes de seguir camino hacia el comedor. Francisco se puso de pie,
-No te preocupes, ya se le va a pasar.- y la siguió.

Alonso levantó los ojos de la caja, y miró al otro lado de la mesita ratona,
-¿Vos crees que aceptará?
Laura hizo una mueca,
-Y si no lo hace es una tonta.
Alonso sonrió,
-Aprecio el voto de confianza, pero no te estaba preguntando a vos.- Martina dejó en paz el plato que había soportado el peso de su mirada durante la mayor parte de la conversación. Los ojos azules esquivaron los castaños escondiéndose bajo la cortina del pelo rubio mientras trataba de componerse, el canto de su mano intentando limpiar cualquier huella de lágrimas,
-Es probable.

Alonso se deslizó del sillón al piso y se acercó hasta ella, ante la mirada desconcertada de los otros tres,
-Después de semejante escena, me gustaría una respuesta mas concreta que esa.
La mujer rubia, sabiéndo que no estaba compuesta todavía, pero sin importarle realmente, miró finalmente al muchacho moreno arrodillado frente a ella,
- Pendejo, en los problemas en los que nos vas a meter…
El levantó la caja con el anillo y la abrió,
-¿Te casarías conmigo? ¿Por favor? Prefiero problemas con vos que calma con cualquier otra persona.
Ella curvó la espalda, hasta que su frente se apoyó en la de él,
-¿Estás seguro?- escondiendo en un susurro el hecho de que su voz se quebraba.
-Completamente.
-¿Miedo?
-Pánico.
-No se me ocurre nada mejor que casarme con vos.- Alonso, empujando el anillo en las manos laxas de Laura, abrazó a Martina y la arrastró a su regazo, besándola con fuerza, sintiéndose en paz finalmente.
La voz de Diego resonó en el silencio atronador que siguió a ese beso,
-Joder... Definitivamente tenemos que repetir esto para Navidad. "


21 ago 2010

La Traición del Cangrejo 1/3


El guión huerfanito, traducido al idioma literario. Mi hermano decidió que por el momento no le podía encontrar la vuelta, así que aquí está.

Cualquier opinión es bienvenida.

Las críticas destructivas serán inmoladas.



"La galería está llena.

La inauguración es un éxito.

Helena mira a su alrededor con aire satisfecho, la copa de champagne un accesorio en su mano, mientras con ojo profesional calcula si falta alguna de las personas a las que mandó una invitación.

No cree que este sea el caso. Cuando ella pone su cabeza en algo, las cosas suelen salir como ella quiere. No es arrogancia, es conocimiento de causa. Por eso fue que su amiga Vivi la llamó para organizar este evento. Si hay alguien que puede arrastrar a la alta sociedad a una galería relativamente nueva para el vernissage de un pintor portugués ignoto es Helena Sanchez Orondo.

Un brazo rodea su cintura, enfundada en un entallado vestido rojo, calzado como un guante, y un hombre de aspecto distinguido la besa en la mejilla,

- ¿Contenta?

- Sí. - toma un trago de su copa y se aleja unos pasos, liberándose del abrazo, - Todos vinieron.

- ¿Pensaste que no iban a hacerlo?

Ella gira para enfrentar a su esposo, tan elegante y alto en su esmoquin hecho a medida, el pelo oscuro apenas salpicado de canas, los ojos claros mirándola sonrientes,

- Nunca. - su mirada se desliza por sobre el hombro del saco, un poco mas allá, y se enfoca casi sin querer en la figura, bastante mas desprolija, de un hombre unos años menor, conversando con dos mujeres - una de púrpura, la otra de naranja, contrastando terriblemente la una con la otra.

Los ojos grises del hombre desprolijo encuentran su mirada y la saludan con un guiño a través del salón. Helena vuelve a mirar su marido, que no parece haber notado su desliz,

- Tengo que ir a hablar con alguien Javier, ¿vas a estar bien sólo? - esto último es una frase armada, una frase agregada para parecer una esposa solícita, una frase a la que un hombre grande, CEO de una gran compañía, sólo puede responder con un

- Obviamente. Andá, ocupate de tu pequeño proyecto, estoy seguro de que en algún lugar lo vi a Charlie y tenemos que organizar nuestra próxima partida de golf.

- Bien. No te agotes.

- Voy a extrañarte.

Ella sonríe, sin comprometerse, y desaparece entre la gente.



Helena busca, en la cartera que dejara debajo del escritorio cuando llegara horas antes, un cepillo con el que tratar de acomodar su melena rubia - mitad natural, mitad obra y milagro de su estilista - enrededa por los últimos acontecimientos.

Al otro lado del escritorio, abrochándose la camisa, el hombre desprolijo sonríe divertido,

- Espero que hayas traido algo con lo que atarlo, porque con un cepillo sólo no sé si vas a lograrlo.

Ella hace un gesto frustrado, sabiendo que él tiene razón. Se acomoda el vestido, pasándose las manos por la cintura y las caderas, asegurándose que no queden arrugas, manchas o marcas que indiquen lo que acaba de hacer.

- La próxima vez que me agarres así del pelo, Jonás, no volvés a verme. - y dándole la vuelta al escritorio de Vivi, revisa los cajones, confiando en que su amiga guarde en alguna parte algún tipo de broche para el pelo.

Pero la búsqueda es en vano y molesta cierra el último cajón con demasiada fuerza.

Jonás ríe suavemente,

- SShhh, o alguien va a preguntarse quien está trabajando en esta oficina, cuando hay una fiesta detrás de la puerta.

- No puedo salir así. Javier…

- Dame el cepillo. - ella lo rescata de su cartera nuevamente y se lo alcanza violenta. El lo agarra y se acomoda detrás de ella,

- Mi hermana tiene el pelo larguísimo. Cuando era chica necesitaba ayuda todo el tiempo y mi vieja siempre me ponía a mí a peinarla.

Helena lanza un suspiro frustrado. Realmente no le interesa la historia, no está en esto por la intimidad, sólo quiere volver al vernissage, antes de que alguien se de cuenta de que está faltando.

- No te preocupes. Nadie se va a dar cuenta.

- Si Javier se entera…

- ¿No me dijiste que estabas planeando dejarlo?

- Sí, pero no quiero que cuando mi abogado se lance sobre él, su abogado nos destroce por que yo lo engañé.

- ¿No podés averiguar si él fue infiel?

Helena no puede evitar reirse,

- ¿Javier, infiel? Javier me adora. Que yo sepa nunca jamás ha siquiera mirado a otra mujer.

- ¿Por qué vas a dejarlo entonces? - no hay ansiedad en la voz masculina, él tampoco está en esto por el romance,

Ella encoge un hombro, disfrutando a su pesar el pasar del cepillo por su pelo,

- Por plata, ¿por qué mas? Estoy cansada de que él tenga la mayor parte.

- ¿La mayor parte? ¿La empresa no es tuya?

- De papá. Pero papá considera a Javier como al hijo que nunca tuvo, y estos días, que no anda sintiéndose optimo, sé que está pensando en dejarle su parte de las acciones a él. Y realmente no quiero que él se quede con todo… - sus ojos oscuros se entrecierran ante la idea y busca en su cartera hasta encontrar el frasquito con las pildoras de nitroglicerina - Así que mejor me lo saco de encima antes de que el viejo estire la pata.

Jonás hace una mueca,

- Si no fuera por las veces que te he visto tomar esas pastillas para resguardarlo, a veces apostaría a que no tenés corazón.

Ella gira la cabeza ligeramente, mostrándole su perfecto perfil derecho, donde los años, que ya doblaron la esquina de los cuarenta, apenas si han causado estragos,

- No sabía que era tu interés en mi corazón lo que te traía a nuestros pequeños encuentros.

El deja el cepillo sobre la mesa y desliza sus manos por la cintura esbelta, el vientre ligeramente convexo, las caderas generosas,

- No, no realmente.

- ¿Terminaste con el pelo?

- Si.

- Gracias. - y enderezándose se aleja de él. - ¿Me veo bien?

- Perfecta.

- Listo. Salgo yo primera. Vos esperá cinco minutos.

El hace un gesto afirmativo y ella abandona la oficina.

Cuatro minutos, treinta y seis segundos después, Jonás sale detrás y busca a Helena entre la gente, encontrándola nuevamente del brazo de Javier, riendo amablemente algún comentario de la señora de negro con la que están conversando. Javier levanta la mirada y la fija en él, como si lo hubiese estado esperando. Jonás sostiene su mirada por un momento, sin traicionar ninguna expresión, y luego parte en busca de una copa de champagne y algo para comer. Está famélico."


Continua.

La Traición del Cangrejo 2/3


"Javier cruza la puerta del departamento - último piso, edificio antiguo, sobre la calle Alvear, un lugar al que le tiene mucho aprecio - y con un suspiro deja las llaves sobre la mesita junto a la pared del hall de entrada. Detrás de él, Helena cierra la puerta,

- No las dejes ahí, vas a rayar la madera… - y es un comentario dicho mil veces que él va a volver a ignorar. Le gusta dejar las llaves ahí, la madera realmente le importa un quinoto.

Se saca el sobretodo - la noche está helada - y lo cuelga en el perchero, sabiendo que eso sí va a ser aprobado. Helena cuelga su abrigo junto al suyo y levanta la pila de sobres que la empleada dejó sobre la mesita que ya establecimos no es para las llaves.

Distraído la ve revisarlas, mientras avanza por el hall al palier y gira para el living en vez de para las habitaciones. La mira avanzar y no puede evitar pensar que para sus cuarenta y dos años, Helena Sanchez Orondo todavía tiene en ella el poder de girar cabezas.

- ¿No vas a irte a acostar?

Ella ha separado un sobre de los demás y lo estudia pensativa,

- ¿MMmhh?

- Me voy a la cama. ¿Venís?

- En un minuto, quería sentarme un ratito en el living, escuchar música.

- ¿Te acompaño?

- No, estás cansado, en otro momento.

- Quería conversar con vos un minuto.

Ante esto ella sí lo mira, sus ojos oscuros ya no tan perfectamente maquillados como cuando salieran, seis horas antes, el rimmel corrido en uno de de los extremos.

- ¿Sobre?

- Mañana salgo de viaje para Lima.

- ¿Perú?

- ¿Hay otro?

Ella no le ríe la broma,

- ¿Mañana que es?

- Miércoles 3.

- ¿Cuándo volvés?

- El sábado. Te quería preguntar si querés venir. - la mira sugestivo, acercándose unos pasos - Vos, yo, una habitación de hotel… Podría ser divertido.

La mirada de ella es seca, burlona,

- Vos, yo, y un montón de reuniones de trabajo tediosas. MMmmmmhhh… Me parece que voy a pasar.

El compone una expresión desilusionada,

- Podríamos escaparnos…

- ¿El señor responsable, haciéndose la rata? No lo creo. - vuelve su atención al sobre en su mano. - Me pregunto que querrá Valenzuela ahora… - y reanuda su andar en dirección al living. Javier lanza el aire que tenía guardado y enfila para las habitaciones,

- No tardes mucho.

- No, no. Ya voy…



Jonás está tratando de entender el plano frente a él. Es decir, lo entiende, puede ver perfectamente donde está todo ubicado… pero no puede entender por qué es que que está ubicado de esa manera. El celular sonando en su bolsillo lo sobresalta, tan concentrado estaba, y el caller ID marca Oculto.

- ¿Hola?

La voz de Helena llega seductora y compuesta a la vez, pequeña a través del parlante,

- ¿Qué tenés para hacer esta noche?

- ¿Que día es hoy?

- Miércoles.

- Tengo planes.

- No importa.- y realmente no hay desilusión en su voz. - ¿Mañana?

- Mañana estoy libre.

- ¿A la tarde, en mi departamento?

- ¿Después del almuerzo?

- Sí.

- Nos vemos entonces.

La comunicación se corta y Jonás vuelve a sus planos, pensando que hubiera detestado cancelar sus planes para esta noche si ella hubiese decidido presionar… Y que la razón por la que los planos no funcionan es porque no han tomado en cuenta el factor de la luz de la mañana…



La luz de oblicua del mediodía invernal llena la habitación cuando el timbre resuena en el enorme apartamento.

Helena chequea una vez mas su aspecto frente al espejo de la entrada - la luz del día no es la mejor aliada, pero una no puede apagar el sol - y se dirige a la puerta. La empleada tiene la tarde libre… de hecho, tiene instrucciones de no volver hasta el día siguiente. No recuerda que explicación le dio y tampoco le importa.

La puerta se abre y Jonás la espera, las manos en los bolsillos, el mismo aspecto desprolijo de siempre, y ella no puede evitar pensar que es un hombre tan bonito, y que tanto mas bonito se vería si se cuidara un poco. Pero el momento pasa, el siguiente se les abalanza encima, la puerta se cierra y, arrastrándolo de la mano hacia el fondo, prefiere no pensar por lo que resta de la tarde."


Continua.

La Traición del Cangrejo 3/3


" La puerta de entrada al cerrarse levanta un eco en la casa y Helena levanta la cabeza, alerta, mientras Jonás a su lado ni se inmuta, ocupado como está en morderle el cuello,

- ¿Escuchaste eso?

- ¿Qué cosa?

- La puerta.

- Tu imaginación.

Ella lo empuja, obligándolo a salirse de encima,

- No. Fue la puerta.

Y esos que se acercan son pasos.

- Helena, ¿estás en casa?

Y esa es la voz de Javier.

Helena no tiene tiempo de saltar de la cama, de solucionar la situación, de controlar los daños, que ya la puerta del cuarto se está abriendo y la figura imponente de su marido está cruzando la vera,

- Al final me escapé. Vos que decías que no podía... Cambié los pasajes y decidí volver antes para - pero la información se trunca, las palabras mueren en su boca al encontrar la pareja sobre la cama, las ropas ligeras, evidenciando lo que hasta ese momento habían estado haciendo,

- ¿Helena?

- Javier. - las palabras se le escapan. - Esto no es… - pero decir que no es lo que parece es un insulto a la inteligencia de cualquiera.

Jonás a su lado, inmóvil, espera tenso la explosión.

Un segundo, dos segundos, tres segundos,

- ¡Me estás jodiendo! ¡¿Esto es lo que hacés cuando yo me voy?! - el bolso cae al suelo con un golpe violento - No puedo creerlo… - pasea a lo largo de la cama, - Soy un pelotudo. Yo que me preocupo para que no estés sola, para que no te sientas abandonada y vos… Vos… - Javier mira a su alrededor frenético - ¡Y en mí casa! ¡En mi cama! Puta de mierda. - se dirige al gran armario a la derecha de la habitación soleada y desaparece dentro de él. Helena se apresura a ponerse de pie y a echarse encima una bata. Se siente mas predispuesta a enfrentarse a la situación con algo mas de ropa encima. De un empujón obliga a Jonás a levantarse. Está segura de que lo que sea que vaya a pasar, ella va a poder controlarlo. ¿Acaso no se ha pasado los últimos quince años controlándo a Javier?

Javier vuelve a la habitación con un arma en la mano y Helena se da cuenta de que la situación se le ha salido de las manos.

Jonás levanta las manos a la defensiva,

- Pará, hombre, no es para tanto, sólo nos estábamos divirtiendo.

El arma apenas tiembla cuando apunta a la pareja de pie frente a la cama revuelta,

- ¿Divirtiendo? Estás hablando de mi mujer, hijo de puta.

- Javier, bajá el arma. - su voz trata de ser autoritaria, pero puede notar como su corazón está acelerando su ritmo, como está empezando de a poco a hiperventilar.

- ¿Vos pensás que ponerme los cuernos está bien? Acaso no te di todo…

- Ella iba a abandonarte de todas maneras, - intercala Jonás, con tono despreciativo, antes de que Helena tenga tiempo de hacerlo callar, y lo siguiente que nadie sabe es el sonido de dos disparos y el hombre de pie a su lado cayendo hacia atrás, rebotando sobre el colchón, desapareciendo por el costado como si fuera el borde del mundo.

Helena puede sentir un grito histérico atorarse en su garganta.

Lo mató.

Puta madre, Javier lo mató.

Mira a su marido frente a ella, a ese extraño que con un arma en la mano la mira con ojos desorbitados.

- Yo… Yo… ¿Viste lo que me hiciste hacer? - el lado equivocado del arma fija en ella su negra mirada, mientras Javier sacude la cabeza… - Esto no puede estar pasando… - un paso hacia un costado, un paso hacia el otro, un pasear abortado, lleno de confusión y pánico.

Helena se sienta en el borde de la cama, sus piernas negándose a sostenerla,

- ¿Cómo lo explico…? - murmura Javier - ¿Cómo…? - una idea parece encenderse en su cabeza, sus ojos claros brillando con maníaca intensidad - Una pelea de amantes. El llegó y trató de matarte, te disparó y vos le disparaste. Todo muy trágico… Y yo fuera del país…

Helena trata de respirar y no puede. Puede sentir el ahogo en su pecho, en su cuello, el dolor trepando por su quijada, sus venas cerrándose, su sangre ralentizándose.

Trata de hablar, de explicar, de rogar, de decir algo, pero no puede. Se lleva el puño al esternon, donde su interior empieza a arder,

- Helena… - la mujer sobre la cama respira cada vez mas ràpido, luchando por el oxígeno, - Helena… - insiste Javier.

- …tabletas… - la escucha susurrar, apenas articulando.

- ¿Dónde están?

Un murmullo ahogado es la respuesta.

- ¿Están en la mesa de luz? - insiste Javier.

- Si…

Javier no se mueve y Helena se deja caer hacia atrás, la lucha por sobrevivir cada vez mas frenética, el sonido de su trabajosa respiración doloroso en el silencio de la media tarde…

Javier baja el arma y la observa, sus ojos claros muy abiertos, llenos de horror, mientras las aspiraciones se vuelven cada vez mas espaciadas hasta convertirse en esporádicas y eventualmente detenerse por completo.

El hombre traga saliva y respira hondo. Se lleva las manos a la cabeza, sus dedos enredándose en su pelo. Esto… Esto… Le da la espalda a la cama, a la escena, por un momento, tratando de organizar sus pensamientos, sus ideas, y se sobresalta con un exclamación cuando una mano pesada se apoya en su hombro.

- ¡Mierda!

Jonás levanta las manos frente a él, palmas hacia fuera, y Javier se lleva una mano al pecho,

- Me asustaste, pelotudo.

Jonás mira a la mujer sobre la cama, y se muerde el labio,

- ¿Está muerta nomás?

- Eso parece…

Los dos la observan por un momento, una mujer bonita aún en la muerte...

Javier suspira y baja la cabeza. Jonás lo rodea con los brazos y Javier entierra la cara en su cuello. Por un momento el tiempo se estira a su alrededor.

Un beso sentido, una separación y Javier lo aleja suavemente,

- Dale, levantá todo. Vos nunca estuviste acá.

Jonás junta su ropa y se acomoda, mientras Javier le quita los cartuchos de salva al arma, la guarda nuevamente y desarregla su aspecto.

- ¿Tenés todo?

- Sí. - se enfrentan junto a la puerta, Jonás lo retiene del brazo. - ¿Vas a estar bien?

- Sí. - un beso un tanto mas largo y luego Jonás se aleja por el pasillo. - Que nadie te vea salir. - le advierte Javier a la figura que se aleja,

Una sonrisa burlona es la respuesta, brillante a la luz del sol,

- Nadie nunca me ve.

- Te llamo mañana.

- Y no te olvides.

Javier espera a escuchar la puerta de entrada abrirse y cerrarse y le da unos minutos, ignorando abiertamente a la mujer muerta sobre la cama, luego busca su celular, respira hondo un par de veces, y con dedos temblorosos marca el 911

- ¡¿Hola?! ¡Hola!- su voz se quiebra, - Sí, mi mujer tuvo un infarto. ¡No respira! ¡Por favor, una ambulancia!"



20 may 2010

La Chica del Abrigo Rojo 1/2


"Caminó por entre las mesas del café, esquivándolas con la facilidad que da la costumbre, hasta llegar a la que se encontraba junto a la ventana. En un gesto automático se quitó el morral del hombro y lo colgó del respaldo de la silla, para luego poner encima su saco de corderoy. Se sentó e hizo un gesto al mozo, que lo saludó desde el otro lado del establecimiento y le indicó que ya lo atendía.
Con un suspiro - cansancio, resignación - movió la cabeza de lado a lado, haciéndo sonar sus vértebras, y se dedicó a mirar a través del vidro la plaza que se extendía al otro lado de la calle.
El reloj de madera de la confitería sonó las cuatro.
En cualquier momento ya.
En cualquier momento ella iba a cruzar el verde del parque, caminando por sobre las losas grises para sentarse compuesta en el banco debajo del gomero. Miraría su reloj pulsera, su boca dibujaría un gesto impaciente - un gesto que desde aquí él no podría ver pero podría adivinar -, y esperaría, su pelo castaño brillando rubio bajo la luz fracturada del sol entre las hojas. Unos momentos después, cuando el reloj confesara las `y cinco`, el hombre llegaría. Apurando el paso desde la calle opuesta, tarde, siempre un poco tarde. Molesto por haberla hecho esperar, ansioso por verla, se desharía en excusas y besos. Y ella lo perdonaría sin mas. Poniéndose de pie se envolvería en sus brazos como otros se envuelven en mantas, y su boca haría un gesto de contento - un gesto que desde aquí él no podría ver pero podría adivinar.
El mozo se llegó hasta su mesa y lo saludó con la familiaridad que da la repetición,
-¿Lo mismo de siempre?
El asintió,
-Y tráigame también un tostado, que no comí nada antes de salir.
El mozo asintió y lo dejó en su contemplación de la plaza.
En cualquier momento ya.
Y así sucedió, invariable como el sol después de la lluvia, ella en su horizonte. La figura envuelta en su abrigo de paño rojo, el paso seguro, esa ligera cadencia al caminar. Indiferente a su entorno, preocupada tan sólo por llegar a tiempo a su cita.
El la miró venir y sintió un familiar tirón en el pecho. En ese lugar exacto donde si uno se concentra puede sentir el devenir del universo.
El mozo dejó las cosas sobre la mesa con un ruido de loza y se marchó a atender a otros clientes. El, sin pensar, tomó un trago del chocolate, escaldándose la lengua con la leche caliente y, con una puteada por lo bajo, observó la representación que tenía lugar al otro lado de la calle.
Ella, como siempre, se sentó en el banco debajo del gomero. La tarde hoy estaba encapotada, la humedad pesada como una frazada, desacostumbradamente cálida para estas fechas, enroscándose a su alrededor, obligándola a desabrigarse un poco. La primavera estaba al caer y el final del invierno la arrastraba con él.
Impaciente, ansiosa, la vio estudiar su reloj pulsera, y él, - como tantas otras veces -, deseó ser la causa de esa ansiedad. Revolvió el líquido en la taza con la cucharita, mezclando la leche con el chocolate, y dudó sobre si ponerle o no azúcar. Cualquier cosa que lo sacara de los detalles de esa mujer esperando a otro hombre.
El susodicho no se hizo esperar mucho más. Un par de minutos, un mordisco al tostado mas tarde, lo descubrió llegando desde su extremo del mundo, con el paso elástico, la silueta enfundada en un impermeable beige, previsor de la lluvia que la mañana había amenazado pero que la tarde no se decidía a cumplir.
Ella lo avistó unos segundos mas tarde y se puso de pie. A la distancia no pudo escuchar, pero toda su postura trasmitía fastidio. Ella siempre se molestaba cuando él se atrasaba, aunque mas no fuera unos minutos. Pero él sonrió y ella no pudo mantener la pose. El cielo se reflejó en los ojos femeninos, prestándoles a la distancia un gris que no era suyo, y se abrazaron, provocándo un dolor sordo en el pecho del testigo al otro lado de la calle.
Tomó otro trago de la taza, como si el chocolate fuera una barrera contra la pena.
La pareja se separó con un beso y un gesto juguetón por parte de ella. El hombre le acarició la cara y un rayo de sol rebelde los iluminó marcharse de la mano, protagonistas de su propia historia.
El chocolate como barrera no tiene ningún mérito.


Esa noche llegó a casa un poco mas tarde.
Se había entretenido corrigiendo unos ensayos en la facultad.
Su mujer estaba en la cocina. El pudo oler desde el pasillo el olor acre del pollo quemado. Hizo una mueca. Al cabo que no se había casado con ella por sus dotes culinarias.
-¿Querés que pida una pizza?- fue su saludo ni bien entró.
Ella lo miró desde su posición frente al horno, agachada, el pelo oscuro atado en una cola de caballo para que no le cayera sobre los ojos,
-No sé lo que pasó. La receta decía 40 minutos...- los ojos castaños lo miraron compungidos, la boca una linea triste, y él hizo un gesto con los hombros,
-No te preocupes, dejá que yo llamo a la pizzería.
Treinta minutos mas tarde la cena los encontró sentados a la mesa, una caja de pizza entre los dos y el silencio instalado como una tercera persona.
-¿Cómo te fue hoy?- intentó ella, dolorosamente consciente de que algo andaba mal pero sin saber como empezar siquiera a arreglarlo.
El se encogió de hombros,
-Bien. Hoy faltaron varios alumnos con el tema del paro. La clase estuvo mas tranquila que de costumbre. ¿Vos?
Ella intentó una sonrisa, extrañando al hombre con el que se había casado, ese que la hacía reír con anécdotas de la facultad, con chismes de los alumnos y los profesores.
-Nada. No, bueno, hoy estuvo en el banco ese actor de ... ¿Cómo se llama esa película...? La de Darín... - él no supo de que hablaba. -Dale, hombre. La de la madre con Ahlzeimer...
-¿El Hijo de la Novia?
-Esa. Estuvo el que hace del amigo.
-¿En serio? Mirá vos.
Y el silencio se estiró y se acomodó mejor.
Finalmente ella levantó la mesa. El buscó un libro y se sentó en el sillón del living y, mirándo las páginas sin verlas, trató de adivinar cuando había sido el momento exacto en que todo se fuera al carajo."

Continua.

La Chica del Abrigo Rojo 2/2


"El reloj de madera del bar marcó las cuatro y el mozo dejó frente a él un submarino. Esta vez había optado por las medialunas.
La tarde, que ayer había sido mas bien oscura, hoy bailaba llena de luz. La primavera se había decidido a llegar finalmente y el sol calentaba a pie firme, obligando a los transeuntes a despojarse de sus ropas de abrigo.
Como el clima continuara así iba a tener que cambiar su submarino por alguna otra cosa. Tal vez un licuado… Quizás algo con frutas…
Hizo una mueca, burlándose de sí mismo.
Ella llegó unos minutos después, el abrigo rojo reflejando la luz, un manchón de color contra el fondo verde de la plaza. A la distancia pudo ver que sus labios se movían, pudo imaginar que estaría cantando alguna canción de moda. Llevaba el pelo atado en una gruesa trenza que se balanceaba con sus movimientos.
¿Qué pensaría si supiera de él, a este lado del vidrio, deseando mas que nada en el mundo deshacer esa trenza y ver todo ese pelo desparramado sobre una almohada?
Ella se sentó en el banco y cruzó las piernas, vestidas de gris oscuro. Pese a la temperatura creciente esta vez se dejó el tapado puesto. El supuso que debajo llevaba ropa mas fresca que la del día anterior.
El hombre llegó enseguida, esta vez ella no tuvo de qué quejarse, y los brazos masculinos la rodearon con aire de propietario.
Ella sonrió feliz, devolviendo el abrazo, y esa sonrisa le robó el aire desde el otro lado de la calle. ¿Cómo podía doler tanto algo que no estaba dirigido a él? ¿Cómo podía doler tanto algo que no era suyo?
Miró la medialuna que tenía entre las manos... O lo que un rato antes fuera una medialuna y ahora era tan sólo un triste rejunte de pedazos de masa.
¿Cuánto tiempo mas podía durar esto?


Su mujer lo esperaba con la mesa puesta y la noticia de que había contratado a una chica para que viniera a cocinar tres veces a la semana. El aprobó la moción, comió el guiso de lentejas, que estaba sorprendentemente bueno, y con un murmullo sobre mil exámenes para corregir, fue a sentarse al escritorio.
Ella lo miró marchar sin entender. Que distintas serían las cosas si él le prestara aunque mas no fuera un poco de atención. Se dirigió a la cocina y preparó un té, practicamente lo único que podía hacer sin quemar, le puso leche y azúcar como a él le gustaba y se lo alcanzó.
El le agradeció con una sonrisa sincera, ella le dio un beso en la frente, y odiando el punto donde se encontraban, se instaló a ver televisión.
El, corrigiendo exámenes de manera automática, decidió que esto ya había durado bastante.


Sentado a la mesa donde se había sentado casi todas las tardes por los últimos tres meses y medio, sacó del morral un cuaderno y una birome. El mozo puso frente a él un submarino y un plato de tostadas, y miró el raro despliegue de iniciativa, enarcando una ceja curiosa ante el cambio en la rutina a la que se había ido acostumbrando.
Del otro lado de la ventana la tarde fluía, - ligeramente dulce, ligeramente ácida, como un té con limón. El mordió el cabo de la lapicera, pensando qué escribir, qué decir, qué sentir.
Tantas cosas.
Tan poco tiempo.
Nunca se le habían dado las cartas de amor.
Por el camino la vio llegar, el paso fácil, el abrigo rojo desabrochado, dejando ver una pollera verde militar y una camisa blanca. No pudo evitar parpadear frente a su imagen, sintiéndola tatuarse en su retina, quemándose para siempre en su memoria.
Tanto para decir.
Bajó la cabeza y empezó a escribir, ignorando por primera vez la reunión de los amantes en el parque, ocupado como estaba en volcar sobre el papel todo aquello que hubiese querido decirle a la mujer de rojo pero no había sabido como.
Ya era suficiente.


Esa noche se fue a acostar temprano y para cuando su mujer se metió en la cama, fingió dormir. Tirado sobre su costado, abrazado a la almohada, contó los minutos en cada aliento, esperando a que se quedara dormida.
La noche se enredó en sus extremidades, silenciosa, con ese silencio expectante que augura el sonido.
Finalmente, la respiración acompasada de su compañera de cama le anunció el sueño y giró sobre sí mismo para poder verla. Ella le daba la espalda y a través de la tela de algodón del camisón pudo vislumbrar la forma de sus omóplatos. El estiró la mano y siguió su contorno con la punta de los dedos, ese lugar exacto donde no estaban sus alas.
¿De quién era la culpa?
¿Importaba realmente?
Con cuidado abandonó la cama y se vistió sin hacer ruido. Buscó un bolso en el placard y sin prender la luz, guardó de memoria las pocas cosas que no quería dejar atrás. Una vez cargado sacó del bolsillo del pantalón la carta arrugada que tanto le había costado escribir y la apoyó sobre la almohada, junto a esa cabeza castaña a la que la luz del sol teñía de rubio.
No la besó por no despertarla.
Descolgó su saco de corderoy del perchero, donde esperaba junto al abrigo rojo, y luego, abandonando el departamento, muriéndose con cada paso, la dejó libre.

FIN

19 abr 2010

La Primera Versión 1/1



Para Alex y la Peti, que querían algo con besos y chocolate... este... En esta historia no hay ninguno de los dos, pero si lo miran con visión a futuro, el espíritu del pedido está.

"El había salido con una chica del laburo, una de las recepcionistas, una de esas salidas que había empezado con un poco de conversación va, un poco de conversación viene, ¿vamos a tomar algo? Y cuando uno se quiere acordar te encontrás enfrentado a ella a través de una mesa en un bar del centro, pensando que quizás hubiera sido mejor idea el no haber abierto la bendita boca.

El problema, por supuesto, era él. No había dudas. Seguramente. Era lo mas probable. La recepcionista, - Ana, su nombre era Ana, tal vez fuera un indicio el hecho de que en su mente siguiera siendo La Recepcionista - era simpática, bonita y si bien su conversación no era la conversación mas interesante que había tenido esa semana - o siquiera ese día - estaba dispuesto a admitir que después de cuatro días internado trabajando en la presentación para el estudio, él no estaba en posición de juzgar a nadie. Su cerebro todavía giraba un par de revoluciones mas lento que de costumbre.

Se excusó en un momento para ir al baño. Quizás él estuviera cansado, quizás él no estaba en su mejor momento, pero realmente necesitaba un respiro del cuento de la tía abuela con diabetes y su novedoso tratamiento.

Cruzó el bar con sus mesitas, dobló la esquina de la izquierda, atravesó las puertas vaivén, entró al sanitario - dudó un segundo frente a las dos puertas, su mente cansada perdiéndose entre la M y la H ¿Macho, hembra? ¿Mujer, hombre? ¿Por qué no ponen dibujitos? -, se ocupó de sus asuntos, se lavó las manos, la cara y volvió a salir. Recorrió el camino a la inversa, atravesó las puertas vaivén y se detuvo un momento para sacar su celular del bolsillo y chequear si había un mensaje.

Con un suspiro, miró la pantalla vacía, rogándole encenderse.

Pensó en escapar. Pero él era un caballero - entre otras cosas -, y su viejo le había enseñado que los caballeros enfrentan las situaciones adversas con la frente en alto.

Un voz desconocida, con un dejo divertido, curiosa ante su suspiro, preguntó si esperaba una llamada, y él cerrando la carcasa, murmuró que no, pero que confiaba en algo que lo salvara de una noche que pintaba muy muy aburrida. Sacudió la cabeza y su reflexión, y levantando la cabeza, con un exagerado movimiento de cejas, en su mejor imitación de Groucho Marx – bastante mejor de lo que muchos creerían – aclaró que en su vida había pasado noches fabulosas pero, lamentablemente, ninguna de ellas había sido esta.

La dueña de la voz, dueña de una remera plateada y de un vaso de líquido rosa también, sonrió divertida, le deseó suerte, y avanzó un paso en dirección a la barra. Un hombre, borracho y apurado en dirección al baño – en una suma de circunstancias muy común -, giró la esquina y la empujó al pasar, desapareciendo tras las puertas sin siquiera una excusa. El líquido rosa, indignado ante el maltrato, salpicó la remera gris plata de la mujer, que se detuvo con una exclamación sobresaltada.

El guardó su celular y rebuscó en su bolsillo, de donde sacó un pañuelo a rayas, y se lo alcanzó. Ella miró su mano extendida por espacio de un momento y luego lo aceptó con una mueca agradecida – la mancha no era muy grande, el pañuelo bastaría. Mientras secaba no pudo menos que comentar que había creído que los hombres grandes ya no usaban pañuelos de tela. El confesó que en el fondo era una viejecita de 72 años a la que le gustaba regalarle cosas útiles a sus nietos, y le mostró las iniciales, bordadas en una de las esquinas. Ella estudió las letras e intentó adivinar su nombre, de manera maravillosamente absurda, y él admitió que no, pero que su versión era infinitamente mejor y que tal vez fuera hora de que lo cambiara.

Ella terminó de hacer y trató de devolverle el pañuelo. El le pidió que lo conservara, por si llegaba a accidentarse nuevamente, y luego, tras un segundo de lentas revoluciones, buscó en el bolsillo interno de su saco una de sus tarjetas – esas tan bonitas que su madre había mandado a hacer cuando se recibiera de arquitecto – y se la alcanzó. Por si alguna vez querés devolvérmelo, le aclaró. Así podés buscarme.

Ella aceptó la tarjeta y asintió.

El volvió a Ana, La Recepcionista, que lo esperaba jugando con el talle de su copa. Y ya estaba llegando a la mesa cuando su celular sonó. Lo manoteó en un gesto automático, y no reconoció el número en la pantalla. Levantando la vista la vio con su remera plateada, apoyada contra la pared, un celular apoyado en la oreja, el trago rosa en la otra mano, mirando en su dirección,

- ¿Hola?

Su voz sonó pequeñita a través de la línea, una mezcla desfachatada e insegura,

- ... Pensé en buscarte. Por el bien de tu pañuelo. ¿Considerarías el ir conmigo a tomar algo a otra parte a discutir la custodia?

El sonrió despacio,

-Eso sería terriblemente grosero de mi parte. – contestó. -Mi salida se pondría furiosa.

-¿Le digo a mi novio que no me siento bien y te espero afuera en cinco minutos?

Se hubiera necesitado un hombre con mas voluntad de la que tenía él para decir que no.

El llegó hasta su mesa, se disculpó con una excusa, una emergencia familiar, dejó plata como para cubrir la consumición completa y estuvo afuera del bar en tres minutos y medio.

Al día siguiente ella cortó con su novio. Y él hizo su imitación de Groucho unos años mas."

19 mar 2010

De Lunes a Lunes 1/2


" -Realmente lo lamento, señor.- y con estas palabras, a las que la fuerza de la repetición todavía no habían restado sinceridad, el cirujano se sacó el barbijo que llevaba alrededor del cuello con gesto cansado y se marchó por el pasillo pintado de blanco.
Tomás parpadeó, acusando recibo, y miró la figura alejarse. Respiró hondo, tragando aire como quien traga agua. El hombre de pie a su lado, ignorando al cirujano, fijó la mirada en él, obviamente preocupado ante su falta de reacción.
Tomás se sentó despacio, pesado, mas una caída que un aterrizaje controlado, sobre la superficie gastada del sillón verde de la sala de espera. No estaba seguro de cómo reaccionar.
Nunca antes le había pasado una cosa así.
Tendría que haber un manual de etiqueta para estos momentos.
Alguien iba a escuchar sus quejas… En algún momento…
Flexionó los dedos, abstraído, notando costras de sangre seca en ellos.
-Hey. - Javier se sentó a su lado - Hiciste lo que pudiste. - la voz lo sacó de su contemplación. -No fue tu culpa.
Tomás giró la cabeza despacio y, con la misma abstracción con que estudiara sus manos, trató de centrarse en la mirada negra de Javier.
¿De qué le estaba hablando? ¿Culpa? ¿Quién sentía culpa?
En ese instante él… no sentía nada.
Renunció al vago intento y volvió la cabeza a su posición original. Sus dedos, sus manos, continuaban llamando su atención. Iba a tener que lavárselas, no podía salir a la calle con las manos así.
-Esto no tendría que haber pasado.- y su voz sonó normal, estable, como si estuvieran conversando sobre un documental en televisión, el partido de anoche, el último capítulo de una serie.
Javier suspiró, llenándose los pulmones, y se echó hacia atrás, apoyando la cabeza oscura contra la superficie clara de la pared blanca,
-No, no tendría que haber pasado.- la voz de Javier, en contraste, sonó terriblemente cansada. -Pero aun así, tenés que saber que no fue tu culpa.
Tomás encogió un hombro, indiferente. Seguro, él sabía que no había sido su culpa. Los cursos de las enfermedades no responden ante nadie... Y sin embargo...
-Tendría que haber hecho… tratado algo más.- se felicitó a sí mismo por su tono compuesto, muy bien, muy bien, Dios sabía lo mucho que le estaba costando entender lo que estaba pasando.
-¿Como qué?
Algo tembló en el interior de Tomás, algo púrpura y estriado, que se sostuvo a fuerza de ignorarlo.
-No sé, algo.- estudió las manchas en sus dedos como si pertenecieran a otra persona y no fueran los mismos que él había usado hacía escasos minutos, tratando de detener esa monstruosa hemorragia nasal en que eventualmente se le había ido la vida.
-Llamaste a la ambulancia.- ofreció su acompañante.
Un chasquido de lengua,
-Para lo que sirvió.
-Tenía un cáncer galopante. Era cuestión de tiempo, todos lo sabíamos.
-Si, bueno, eso no lo hace mas fácil.
-No, quizás no, pero así es como tenía que ser.
-¡No digas eso!- y el exabrupto les ganó una mirada de reproche de la enfermera del turno noche.
Murmurando una disculpa, Tomás se puso de pie. Realmente necesitaba lavarse las manos. Las puertas dobles que separaban el pasillo del mundo se abrieron y dieron paso a Virginia, su hermana mayor, llegando como respuesta a la llamada de auxilio que había lanzado a la noche apenas media hora antes. Y aun así, llegando tarde.
El rostro sofocado, la expresión urgente, buscándolo en el vasto espacio de la pequeña sala de espera,
-Tomás.- murmuró cuando sus ojos azules por fin lo encontraron, y se lanzó contra su pecho con la fuerza de un pequeño búfalo, haciéndolo trastabillar.
La mirada ligeramente divertida de Javier encontró la suya por encima de la cabeza rubia que se acurrucaba contra él.
-Vine en cuanto pude.- cinco años mayor, quince centímetros menor, Virginia se alejó unos pasos y lo agarró de las manos con fuerza. -¿Cómo estás? ¿Vos estás bien?
El asintió.
No era él en el quirófano.
No era él el…
-¿Qué pasó?
Tomás movió la cabeza, haciendo un gesto vago, retrocediendo del abismo a sus pies, ocultándose de los recuerdos, protegiéndose del futuro que se le venía encima.
-Una hemorragia. No sé muy bien.
-¿Sigue en cirugía?
Respiró hondo. Nunca había sido bueno para dar malas noticias. ¿Dónde estaba el cirujano cuando uno lo necesitaba? Podía notarse enseguida que ese hombre sí sabía lo que hacía.
Buscó a Javier, pidiendo socorro, pero este se había alejado unos pasos para darles un símil de privacidad. Volvió a mirar a Virginia, hasta que finalmente su falta de respuesta se volvió una respuesta en sí misma. Con cuidado, tanteando sus brazos como si fueran el camino, su hermana volvió a abrazarlo.
El le palmeó la espalda ligero, incómodo, presa del deseo de poder consolarla, consciente de que era ella la que estaba tratando de consolarlo a él, sintiéndose incapaz de necesitarlo.
-Shhh...- susurró, en un gesto automático. -Shhh....
Pero Virginia se recuperó enseguida, siempre había sido una chica fuerte, y enderezando el espinazo le apretó el antebrazo,
-Vos nos te preocupes por nada, Ginny está acá y se va a hacer cargo de todo. - y con gesto decidido marchó hacia la enfermera.
Javier desanduvo el camino hasta detenerse a su lado, los brazos cruzados frente a su pecho, los dos observando a la mujer pequeña enfrentar a la enfermera enorme. Tomás no tuvo ni que mirarlo para conocer la expresión en sus ojos como pozos.
-¿Qué?- dijo, mas a la defensiva de lo que le hubiera gustado. -Ella siempre te ignoró, ¿en serio pensaste que las circunstancias cambiarían algo?
Javier hizo un gesto con el hombro,
-Podría al menos haber dicho mi nombre.
Tomás sonrió por primera vez desde que todo empezara. Una sonrisa breve, triste, pero una sonrisa al fin,
-Con todo lo que la hicimos pasar, gracias que dice MI nombre.- frotó incómodo las manos contra el suave corderoy de sus pantalones. -En serio, tengo que lavarme las manos.
Javier hizo una mueca,
-Dale, vamos. El baño está por acá.


Tomás refregó sus manos bajo el chorro de agua caliente hasta asegurarse de que no quedaban rastros de nada. De haber podido hubiera seguido frotando hasta borrar sus huellas digitales.
Tenía la incipiente sensación de que nunca volvería a estar limpio del todo.
Javier lo miraba hacer, apoyado el hombro en el marco de uno de los cuatro cubículos.
-¿Estás un poco mejor?
-Estoy bien.
-¿Seguro?
-Seguro.
-Porque el mundo no se va a acabar si puteas un poco.
Tomás sonrió, cansado pero compuesto.
No tenía ganas de putear. Verdaderamente no tenía ganas de nada.
Aun no estaba del todo seguro de lo que había pasado.
Cerró la canilla.
-Estoy bien.
Javier asintió, no muy convencido,
-Si vos lo decís... ¿Qué hacemos con Pulgarcita?
Los ojos azules, iguales a los de su hermana mayor, fueron burlones en el reflejo,
-¿Sabés que son frases como esa las que hacen que ella no te trague?
Javier sonrió impenitente,
-Sí, lo sé.
Tomás se apoyó en la mesada de granito negra,
-¿Lo tomará muy mal si nos vamos un rato y la dejamos sola?
-No podemos dejarla sola. No sería justo. Hay demasiados trámites, demasiados parientes que tratar que no son de ella.
-¿Justo?- los ojos del espejo se decantaron incrédulos. -Acabo de perder al amor de mi vida, ¿qué tan justo te parece eso a vos? - pero a su voz le faltaba expresión, alguien probándose en la piel unas palabras que no reconocía como propias.
Javier se cruzó de brazos en lo que su interlocutor pudo reconocer como su expresión tozuda,
-No podés hacerle eso a tu hermana.
Tomás abandonó la lucha, volvió a abrir la canilla y se refregó las manos hasta dejarlas rojas una vez mas.
-¿Sabías que eso puede derivar en una psicosis?- la voz de Javier le llegó a través del sonido del agua.
-Descansá. Nunca terminaste la puta carrera.
-Me faltaron ocho materias.
-Son ocho materias.
Javier se encogió de hombros,
-¿Qué puedo decir?- la voz displicente. -Lo mío es la música.
Tomás se secó las manos, hizo un bollo con la toalla de papel y la tiró en dirección al cesto, desafiándola a que no entrara,
-No quiero ver a nadie. Van a llorar, y tratar de consolarme, y estoy bien, no necesito nada.
-¿Seguro?
-Puta, flaco, ¿querés un dibujo con crayones?
-Si vos lo decís.- repitió, pero su tono expresaba sus reservas al respecto.
El hombre junto al lavatorio respiró hondo, armándose de paciencia ante la buena intención de los demás,
-¿Qué sugerís que haga?
-Lavate la cara en vez de las manos, salgamos de acá, y bajemos a la cafetería, a ver si te componés un poco.
Tomás enfrentó su imagen. Javier tenía razón, su cara dejaba mucho mas que desear que sus manos. Noches en vela, observando el sueño intranquilo de la persona que guarda la llave de tu existencia no pueden menos que cobrar su precio,
-Qué haría yo sin vos.- comentó, tan agradecido como mordaz, antes de echarse agua fría sobre la piel caliente.
-Pfff, montones de cosas.
Tomás carraspeó y se frotó los ojos,
-Dale, vamos. Necesito café.
La puerta del baño se abrió con un chasquido, sobresaltándolos. Un hombre entró y se dirigió a los mingitorios sin mirarlos.
-´Nas noches.- saludó Javier.
El hombre no se dio por aludido.
-El mundo está lleno de gente maleducada.- murmuró Tomás, lo que sí le ganó una mirada, y los dos, presurosos, abandonaron el lugar."

Continua-

De Lunes a Lunes 2/2


" El café en la cafetería del sanatorio derivó finalmente en un café sentados en una plaza a dos cuadras.

Acomodados en un banco de madera, la noche - la madrugada - a su alrededor se enfriaba por momentos, preludiando el amanecer.

-Tu hermana se tomó bastante bien el que la dejáramos sola con todo.
-Le prometí que iba a volver enseguida.

-¿Cuándo es enseguida?

Tomás suspiró hondo y apoyó los codos en las rodillas, la taza de poliuretano delicada entre sus manos,

-Media hora a lo más. La gente a la que hay que explicarle las cosas todavía no debe haber llegado.

-¿Qué es lo que tenés que explicar?

-Los detalles del velorio, del funeral. Los últimos deseos. No sé. Ese tipo de cosas supongo.

Javier se removió a su lado, inquieto e incómodo,

-Nah, estoy seguro de que todos deben estar al tanto de esas cosas. Fue una enfermedad larguísima. No creo que hayan quedado cabos sueltos.

Tomás frunció ligeramente el ceño, una arruga vertical entre sus cejas, rememorando a su pesar,

-Fue mucho tiempo.

-Sí.

Un suspiro,

-Pero tuvimos buenos momentos también, ¿no?

-Sí, también hubo buenos momentos.

Los ojos azules se nublaron, buceando en recuerdos de tiempos mejores, tiempos que no eran estos,

-¿La vez que fuimos todos al Parque de la Costa?

Escuchó mas que vio la sonrisa de Javier,

-Sí.

-Y mi vieja no quería subir a la montaña rusa.

-¿Podés culparla? Una mujer grande, una montaña rusa... Mala combinación.

-Mi vieja no es una mujer grande.

-No, tenés razón... Pero sí una gran mujer. Desde la vez que me invitaste a tomar el té en tercer grado y ella compró vainillas porque yo le dije que me gustaban, supe que ella y yo estábamos destinados.

-Ese fue un buen día.- Tomás comentó, su mente vagando bajo el sol de otros días, y Javier lo dejó hacer. -Subí solo al final, y eso que éramos una banda.- el vaso giró entre sus dedos. -El mundo está lleno de cobardes, y todos ustedes me saludaron desde abajo.

-Mea culpa.

-Dios,- lo escuchó murmurar para sí, - éramos invencibles ese día. ¿Qué pasó? - Tomás ladeó la taza despacio y con cuidado volcó el café en el suelo, mirándolo desparramarse por entre la mugre con expresión reflexiva, -No había dragón que yo no enfrentara... Que yo no pudiera vencer... Y ahora... ¿Qué hago yo ahora? ¿Mmh? ¿Qué me queda? ¿Una voz en el contestador? ¿Un montón de fotos? ¿Qué mierda hago yo con eso?

No había respuesta para eso y Javier no trató de darla.

La taza fue estrujada y convertida en un reciclable entre los dedos nerviosos.

-La casa se me va a hacer inmensa... -murmuró sin rencor, destacando un hecho. Movió la cabeza, aflojando el cuello, sonando sus vértebras, y los ojos azules brillaron oscuros a la luz de los faroles. -Sabía que la compra del dúplex iba a volver para joderme.

Javier estiró una mano, destinada a tocarle el hombro y detuvo el gesto a mitad de camino, cambiando de táctica,

-Pedile a tu mamá si no se queda con vos unos días.- a medias una burla, a medias una sugerencia.

Tomás resopló,

-Sí, seguro...- una risa que no se graduó como tal, - Algo voy a inventar.- se deshizo del bollo anteriormente conocido como taza y frotando las manos en el pantalón de corderoy, se puso de pie, -Vamos, que ya pasó más de media hora.



El tiempo se escurrió veloz después de eso. Tomás relevó a su hermana en el teléfono, avisando a parientes y amigos, su voz monocorde al aceptar los pésames y las expresiones de simpatía.

Con el amanecer, Javier lo obligó a desayunar un café con leche y unas medialunas, y después lo acompañó hasta lo de Virginia, que le dio las llaves para que Tomás pudiera tirarse un rato.

Acostado en la cama de dos plazas, Tomás observó el techo, infinito en su limitada blancura,

-No puedo volver a casa todavía.

Javier, sentado en un sillón, las piernas estiradas apoyadas sobre el colchón, la cabeza echada hacia atrás, acompañando con el sentimiento la exploración que Tomás estaba haciendo del llano, contestó,

-¿Dije yo algo?

-Hay un reguero de sangre desde el cuarto hasta el baño que no sé cómo limpiar.

-Contratá a alguien.

-... ¿Se puede contratar a alguien para eso?

-Se puede contratar gente para todo, sólo tenés que estar dispuesto a pagar el precio. ¿Por qué no dormís un poco?

-No quiero.

-¿Qué tipo de respuesta es esa?

-Tendría que haber podido hacer más.

Un resoplido,

-Y dale… Estaba más allá de tu alcance.

Tomás se mantuvo completamente inmóvil, mientras su mente galopaba en círculos por el confín cerrado de su cerebro,

-Podríamos haber ido a ver otro especialista, yo tendría que haber insistido. O al tipo aquel de la medicina alternativa. Alguien.

-Es cierto, podrías haber insistido.- concedió su interlocutor - Pero, ¿qué hubieras conseguido?

Tomás suspiró, las olas batieron en el mar de fondo de su conciencia y las ignoró,

-Unos días.

-¿Valía la pena prolongar la tortura por apenas unos días?

-Cualquier cosa hubiera sido mejor que esto.

-Hablá por vos.- Javier observó el perfil de la figura en la cama, -¿Dónde va a ser el velorio al final?

-Mi suegra insistió en que fuera en su casa.

La mirada oscura volvió a su propia contemplación del techo,

-Sí, esa mujer puede ser muy insistente cuando se lo propone.

-No todos tienen la suerte de tener tus suegros.

-No, es cierto. Mi suegra es una mujer fantástica... Dormite de una vez.

Tomás giró y se acurrucó sobre un costado, cerrando los ojos,

-Está bien.

-Te despierto en un par de horas.



El velorio pasó por la realidad de Tomás como un borrón.

Mil personas dando sus condolencias.

Amigos y parientes, conocidos y colegas, todos confundiéndose en un mismo sujeto, repitiéndose a si mismo una y otra vez.

-Lo lamento mucho... Cualquier cosa que necesites...

Lo lamento mucho. Cualquier cosa que necesites.

Como si alguna de estas frases significaran algo.

Aprovechó uno de los raros momentos en que quedó solo y escapó al jardín que los Hobert tenían en la parte de atrás de la casa en Olivos. Respiró hondo, llenándose los pulmones del aire frío del mediodía invernal.

-¿Cómo vas?- la voz de Javier lo sacó de su contemplación de la nada.

Se encogió de hombros,

-Bien, qué sé yo. ¿Dónde andabas? No te vi.

-Por ahí. Vino mucha gente.

-Sí.

Las pupilas negras lo estudiaron con bienintencionada burla,

-Vi a una de tus ex novias.

-Sí, la saludé. Es amable de su parte, no me porté bien con ella.

-Sí, no es bueno andar con una persona cuando estás enamorado de otra.

-No me jodas, no estoy de humor para sermones.

Javier hizo una mueca escéptica, pero se abstuvo de hacer más comentarios,

-Ginny te está buscando.- dijo en cambio - Ya están empezando a mover todo para ir al Jardín de Paz, dice que ella te lleva.

Tomás resopló,

-Me va a palmear la mano todo el camino.

-Eso es lo que hacen las personas que nos quieren.

El filtro que lo protegía del mundo flaqueó pero se sostuvo,

-Preferiría que no me abandonaran.

El hombre a su lado sonrió melancólico,

-Y sin embargo nos tenemos que conformar con que nos palmeen la mano.

-Tomás.- llamó la voz de Virginia desde adentro.

-Pulgarcita te reclama.

-¿No podemos quedarnos acá?

-Nop. Te veo allá.

Tomás volvió a juntar aire, llenándose los pulmones, buscando en el oxígeno algún tipo de coraje, y entró a la casa.



De pie junto al agujero abierto en la tierra, observó como la pequeña grúa bajaba el cajón.

El sol brillaba tibio sobre su cabeza, el cielo de invierno era de cristal, a sólo un martillazo de quebrarse en mil pedazos.

Se esforzó por sentir algo, lo que fuera.

Furia, dolor, enojo, frío.

La gente a su alrededor esperaba eso de él.

Pero no se sentía capaz.

Tan sólo podía observar el cajón de madera oscura con una sensación de desapego, como si fuera él mismo el que estuviera siendo enterrado, y no tuviera fuerzas como para protestar.

Ginny le apretó el codo y del otro lado su madre se sostenía de su brazo, observándolo por entre las pestañas llenas de lágrimas.

Todos estaban listos para atajarlo.

Si él tan sólo se dejara caer...

Alguien dijo unas palabras, algo sobre la vida eterna y el polvo, y en una libre asociación de ideas Tomás pensó en que tendría que conseguir el número de alguna empresa para que fuera a su casa a limpiar. No podía volver hasta que todo no estuviera fregado a nuevo. Esto lo llevó a pensar en que iba a tener que contratar a alguien para que limpiara de manera regular. El nunca había estado a cargo de esas cosas...

Son los detalles los que eventualmente nos ponen de rodillas.

Uno a uno los dolientes se fueron yendo. El mediodía ya había pasado y la tarde se alargaba. El mundo presionaba, queriendo volver a girar.

Su madre sollozaba a su lado y Ginny le soltó el brazo para dedicarse a ella.

Lo urgente, como siempre, tomando prioridad sobre lo importante.

-La acompaño hasta el auto y te espero allá.

El asintió, no estaba apurado por irse.

El verde de las plantas, la tibieza del sol, el aire ligeramente mas limpio que el de la capital. ¿Qué razón tenía para volver?

¿Tomaría a mal el administrador si acampaba en su cementerio?

¿Si nunca mas se iba?

Javier se detuvo a su lado,

-¿Cómo lo estás llevando?

-Bien.

-¿Seguro?

-Hijo, que pesado que estás.

-Sólo quiero saber si estás bien.

-Estoy bien.

-No, no estás bien.

-¿Qué te hace pensar que no?

-No creo que todavía hayas aceptado lo que pasó.

-¿Y vos qué sabés?

-Sigo acá.

Y una grieta se abrió en la armadura, dejando entrar el viento.

El sacerdote, un hombre joven que recién parecía estar acostumbrándose al cuello clerical, se acercó hasta donde ellos se encontraban.

-Lamento su perdida.- repitiendo una frase que muchos habían dicho antes y que sin embargo en él, tal vez porque después de todo ese era su trabajo, sonaba sincera.

-Gracias.

El sacerdote estiró la diestra y estrechó la suya en un apretón confortable, la palma tibia y seca envolviendo su mano helada, haciéndole notar por primera vez el frío.

-No llegué a conocerlo, pero por lo que escuché, Javier era un buen hombre...

Un nudo se formó en la garganta de Tomás, filigranas indetenibles resquebrajando el escudo levantado a su alrededor hasta desmoronarlo, la caida envuelta en un silencio atronador.

Apretó los dedos del cura, súbitamente la única cosa firme en un mundo cambiante,

-Sí.

-¿Hacía mucho que estaban juntos?

Buscó a Javier, que se había alejado unos pasos, y una lágrima caliente, la primera en meses, rodó por su cara,

-Toda la vida.- ahogándose con las palabras.

Javier le sonrió, brillante y fugaz como una llamarada de magnesio, y en esa sonrisa Tomás pudo leer toda su historia, llena de idas y venidas, de errores y desencuentros, de penas y glorias.

Desde el trémulo principio en el pasillo de un colegio hasta el amargo final en un pasillo de hospital,

-Estoy seguro de que no está lejos.- los ojos castaños del cura lo observaban, llenos de fe y compasión.

Tomás bajó la cara, luchando por no llorar, por no romperse, por no morir, y cuando volvió a levantarla, Javier ya no estaba.

El sacerdote no dijo mas, se limitó a acercarse y a rodearlo con los brazos. Y enterrando la cara en la camisa negra, con un sollozo quebrado, Tomás finalmente se dejó caer."

FINIS