Otra Mente Brillante Arruinada por la Educación

Mostrando entradas con la etiqueta Memory Lane. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Memory Lane. Mostrar todas las entradas

4 sept 2012

Piojos Hotel

Yo cuando era chica tenía piojos.
Sí, sí, lo admito. Me paro enfrente del mundo y lo digo con cansada dignidad. Mi nombre es Damaduende. Hola Damaduente. Yo de chica - de adolescente también, para qué mentir, acá somos todos amigos... Bebilacqua callesé - tenía piojos.
Muchos.
Posta.
Mi madre se esforzaba - pobre mujer - y me pasaba el peine fino, y me revisaba la cabeza, y me echaba productos masivos, recetas magistrales, remedios caseros - "¿qué es ese olor a vinagre?" decían mis amigas en el colegio, "... yo no huelo nada, te habrá parecido"... - y todo lo que le recomendaran.
Eran batallas cruentas.
No voy a decir batallas perdidas porque sería injusto, a veces, de tanto en tanto, yo no tenía piojos. Tenía épocas piojos free. Pero sí voy a decir que fue una guerra larga, que duró años, y costó fortunas, porque por alguna razón, los piojos sentían una afinidad por mi cuero cabelludo que no parecían sentir por nada ni nadie.
Eramos un sólo corazón, los piojos y yo.
Si había un piojo, un sólo piojo, un sólo y triste piojo, seguro que me venía a hacer compañía a mí.

- En un veloz aparte, tengo que decir que esto de los piojos es inversamente proporcional a la atracción que produzco en los mosquitos. Para que un mosquito me pique yo tengo que ser el único ser vivo en un radio de varios metros cuadrados, y aún así, el mosquito tiene que venir ayunando y medio desesperado. Si tiene otra opción, yo soy el último recurso. En cambio siempre estoy primera en la lista del menú piojeril. -

Tengo presente un verano en el campo, tendría trece o catorce años, en plena lucha pediculosa, sentadas con mi hermana en el parque. Ella me pasaba el peine fino, cual monitos en el zoo, y con ese espíritu curioso que tiene uno a esa edad, descubrimos que si ponías los piojos en el camino de las hormigas, las hormigas los agarraban y se los llevaban hormiguero adentro.
¡JA! ¡Tomá eso piojo!
Me pregunté siempre qué es lo que harían las hormigas con los piojos. Tenía un aire de película de terror el asunto, combinado con un poco de frío documentalismo, el pobre piojo luchando por escapar, la hormiga sosteniéndolo fuerte con sus mandíbulas, arrastrándolo a las entrañas de la tierra para hacerle sabe Dios qué... Pobre piojo es un decir, no vaya uste´a creer. Eran ellos o yo y a mí yo me caigo muy bien, así que  olvídenlo.

Sí... los piojos y yo tenemos historia.
Unos recuerdos...

Es por eso que el hecho de que la Ro los haya traído de vuelta a mi vida no me gusta nada.
Ni un poquito.
Ya empecé la Operación Piojo y ataqué con los productos de destrucción masiva, ya pasé el peine fino, ya revisé y peiné y lavé e hice todo lo que tengo que hacer.
La Ro ya casi no tiene nada.
Y por supuesto, a mí la cabeza me pica como si el tiempo no hubiera pasado, ´ta que lo parió.

Pero los años me enseñaron algo, algo que en mi infancia mi madre no pudo implementar, pero que aprendí yo sola a los 17, algo que puso fin a la invasión, una onda Hiroshima y Nagasaki a nivel piojo.
A los 17 años descubrí que si teñís el pelo, no queda ni un piojo vivo en tu cabeza.
Nada resiste 40 minutos de amoníaco.
Creo que desde los 17 años que no veo mi color de pelo original.
Así que ya ven, esta noche paso del castaño oscuro al marrón praliné. Un tono mas claro, como para combinar con la primavera. Porque lo cortés no quita lo valiente y tener un pequeño problema de plagas no quita que una pueda ser una fashionista.

Bebilacqua, se vuelve a rascar y se va a la dirección, no me vaya a contagiar al resto de la clase.

16 sept 2011

La Esquiva Moraleja


El otro día decidí hacer tortilla de papas. Que cosa que me gusta la tortilla de papas...
Mi abuela hacía las mejores tortillas del mundo. Incluso tenía un plato especial para dar vuelta tortillas que le regalamos con mi hermana - todo el camino desde Sevilla, envuelto en ropa adentro de la mochila -, esmaltado con flores y con una encantadora inscripción que anunciaba en una caligrafía muy bonita Pa´Voltear Tortillas...

Entonces, con mis planes de hacer tortilla bajo el brazo, llegué a casa, corté las cebollas, corté las papas, batí los huevos en el bol de metal, freí las cebollas, freí las papas, puse las cebollas en el huevo, puse las papas en el huevo y me preparé psicológicamente para el reto de hacer una tortilla de papas cocida por fuera y jugosa por dentro, lo mas parecida posible a las que hacía mi abuela.

"¿Qué vamos a comer?" la voz de mi niño, el menor.
"Tortilla de papa."
"A mí no gu´ta tortilla."
"Pero si son papas fritas con huevo."
"No gu´ta", pues tu te lo pierdes, cariño, y eso fue todo en ese frente, esto no es un restaurante, no te gusta, no comés.
A la Ro en cambio, hubo que atajarla para que no se robara todas las papas fritas de adentro del huevo crudo, en un claro caso de que lo que se hereda no se hurta, ya que mi abuela y yo hacíamos el mismo baile cuando la visitaba para almorzar.

Qué cosa los recuerdos...

Cuando llegó finalmente el momento, agarré la sartén grande, la calenté con una mínima - no, menos... no no, menos todavía... no... te pasaste - cantidad de aceite y con un floreo le eché el menjunje de papas, huevo y cebolla.
Todo el asunto siseó y crepitó de manera muy satisfactoria.
Lo dejé un par de momentos y cuando agarré la sartén por el mango, la levanté para sacudirla un poco, en una de esas cosas inesperadas que tiene la vida, el mango se partió con un chasquido que resonó como un petardo, haciéndo que la sartén cayera violenta contra la hornalla y que por un segundo - un eterno segundo - todo el asunto amenazara con caerse al piso y arruinar todo mi trabajo.
La atajé veloz - soy rapidísima cuando me amenazan con la ruina. Tiré a la merda el pedazo roto y me agarré del muñon que quedaba. Las papas se habían impresionado un poco - ¿qué fue eso? que horror, ¿lo sentiste? - y habían tratado de escapar por el borde de la sartén, por lo que la tortilla se había roto de manera irremediable, mientras que los pedazos que no se habían movido, con el tiempo perdido en cualquier momento iban a pasar de castaño a oscuro.
Manoteé rápido la fuente redonda - que no dice Pa´Voltear Tortillas, pero era de mi otra abuela y tiene un sellito que atestigua que vino de Inglaterra, así que tomá - la puse arriba y como pude - el muñón de mango no se quería prestar - giré el enchastre de papa, cebolla y huevo, los dejé tostarse medio minuto y lo repartí entre los que sí queríamos tortilla.

Estaba buenísima igual, no me voy a andar quejando...

Pero mientras comía descubrí además que la sartén traidora no sólo me había desarmado la tortilla sino que también me había hecho un tajo larguísimo en el dedo gordo, que en el fragor de la batalla yo no había notado y ahora sangraba por todos lados.

Ahora, mirando la curita de Batman que envuelve mi dedo - las de princesas son para los días impares -, no puedo evitar sospechar que en algún lugar de todo esto hay una moraleja. Estoy segura. Algo sobre la gente que piensa que tiene la sartén por el mango...

Pero no termino de poder armarla.

14 sept 2011

Círculos de Brillantina


Hace unos años - sí, muchos, Bebilacqua, llámese a silencio quiere o lo echo del aula - estaba yo en septimo grado y tuve que hacer un trabajo sobre la República Argentína. Algo. No me acuerdo qué. A la distancia puedo notar la importancia totalmente relativa del tema, pero en su momento, y con mis doce años, obviamente era algo monumental. Lo que no quita que me haya olvidado de terminar los mapas a tiempo y encontrarme llorando el día anterior en pleno ataque de histeria porque tenía miles de mapas que colorear y yo como siempre había perdido los días en Uh, caramelos...
Desde el principio que soy una mina despelotada.
Ahí es cuando entra mi viejo en escena y al rescate se pasa toda la tarde pintando y coloreando mapas, cuestión de que el día de la entrega, yo tenía todo al día. Ni siquiera recuerdo que me haya retado, sólo me acuerdo de verlo sentado a la mesa verde de felpa, sombreando mapa tras mapa, siempre listo para sacarme las papas del fuego.

Mi papá.

No me acuerdo de mi mamá ayudándome con cosas de colegio.
Tal vez lo haya hecho, al cabo que todos sabemos que la memoria es perversa y selectiva, pero si lo hizo no lo recuerdo.
Mi vieja se ocupaba de rescatarme de otras cosas - y de comprar los libros escolares, merda la de horas que habremos perdido ella y yo haciendo la cola en las librerías a principio de año... - , pero cuando pienso en tareas atrasadas o trabajos prácticos o todas esas mil cosas que hacen las delicias del mundo escolar, me acuerdo de mi papá.
Es curioso.

Rorro tiene una Exposición de Mandalas la semana que viene.
Sí, escuchó bien Bebilacqua, una exposición de mandalas. No, ni idea a quién se le ocurren estas cosas. Sí, yo también lo golpearía en la cabeza si tuviera la oportunidad. No, no voy a ir al colegio a preguntar quién fue.
En fín. Llegó la notita la semana pasada, y si queremos participar - Sí quiero, mamá, sí sí sí... - , hay que entregar una mandala de 20 centímetros de diámetro antes del 16 de Septiembre. A gusto y piaccere del consumidor. La nuestra es con brillantinas.
La bajamos de la internet, la imprimimos, la pegamos en un cartón y todas las noches, cuando llego de trabajar, le pongo uno o dos colores nuevos, para darle tiempo a la plasticola a secar y que no se mezclen las brillantinas.
Y yo me pregunto si a Ro le quedara en algún lugar de la memoria mi imagen sentada a la mesa del comedor, rodeada de brillantina, trabajando en el coso ese para hacerla feliz o si su memoria, en los años por venir, será también perversa y selectiva, y también ella dirá "Es curioso, pero no me acuerdo de mi mamá ayudándome con las cosas del colegio..."

Voy a tener que sacarle una foto a esa bendita mandala.


23 mar 2011

Perros en Martes



Yo tuve una vez, una perra que se llamaba Ofelia.
Ofelia...
Ofelia era una enorme Rottweiler, y desmintiendo todas las habladurías y los mitos sobre esta raza, Ofelia era uno de esos perro buenazos, con el alma escondida en la parte de atrás de las orejas, justo ahí donde siempre le gustaba que la rascaran.
Ese tipo de animal al que sólo bastaba con empujarla ligeramente para que se dejara caer hacia el costado, así uno le hacía mimos.

No, si era malísima.

Para el tamaño que tenía, Ofelia era una perra tímida. Se sobresaltaba cuando salíamos por la calle y los perros mas chiquitos le ladraban. Si pasaba algún perro grande, antes siquiera de acercársele mucho, se escondía detrás mío y lo miraba con sospecha. Mucha gente en la zona la saludaba a ella - yo estaba de palo - al pasar.
Cuando le dabas algo para comer le decías "despacito" y ella te lo sacaba de entre los dedos con infinito cuidado para no lastimarte.
Era medio bruta, tampoco vamos a engañarnos, que se puede pedir de un animal tan grande, giraba sin mirar y te estrolaba contra la pared, pero para ciertas cosas era una princesa.

Cuando me mudé de provincia se quedó con mi mamá. Las cosas en casa no estaban muy bien y ya me estaba yendo yo, no le iba a sacar al perro también.
Me dio mucha pena dejarla, pero hay cosas que son mejor así, y siempre que yo iba de visita, Ofelia me saltaba encima, como si yo hubiera hecho todos esos kilómetros sólo para ir a verla a ella.

Un par de años después, la Rorro se sumó a las visitas, y Ofelia, con cierta resignación y miradas sufridas, se dejó adoptar. Mi niña la seguía a todas partes, le tiraba de la cola, se le subía encima, y en una ocasión memorable, se sentó con ella en el piso, puso una tacita de té frente a cada una y tuvieron una reunión de té que al día de hoy lamento no haber podido siquiera fotografiar.
Era un perro fabuloso. El perro con el que uno se imagina cuando dice "quiero tener un perro".

Ofelia murió hace unos años. Tenía una artritis galopante y había mañanas en las que ni siquiera podía levantarse de su manta, por lo que mi madre, con todo el dolor del alma, llamó al veterinario para que se ocupara de ella.

En fín...

Hacía tiempo que no pensaba en Ofelia, pero hace un par de días recibí un mail con una serie de fotos y no pude evitar hacer la asociación libre...


16 nov 2010

Déjà Vu


Cuando yo era chica iba a Misa todos los domingos. Sí, tuve una etapa religiosa, como cualquiera que haya ido a un colegio católico, y si bien nunca fui una persona muy creyente del circo - ya de chiquita tenía una veta un tanto descreida - me gustaba ir.

Mi viejo me levantaba a las ocho y pico los domingos - que ganas, que bárbaro, las cosas que se han hecho en nombre de la religión - , yo me vestía apurada e íbamos los dos a Misa de nueve. La verdad, y honestamente, no me acuerdo si mis hermanos iban o no ( ETA, mi hermana me fuerza a aclarar que no me haga la pava que ella siempre iba a la misa y que la que faltaba la mayor parte de las veces era yo. Aclarado este punto, retomamos la transmisión.)
Yo iba a esa misa, en vez de a las de la tarde porque la daba el padre Cordeyro, y ese hombre te sacaba una misa de cuarenta y cinco minutos en media hora. Maravilloso el caballero, su murmullo veloz volando sobre los glorias y el credo, casi que uno creería que lo hacía sin respirar. Los sermones en cambio eran mas lentos, mas pensados, la parte que se notaba que a él, después de mil años haciendo esto, le interesaba dar. Hablaba de historia, mas que de religión, por lo que si a uno - como a mí - la historia le caía en gracia, estaba listo.
Nueve y media estábamos afuera e íbamos con mi viejo a la panadería, comprábamos facturas, el desayuno en familia y me metía en la cama a dormir hasta las doce, cuando me levantaba para ir a almorzar a lo de mi abuela.
Era una buena rutina. Un buen domingo. Uno de esos recuerdos en los que uno se apoya para poder decir "buenos tiempos, buenos tiempos" y mirar hacia atrás con cierta nostalgia.

Ahora, a qué viene esta historia.
Bien.

A la Misa de nueve de las Esclavas iba mucha gente. No digo que se llenaba de bote a bote como las de las tardes - que además eran el equivalente a la vuelta al perro e iban todos los adolescentes con sus mejores galas - pero tenía una buena concurrencia.
Y todos los domingos, a eso de las nueve y cuarto, cuando ya todos estábamos concentrados en pasar la siguiente media hora sin dormirnos, entraba a la Iglesia, por la puerta del medio y caminando por la nave central, un hombre que rondaría la cincuentena, medio pelado, con una sonrisa medio ausente y cara de niño, que con un diario en la mano, caminaba hasta el primer banco de la segunda sección - la iglesia tenía bancos hasta la mitad, un espacio amplio para pasar caminando y luego una sección de bancos hasta el final - donde si había espacio se sentaba sin mas y donde si no había espacio miraba con fijeza a las personas hasta que le hicieran lugar - si las personas en el banco no tenían a bien moverse, él se daba vuelta y se dejaba caer en el asiento igual, haciéndose espacio a la fuerza, obligándo a quien estuviera sentado en la punta a ceder o ceder. Luego sonreía amablemente a sus contertulios, abría el diario y se ponía a leer.
La misa no estaba completa sin el señor del diario y su rutina.
Todos en el barrio lo conocíamos.

Ayer, estaba yo en la biblioteca y entra Mirtha, una de las teachers - de esas que son instituciones en sí mismas - y luego de pedirme lo que venía a pedirme, me comenta,
- Hay un señor con un perrito sentado en el pasillo.
- ¿Dónde?
- Justo acá afuera.
- ¿... estará esperando a alguien?
- Sí, pero no puede esperar ahí... Y me dio no se qué, porque me saludó con una sonrisa enorme y un buenas tardes muy educado...
Cuando Mirtha se fue, me asomé a mirarlo y efectivamente, había un hombre ahí afuera, cincuentón, con cara un tanto ausente, sosteniéndo un perrito en la mano y mirando a su alrededor con curiosidad un tanto infantil.
No le dije nada y volví a mi escritorio.
Como Mirtha dijera, no podía estar ahí sentado, y si a las chicas de la entrada se les había pasado iba a tener que decírselo yo.
Junté un poco de coraje - soy muy mala a la hora de interpelar a la gente - y cuando ya estaba lista, una mujer entró a la biblioteca, pinchándome la intención, y me preguntó muy educada donde estaba el baño de hombres.
Le di direcciones y cuando salió la escuché, alegre, paciente y un tanto cansada,
- Vamos, papí, que el baño está del otro lado, ¿sí? - y al señor ponerse de pie y seguirla...
Calculé que ella debía haber estado pagando en la secretaría o algo y él - cualquiera que fuera su relación con ella - se le había escapado hasta decidir sentarse ahí a esperar al mundo.

Si hubiéramos cambiado el perro por un diario, la imagen hubiera sido prácticamente la misma.

Y todavía remamos :)

18 oct 2010

Es Así...


Yo trato de evitarlo, pero es practicamente imposible. El Día de la Madre amerita al menos una pequeña dosis de cursilería.
Así que acá está, mi granito de arena.
Feliz día, mamases!




Baby mine, don't you cry
Baby mine, Dry your eyes
Rest your head close to my heart
Never to part, baby of mine

Little one, when you play
Don't you mind what they say
Let those eyes sparkle and shine
Never a tear, baby of mine

If they knew sweet little you
They'd end up loving you too
All those same people who scold you
What they'd give just for the
right to hold you

From your head down to your toes
You're not much, goodness knows
But you're so precious to me
Sweet as can be, baby of mine

All of those people who scold you
What they'd give just for the
right to hold you

From your head down to your toes
You're not much, goodness knows
But you're so precious to me
Sweet as can be, baby of mine
Baby of mine

- Bebé mío, no llores/Bebé mío, seca tus ojos/Apoya tu cabeza, cerca de mi corazón/Para nunca separarnos, bebé mío//Pequeñito, cuando juegas/No escuches lo que dicen/Deja que tus ojos brillen/Nunca una lágrima, bebe mío.// Si conocieran lo dulce que eres/También te amarían/Esa misma gente que te retó/Que no darían sólo/Por el derecho a abrazarte//Desde tu cabeza hasta tus pies/No eres gran cosa, el Cielo sabe/Pero eres tan precioso para mi/Mas dulce imposible, bebé mío. -

10 sept 2010

Ecos


Cuando tomé mi Primera Comunión, que bonita mi alma, vestidita de blanco, en la enorme Iglesia que quedaba enfrente a mi colegio - me pregunto qué habrá sido de esas fotos... y hasta había un video... - mi viejo me regaló una cadena de plata con una cruz gaucha que siempre llevaba encima.
Yo tenía en ese entonces 9 años, la cadena era larga y la cruz era bastante grande, pero me la colgué al cuello y no me la volví a sacar.

Al principio me daba cierta impresión, tenía miedo de enredarme y ahorcarme durante la noche - ¿qué? puede pasar - y me la sacaba para dormir, colgándola con cuidado del borde de mi cama. Pero con el correr del tiempo superé ese miedo - insisto, cosas mas raras han pasado - y la cadena se volvió parte de la escenografía estable.
La usé durante años. Muchísimos años.
Al balanceo de la cadena los años le agregaron un escapulario, una medallita del Vaticano, la medalla de mi confirmación, y un par de cosas mas, convirtiéndola de a poco en un terrible sonajero que a veces había que sostener para que no sonara y alertara al mundo de mi caminar.
Pero eso no quitaba que yo amara mi cadena.

Si iba a la pileta o a la playa, le hacía un nudo para que no se perdiera.
Cuando me vestía de manera elegante - bueno, elegante, denme un cierto crédito - la cadena quedaba ahí, contrastando terriblemente con el ensamble, y a mí la verdad me importaba un poroto.
La usé con collares arriba, con colgantes alrededor, con musculosas, con vestidos, con remeras escotadas o escondida debajo de sweaters.
Creo que no me la saqué salvo para contadas ocasiones, en las cuales temí perderla o alguna otra razón que ahora no recuerdo.

Cuando cumplí los 24, Rolo, mi profesor de Vale Tudo, de a poco y como quien no quiere la cosa, desanduvo el camino y volvió una costumbre en mí el sacármela cuando llegaba al dojo. Mis compañeritos podían llegar a tirar de ella - la lucha en el suelo puede ser feroz y uno está autorizado a agarrarse de cualquier cosa - y romperla.
De ahí, como todo lo que se decanta, hubo un paso hasta que empecé a sacármela porque no me combinaba con la ropa, o porque hacía mucho ruido, o porque esto o aquello. Y eventualmente, ya viviendo en Neuquén, una tarde, sin saberlo, me la saqué por última vez... Cabe decir que a estas alturas el ganchito de la cadena ya no cerraba bien y había sido cerrado a presión con una pinza, que la cruz gaucha se me había perdido en alguna vuelta de la vida y que lo único que quedaba eran un par de medallitas a las que el uso constante les había borrado las fechas.

La cadena esa habrá pasado conmigo casi 18 años, y debo habérmela sacado de manera definitiva hará por lo menos 5... Pero al día de hoy, cuando me agacho para hacer algo, a veces todavía tengo el acto reflejo de apoyarme la mano sobre el esternón, buscando atajarla e impedirle que suene...

... Me pregunto cuanto tiempo pasará hasta que deje de mover la cabeza sobrecompensando por el peso de todo el pelo que ya no tengo...

24 jul 2010

La Guía en el Asiento


Cuando yo era chica, mi abuela, la mamá de mi papá, tenía una camioneta. Una F100 verde enorme, que con los años ha tomado en mi memoria proporciones épicas y que probablemente si la viera ahora me resultaría pequeña.
Mi abuelo había muerto tiempo atrás, cuando mi viejo era chico y mi abuela Sucy se pasaba la mayor parte del año en el campo que tenía en la provincia de Buenos Aires, para el lado de Coronel Suarez, supervisando, administrando, etc... todas esas cosas que hace una persona dueña de una campo, cosa que no es mi caso que apenas si soy dueña del pedazo de tierra sobre el que vivo. Cualquier día se la podía ver andar de acá para allá por los caminos de tierra o por las rutas, encaramada a la F-100 verde, manejándose por la vida sin mayores problemas.

Cabe aclarar, para beneficio del relato y para cualquiera que se esté imaginando una mujer alta e imponente, que mi abuela era una mujer mas bien bajita - imponente seguro, caracter jodido tenía, pero bajita al fin -, y que todos estos viajes y manejos e idas y venidas los hacía mirando el camino desde debajo de la curva del volante, porque no alcanzaba a ver por encima.
Desde afuera todo el asunto casi que parecía un truco de magia, había que encontrar el ángulo correcto para poder verla, si no casi casi que la camioneta parecía manejarse sola.
Un peligro, decía mi viejo, que hoy se ríe divertido ante el recuerdo, y yo, recordándola mas vagamente, pero con el mismo espíritu, me río con él...

Desde que empezaron las vacaciones que no puedo parar de pensar que ya es hora de que yo aprenda a manejar. Bueno, a manejar/mover el auto no, mas bien a manejar/interactuar con el resto del mundo, porque yo sé qué apretar y como hacer que se mueva la máquina, lo que no sé es cómo moverla entre los demás conductores... Y la verdad que me da mucha impresión la idea siquiera de tener que cruzar una esquina. Voy a convertirme en la mujer que todos putean, esa que espera a que no venga ABSOLUTAMENTE nadie antes de decidirse a cruzar la bendita intersección...

Considerando que yo soy mucho mas alta de lo que era mi abuela Sucy y por ende puedo ver el mundo desde arriba del volante, debería pensar que esto del manejo es pan comido... Pero no, la verdad que no.

29 jun 2010

Al Otro Lado de la Reja


Antes de tener a Magenta, tuvimos otro perro. Bah, Henry tuvo otro perro - aramos dijo el mosquito - que decidió que yo era aceptable y me adoptó una vez que me mudé a Neuquén.
Max, que así se llamaba el animal, era un perro mediano, con aspiraciones de cocker de pelo corto, amarillo, que alguna vez había parecido de raza pero que a la vejez el medio pelo se le empezaba a notar. Estaba ciego de un ojo, tenía un caracter muy mal parido, le gustaban los mimos en la panza y dormir abajo de la estufa.

Pero lo mas particular que Max tenía era que era un tipo independiente. Todas las mañanas, a primera hora, uno le abría la reja para que saliera a la calle y allá se iba él, a hacer su ronda por el vecindario. Acompañaba a la vecina de al lado en sus caminatas hasta la Plaza de las Banderas, le ladraba a través de la reja al perro enorme de a la vuelta, jugaba con la perra negra del otro lado de la calle y mil cosas mas que probablemente nunca sepamos.
Eventualmente, cuando se aburría de todo esto, volvía a la casa, lloraba junto a la reja hasta que alguien - "otra vez? uy, pero que perro pesado" - le abría y así se pasaba el día, pidiendo entrar y salir, sin necesitar nunca que nadie lo acompañara a ninguna parte.
Era un buen sistema. A veces tardaba en volver, mas de una noche la pasó afuera, y siempre estaba el riesgo de que no volviera - los accidentes pasan - pero él nunca falló.

Lo mataron un mediodía en que Susana había ido a buscar a Rorro a la guardería. Curiosamente, nada que ver con sus salidas individuales. Volvían los tres, Susan empujando el cochecito, Max como siempre deabulando a su alrededor, cuando se metió sabe Dios donde para salir lloriqueando, acostándose en la cuneta. Susana, con la bebé al rayo de sol, no se quedó a mirar y para cuando llegó a casa, sin el perro detrás, me pidió que fuera a chequear.
Lo encontré justo donde ella me dijera, muerto nomás, con un agujero en un costado, como de un punzón. Nunca supimos en donde había sido, si fue a propósito o un accidente. Me senté en la vereda un rato, acariciándolo, después lo saqué del camino y lo dejé en un baldío, para que se lo llevaran.

Y se me puso triste el posto cuando no había sido mi intención.
Sepan ustedes disculpar.

A lo que yo quería ir es que a Magenta, con el tema de que nadie puede sacarla a pasear en la semana por falta de tiempo y que el jardín es grande pero no le alcanza para correr, estamos, de a poco, dejándola salir sola a la vereda. Bien tempranito, o cuando ya pasan las once, cuando no hay casi autos, le abro la reja y la dejo salir para que corra.
Da gusto verla estirarse a todo lo que da, corriendo de punta a punta. Es un perro lindo de ver correr.
Anoche Zeke me acompañó y nos quedamos paraditos como dos vigias, viéndola desaparecer en la esquina, esperando que volviera, llamándola cada tanto - mi "Magenta!" tratando de sonar autoritario, su "`kenka!" todo cariño preocupado - hasta que se aburriera de tontear y desandara el camino, corriendo con el embiste de un trén, casi volteando al enano en su afán de volver a casa.

Es bueno tener perro otra vez.

9 jun 2010

Papel Picado


Cuando yo era chica, mis viejos alquilaban una quinta por la zona de los Nogales, cerca de Campo de Mayo, donde pasábamos la mayoría de los fines de semana, escapando del mundanal ruido.
Era un lindo lugar, con una jardín enorme - o al menos así lo recuerdo, las cosas tienen la mala costumbre de achicarse con los años -, una magnolia rosa que cuando florecía parecia hecha de algodón de azúcar, una pileta cercada, y una casa acogedora con una chimenea de piedra. Las chimeneas siempre son un plus.

Uno de esos tantos fines de semana, mi amiga Mercedes, figurita repetida en el electo estable, se las ingenió para que un amable transeunte - ya que el portón de madera que daba a la calle, alto y verde, estaba cerrado con candado y no podíamos salir - nos pasara por encima de la reja un cachorrito que habíamos espiado las dos, muerto de frío al otro lado de la calle, con la excusa muy segura de que era nuestro y se nos había escapado para afuera.
El cachorrito resultó ser una cachorra, amarilla y tirando a esmirriada, que por una de esas cosas de la vida - les debe de haber dado pena - los míos aceptaron que se quedara, con la condición de que se quedara en la quinta, donde la iba a cuidar el jardinero. Un perro de fin de semana, bah. Pero para mí, el primer perro propio de mi historia, una maravilla.

La bautizamos Lana - rubia como era podría haber sido en homenaje a Lana Turner, pero yo a los 8 no hacía esas conexiones y lo mío fue un gusto del momento, una asociación con el perro del vecino llamado Trapo - y estuvo con nosotros cerca de un año, quizás mas, pero la memoria es traidora, de esto ya pasan 20 años, casi 25, y los tiempos se me confunden, hasta que finalmente llegamos un viernes a la noche y ella simplemente no estaba mas.

Pero la anécdota que quiero traer a colación es de un sábado, en el que yo estaba sentada en una silla plegable, leyendo en el jardín - Colmillo Blanco, de Jack London, la edición amarilla de tapa dura de la colección Robin Hood... la memoria es selectiva además de traidora - y abandoné el libro sobre la silla un momento para ir adentro a buscar algo.
Para cuando volví, habiéndome tardado mas de la cuenta, del libro sólo quedaba el recuerdo, desparramado por sobre el pasto en mil pedacitos, mientras la perra mordisqueaba los restos, feliz de la vida con el juguete que yo había dejado a su alcance...

Ah, que furia, que tristeza, que dolor...
Hubiera podido matarla... si se hubiera dejado alcanzar...
No me alcanzaban los ojos para llorar, la angustia en el pecho, yo que en esa época pensaba que los libros eran el principio y el fin de todas las cosas... ¡Además del hecho de que no iba a saber como coños terminaba la puta historia!
Mi viejo esa tarde tenía que ir hasta la Capital para hacer unos trámites, y cómo mi viejo es un grande, se tomó el trabajo de ir a una librería y conseguirme otra copia de Colmillo Blanco - exactamente la misma que Lana había convertido en confetti - además de traerme Belleza Negra, de Anna Sewell, como yapa por el mal rato.
Es un buen recuerdo. Uno de esos que quedan.

Por eso cuando hace unas horas mi suegra me llamó furiosa para decirme que Magenta se había subido a la mesa y se había comido el libro que estaba leyendo - mierrrrda lo hizo, no queda ni para repuesto de figurita - pude realmente conectarme con su dolor.
Pena que Susan no tiene un padre como el mío...
Así que, este es un pedido a la comunidad, si alguien sabe el final de Bahía Azul, de Nora Roberts, si puede ser tan amable de compartir la información - hasta que pueda yo conseguir otra copia - se lo voy a agradecer.

5 may 2010

Muppets y Palitos


Hace unos años ya - muchos - cuando todavía viajar en tren no era una aventura de proporciones épicas en las cuales podías dejarte la vida, me acuerdo que viajamos en familia rumbo a Miramar.

Debía ser cerca de las 5 de la tarde, y yo, en los principios de mi adolescencia, recuerdo que mareada había bajado mi libro - yo me mareo muy muy fácil... no pude terminar nunca de ver The Blair Witch Project no por el miedo si no por la nausea que me dio tanto movimiento de cámara - y aburrida miraba mis alrededores en busca de distracción.
En el asiento delante nuestro, no dándonos el frente, si no la espalda, había dos señoras. Desde donde yo estaba medio acurrucada podía ver la parte de arriba de sus cabezas, una castaña, la otra blanca, y después de un rato de escucharlas conversar pude inferir que eran madre muy mayor, hija de mediana edad, y que estaban volviendo a casa después de haber pasado unos días en Buenos Aires con nietos/sobrinos.

Despacio me empecé a amodorrar - chucu chucu chucu chucu -, y entrecerrando los ojos dejé de prestar atención al mundo circundante, hasta que la conversación de adelante reclamó mi atención, cuando Cabeza Castaña dijo algo, Cabeza Blanca no contestó y CC empezó a insistir.
- Mamá.
La vieja ni pío.
- ¡Mamá!
Cero al As.
- ¡Mamá!
Y yo me desvelé.

Desde mi lugar pude ver la coronilla de la cabeza castaña inclinarse, levantarse y empezar a sacudir a la otra coronilla, manteniéndo una letanía de "mamás" en sostenido crecendo. Desde mi asiento la cabeza blanca se sacudía de lado a lado, haciéndome recordar por alguna razón a los Muppets, y pude sentir una risa un tanto histérica cosquillearme la garganta.

Listo, se pudrió todo, pensé. Se murió la vieja y hasta acá llegó el viaje.
-¡Mamá!- insistía la señora, casi a los gritos, llamando la atención de todo el vagón.

Mi mente se llenó de imágenes en las cuales paraban el tren, me llamaban de testigo, no llegábamos nunca a Miramar y mis vacaciones quedaban totalmente arruinadas por una señora que no había tenido la decencia de esperar a llegar a su casa para dar el último adiós.

Pero luego, oh milagro, la vieja tosió, se sacó de encima a Cabeza Castaña y la escuché renegar con algo tipo,
- Estaba durmiendo, Estela, ¿estás bien? ¿Por qué me despertás? ¿Ya llegamos?

Y su hija, Estela supongo, aunque podría haber sido otra persona, yo en la señora de la cabeza blanca no hubiera confiado mucho, en vez de putearla de arriba a abajo como yo hubiera hecho, contestó que no, que todavía faltaba, que todo estaba bien, y el viaje continuó sin mas contratiempos.

Cuando venía caminando para el laburo, a eso de las tres y media, crucé la plaza, y en uno de los bancos había un señor de mediana edad, cuarenta largos, quizás mas, medio sentado, medio caído, con un brazo cruzado sobre el respaldo, enganchado en uno de los travesaños de madera, como sostenido o colgado, y el otro apoyado sobre la falda. Tenía los ojos cerrados y la cabeza caída hacia adelante, en clara actitud de "o está muerto o está profundamente dormido".

En seguida pensé en la señora de la cabeza blanca y en su hija Estela.

Dudé un momento. Tal vez acercarme y ... no sé, llamarle la atención... pincharlo con un palito... algo...
Pero después cambié de opinión y continué mi camino sin mas, porque, pensé, ¿qué hago si se mueve y me mira? ¿Eh? ¿Qué le digo? ¿Perdone que lo esté pinchando con este palito pero no estaba segura de si respiraba?

O mucho peor aún.

¿Qué hago si no?

4 mar 2010

Hay que Ganar un Poco... Perder un Poco...




Cuando yo tenía 17 años - hará de esto un tiempo ya - pasamos un verano en Miramar... pasamos muchos veranos en Miramar, antes de que todo se complicara, pero este en particular resultó ser un buen verano. Uno de esos veranos con amigos, con fogatas, con largas charlas de café, con días de playa, noches en cualquier parte, amaneceres en las escolleras. Esos veranos que uno guarda en el cajón, en la parte de mas arriba, y que cada tanto desempolva y admira y recuerda y abraza y sonríe antes de volver a guardarlo, dejándolo a mano porque es una de esas cosas que vale la pena no perder.

Ese verano, curiosamente, pese a todo su encanto, fue el verano en que me atropelló un auto cuando andaba con mi bicicleta, sola, pelotudeando lejos de casa.
No me atropelló atropelló, no hubo sangre ni rechinar de neumáticos, ni ambulancias ni corridas al hospital, ni nada de esas cosas tan horribles que pueden pasar, tan sólo me topeteó la rueda - yo crucé sin mirar, mea culpa - y caí redonda, de traste al suelo.
Un segundo estaba arriba, el siguiente estaba en el suelo y nunca sabré que pasó entre ambos.

La señora que manejaba se bajó, muy preocupada, queriendo saber si estaba bien, si quería que me llevara al hospital, a mi casa, al aeropuerto, a la China o a donde yo quisiera, cosa que negué de manera vehemente. No estaba muy golpeada - no, en serio, gracias, estoy bien -, estaba muy sacudida, y lo único que quería era irme lejos de la señora, de su auto, de la calle y de cualquier persona que me hubiese visto alguna vez para poder ponerme a llorar. Agarré la bicicleta, que ni siquiera se había abollado, la traidora, y me alejé rápido, empujándola, sin juntar coraje para subirme otra vez.

La mujer me miró un segundo mas, ya sin insistir, y finalmente, dándose cuenta de que yo la estaba dejando escapar sin mas, se subió a su auto y se fue a la mierda.
Yo caminé las dos cuadras que me separaban de la casa del chico que me tenía loca en esa época - personaje habitual en mi cabeza durante los siguientes años y la razón por la cual había estado pelotudeando por la zona -, y pensé en contarle lo que había pasado, en pedirle que me llevara a casa, en jugar la carta de la víctima. Pero no supe cómo, nunca sé exactamente cómo, no me sale el contar ese tipo de cosas sin sentirme una tarada pescando compasión, y al final caminé las veinte cuadras que me separaban de la casa que alquilábamos, empujando mi bicicleta, donde tampoco conté nada a nadie y continué mi fantástico verano como si nada.

Esto último, desde el no decirle nada a Nacho hasta mi completa negación de lo sucedido, el tiempo me probó que había sido una reverenda estupidez. No sólo porque quizás hubiera logrado algo con Nacho - la carta de la víctima siempre funciona - si no porque al tiempo descubrí que después de ese terrible golpe, el dormir boca arriba - o estar apoyada en cualquier superfie recta - me ha quedado vedado, ya que enseguida empieza a dolerme la espalda de manera sorda. Tres minutos y mi omóplato empieza a arder, cinco y se irradia a toda la espalda, mas de quince y paso las siguientes horas puteando.

Los médicos no tienen ni idea qué es, porque en los lugares donde me duele no hay nada excepto músculo, y los músculos parecen estar bien, asi que asumen que es una contractura padre y me dan sesiones de kinesiología que se sienten maravillosamente pero no solucionan nada. Así que mi dolor de espaldas y yo nos hemos acostumbrado el uno al otro, porque ninguno parece tener intenciones de irse a ninguna parte, asi que, como malos vecinos, sólo nos queda soportarnos.

Toda esta larga reminiscencia venía a algo, no voy a andar descargando semejante historia sobre la gente desprevenida que se acerca sin saber de qué va la cosa, así porque sí. No. Esto venía a que hoy llevé a Zeke a dormir la siesta, como últimamente hago, y me acosté con él - porque si no lo hago se va de paseo. Nos pasamos diez minutos en que yo lo miraba, los ojos entrecerrados y él miraba el techo, pateaba la pared, se daba vuelta, se acurrucaba, levantaba el traste, bajaba el traste, me miraba, etc, hasta que finalmente, aburrido, se trepó encima mío, donde procedió a acomodarse sobre mi estómago - la cabeza contra mi esternón, las piernas cada vez mas largas una a cada lado de mi cintura - y se quedó dormido.
Y cómo será el amor que una tiene por los críos que una trae al mundo, que pese al dolor de espaldas anteriormente mencionado, que enseguida levantó la cabeza, me quedé abrazándolo, tibio y con perfume de toallita húmeda Pampers, por un largo rato...

Demás está decir, a estas alturas, que todo este posto, obviamente, es sólo para quejarme porque todavía me duele la espalda y el Actrón no hizo efecto.