Otra Mente Brillante Arruinada por la Educación

19 sept. 2009

Y ahí estaba...


Pusieron una oficina en uno de los edificios nuevos que hay entre mi casa y el laburo. Diciendo oficina estoy siendo un tanto generosa, el lugar es apenas una habitación alfombrada con una puerta y un ventanal que da a la calle, pero se lo vamos a dejar. Adentro puede verse por el ventanal un escritorio, ubicado contra la pared del fondo, una estantería en la pared opuesta a la puerta, frente al ventanal dos silloncitos y entre los dos silloncitos una mesa ratona. Hay un bol con caramelos sobre la mesita.
Nunca jamás, en los meses desde que abrió, vi a nadie dentro de esa oficina. Los caramelos en el bol, a simple vista, no parecen haber disminuido.
Yo paso cuatro veces frente a ese edificio, en horarios centrales, y una vez me crucé con dos personas que conversaban en la entrada, pero la oficina estaba cerrada y las luces apagadas, así que no pude precisar si habían estado dentro, si esperaban para entrar o si simplemente se habían ubicado en la vera del lugar porque estaban al reparo del viento.
En el vidrio del ventanal rezaba, con letras muy bonitas, en azul, con un vago aire militar: “XXX Obra Social de Pilotos”, todo ubicado alrededor de un escudo con toques dorados.
La falta de movimiento me llevó a la conclusión de que los pilotos son gente muy sana o son gente que cuando su salud se ve comprometida es algo terminal.
Hace unos días, caminando frente al ventanal, me di cuenta que la inscripción en la ventana había cambiado y ahora rezaba, con letras más bien grises, ligeramente inclinadas como dando la impresión de velocidad: “XXX Obra Social de los Ferroviarios”.
En el tiempo transcurrido desde el momento en que noté el cambio hasta hoy, sigo sin haber visto a nadie que entrara, prendiera una luz o siquiera moviera los caramelos… y eso que por alguna razón a mí los ferroviarios no me suenan tan resistentes como los pilotos - sí, es un prejuicio, ¿y qué?
En fin.
Todo el asunto me ha puesto en mente esas tiendas de los cuentos fantásticos, que aparecen sólo cuando el héroe necesita algo desesperadamente, y para cuando el héroe ha descubierto la trampa y quiere devolverlo, la tienda desapareció y sólo queda una pared vacía.
Antes vendían instrumentos de música que robaban almas, perfumes que capturaban voluntades, espejos que robaban imágenes… ahora parece ser que venden salud. Es razonable. Los tiempos cambian, la competencia crece y la magia negra no quiere quedarse atrás.

3 comentarios:

zorgin dijo...

ah! no lo descubrió?, son los caramelos, los que firman el "pacto de salud" se convierten en caramelos, mientras duermen, una pátina amarillenta los va cubriendo y absorviendo su cuerpo y voluntad, al día siguiente pasa "alguien" de la obra social a retirarlo, más tarde lo deposita en el bol de la oficina...
y así el asociado se asegura de no sufrir accidentes.(¿!¡?)
No se sabe que ocurrirá cuando sea la obra social de odontólogos.

Guada G Narbaitz dijo...

Te mantendre al tanto de qué acontece, porque la verdad me resulta de lo mas intrigante todo el asunto :)

Enrique F. Virgala dijo...

no quiero pasar por otro refutador de leyendas pero creo que es el lógico proceso natural de todo piloto que degrada en ferroviario, y la ausencia de personas en la oficina se debe a la falta de trenes, que es proverbial en estos tiem pos. Y se preguntaran para que los caramelos? ni idea, un truco publicitario