Otra Mente Brillante Arruinada por la Educación

30 nov. 2009

Expediciones a los Hielos...


Hicimos el sábado asado en casa.
Aprovechamos que estaba lindo - aun cuando después se levantó viento y tuvimos que comer adentro - y Henry puso carne a la parrilla. Quedó realmente muy rica - pese a la falta de fé de la muchachada, poco acostumbrada a que mi hubbie cocine.
Pero el tema no es el asado ni la comida, ni que nos divertimos mucho - en un momento me fui a acostar a Rorro y cuando volví se habían sacado todos los zapatos y estaban comparando pies... si eso no es amistad, no sé... El tema es que sobró muchísima carne sin cocinar y a mí no me quedó otra que meterla en el freezer.
Ahora, el freezer. Yo tengo una relación curiosa con mi freezer. Como cualquier mujer moderna, sé que todo lo que uno no consume ahora lo manda al freezer para ser consumido mas adelante. Carne, al freezer. Pastas, al freezer. Pan, verduras, comida de ayer, pum, tupper, freezer. Todos concordamos en que el hielo es el mejor amigo de una mina que labura.
El tema conmigo es que congelo, pero, alas, nunca descongelo. Entrar a mi congelador es una sentencia a entrar a la historia. Estoy segura de que perdido en algún rincon debe haber un hombre de las cavernas, de esos que siempre están encontrando en los Himalayas. Tengo una Sibarita en el estante de arriba que estoy segura de que ya está por cumplir dos años, lo mismo una lasagna de Matarazzo, que si no tiene la misma edad, pega en el poste. Una espinaca que no sé si es de este año y montones indistintos de carne a la que tengo miedo de mirarles la fecha. Hace poco tiré un roast beef que había pasado su fecha de vencimiento congelado hacía por lo menos seis meses.
Pero lo que realmente me hizo darme que tengo un problema - bienvenida a Congeladores Anónimos, al fondo está el café, ¿querés un sanguchito? - fue el pernil que sobró del bautismo de la Ro. Que fue en el 2006. Y el pernil, amarillo, deshauciado, mal predispuesto, congelado, recién volvió a ver la luz del día - brevemente, en un glorioso arco hasta el tacho de la basura - a fines del 2008.
Es por eso que, cuando el domingo a la noche envolví toda esa carne rosa en papel film y la puse en el estante, entre la bolsa de espinaca y algo envuelto en amarillo, fue con una triste sensación de finalidad.
Sinceramente dudo que nadie vuelva a verla nunca.

27 nov. 2009

En Memoria de las Tortugas 1/3



"Pola levantó la cabeza en un gesto animal. Su corazón aceleró sus latidos, bombeando adrenalina en su sistema y su expresión consternada fue reflejo fiel de la de sus compañeros de clase.
Dos disparos, en rápida sucesión, y los alumnos de 5to Año B del Colegio Santa Maria de los Buenos Aires saltaron debajo de los bancos, mientras mil historias, mil películas, de chicos que llevaban armas al colegio y organizaban carnicerías pasaban por sus mentes.
Pero no hubo un tercero, y el tiempo recuperó despacio su movilidad, de manera dolorosa, estirándose dentro de la ignorancia de lo que estaba sucediendo.
Con cautela, puteando bajito, la profesora de historia se puso de pie, y ordenándoles quedarse quietos, salió al pasillo. Allí, otros profesores que habían tomado la misma decisión - confiando en que no fuera la última -, se dirigían a la entrada del antiguo edificio reformado en busca de alguien que les dijera que demonios estaba pasando.
En el aula de 5to B algunos alumnos, incapaces de acatar las órdenes mas básicas, tomaron el destino en sus manos, salieron de sus refugios y fueron hacia la puerta.
Pola la primera.
No iba a morir debajo de un banco en el colegio.
No tan cerca de su cumpleaños.
Una gitana le había prometido que viviría hasta los 93 y si moría ahora iba a ocuparse de perseguir a la bruja de mierda por el resto de su existencia.
Pero había algo mas que la impelía a salir.
Algo más que la promesa vaga de una gitana farsante.
La necesidad imperiosa de acallar el miedo súbito, el grito interno, el latir sordo que había estallado en su mente al primer disparo.
Su amiga Clara aferró su mano y juntas salieron al pasillo, seguidas por un par mas. Nadie mas en este piso se había aventurado a mostrar la cara todavía y ella no los culpó. Si no hubiera sido por la extraña urgencia en el fondo de su pecho ella todavía estaría acurrucada en la relativa seguridad del aula.
-¿Qué crees que pasó?- preguntó Clara en un susurro, mientras cuidadosas se dirigían a la escalera que llevaba al piso de abajo.
Pola se encogió de hombros, sin querer especular, negándose a dejarse llevar por la histeria colectiva.
Los últimos escalones los bajó de un salto.
Y al llegar al pasillo central todo su ser se rebeló, un caballo ante una cerca demasiado alta, instándola a correr en dirección contraria, a correr sin detenerse, a no cruzar el límite del conocimiento.
Un corro de gente rodeaba una figura tendida en el suelo de baldosas blancas y negras, junto al portón de madera oscura por donde entraban los alumnos todas las mañanas. Tragó saliva y bilis. Desde donde estaba no podía ver de quien se trataba, pero daba igual. Ya sabía quien era. Lo había sabido desde que el primer disparo resonara certero en los pasillos del colegio.
Una fluctuación de la multitud les permitió ver finalmente al hombre caído, al profesor Ludovico Sorensen, tendido en el charco cada vez mayor de su propia sangre.
Ríos púrpura escapando al mar.
Sus piernas se transformaron en plomo y tuvo que sostenerse de Clara para no caer. Por un momento alargado hasta el infinito Pola pensó que estaba muerto, y luego pudo ver como una de sus manos - esas manos elegantes - se crispaba, buscando algo en el suelo vacío.
Caminando en sueños, en pesadillas, atravesó con violencia el grupo creciente, para detenerse al borde del círculo, a la orilla del mar, sin atreverse, ni siquiera en este momento, a acercarse a él.
El profesor de educación física la agarró del brazo - que curioso que ella fuera la mas cercana -, y la obligó a poner sus manos sobre la camisa empapada del hombre en el suelo,
-Mantené las manos presionando la herida, justo acá, - ella obedeció, - hasta que llegue la ambulancia, yo voy a ver…
Pola dejó de escucharlo.
Ludo tenía los ojos abiertos.
Al igual que el pecho.
Los ojos azules, que buscaban extraviados, la encontraron por fin y la mano que se crispaba en el piso se inmovilizó. Ella luchó contra el nudo en su garganta, apretando los dientes, apretando las manos, dolorosamente consciente, como tantas otras veces, de que había demasiada gente alrededor. Deseando, aunque mas no fuera por esta vez, tener el coraje de acurrucarse junto a él en público y al carajo el mundo
Pero no lo hizo.
El nunca y el demasiado tarde se conjugaron en una sola oración.
Los ojos claros perdían su lustre, aliento tibio empañando un vidrio. Los sistemas se apagaban, ligeros temblores sacudían su cuerpo. Ludo deslizó la mano por el suelo resbaloso, sus dedos dejando una estela de baldosa blanca y negra en el charco rojo, y los puso sobre los de ella, que se apretaban con fuerza sobre la herida irregular, pensando sin pensar que si sostenía con fuerza suficiente él no se iría.
No podría abandonarla.
Ludo murmuró algo.
Y súbitamente, como en una vieja película, no hubo nadie más en el salón de baile.
El tiempo corrió hacia atrás, acelerándose por momentos, toda su vida pasando delante de sus ojos.
El momento en que había conocido al hombre frente a ella. El momento en que había sabido que sería el amor de su vida. Todos los detalles enredados en sus manos sucias.
¿No se suponía acaso que el que veía su vida pasar era el que iba a morir?
Cruzando por fin el límite que se había prometido que no cruzaría, olvidándose de todo y de todos, Pola bajo la cabeza hasta que su frente tocó la del hombre a sus pies.
Quizás, después de todo, sí era su vida la que estaba acabando.
-Hubiéramos...- lo escuchó en el borde de lo audible, un hilo de sangre corriendo de su boca hasta su cuello, manchando de rojo el silencio.
Pola presionó contra su pecho con mas fuerza, memorizando el tacto de la piel rota, sabiendo que esto era lo único que iba a quedarle,
-Te quiero tanto.- susurró en el oído de Ludo, su voz escondiéndose en la sirena de la ambulancia que llegaba demasiado tarde. -No me dejes...
Los dedos ensangrentados se crisparon sobre los de ella, resistiéndose a partir. Pola se alejó unos centímetros para poder ver su cara. Los ojos azules se enfocaron en ella, memorizándola, atrapando su alma en el espejo roto.
Ludo murmuró algo que ella no entendió.
Se acercó para escuchar mejor,
-Quinquela.- repitió Ludo, sonriendo despacio, esa sonrisa que solo ella conocía
Y luego, Ludovico Sorensen, murió.


Fue un tiroteo al azar, se enteró Pola después. Mucho después. Dos hombres armados habían intentado robar un restaurante a un par de cuadras y la policía, en un despliegue de mal gusto, los había interrumpido a tiempo, obligándolos a correr. Finalmente, acorralados, habían cruzado el portón de madera y amenazado al grupo de niños de segundo grado que habían tenido la mala suerte de estar caminando por el pasillo en dirección a su aula.
El profesor Sorensen había salido de la sala de profesores al escuchar la conmoción. Con voz serena había intentado calmar a los delincuentes, asegurándoles que había una puerta atrás y que si se iban sin lastimar a nadie él no le diría a la policía por donde habían salido.
Lamentablemente, cuando ya parecía que todo iba a salir bien, alguien gritó en la calle, sobresaltando a uno de los hombres. El dedo en el gatillo se contrajo en un reflejo, y antes de que nadie pudiera entender lo que había pasado, Ludovico Sorensen yacía en tierra con dos agujeros en la caja torácica. Agujeros que treinta segundos antes no habían estado ahí.
Los delincuentes habían escapado por la puerta que el mismo Ludo les había indicado.


Cuando la ambulancia por fin se fue, llevándose el cuerpo de Ludo, Pola quedó arrodillada sobre el suelo blanco, negro y rojo, mirándose las manos sucias. Clara y la enfermera del colegio la ayudaron a ponerse en pie con gentileza, y la mujerona de aspecto maternal la llevó a la enfermería donde, después de un té caliente con mucha azúcar, llamó a sus padres para que la vinieran a buscar.
Eso había sido un lunes.
A partir de ahí, Pola perdió el control de los días.
Sabía que el miércoles había sido el funeral. Ella había asistido con sus padres. Ludo había sido un amigo de la familia antes de empezar a trabajar en el Santa María. Se habían conocido tiempo atrás, cuando Pola tenía once años y la familia Benegas viajaba por Europa. La casualidad había dado que él compartiera el compartimiento del tren en el que atravesaban Suiza. Un poco de conversación mas tarde y ya habían quedado en cenar todos juntos en el hotel.
Pola recordaba perfectamente el momento en que ese hombre demasiado alto y demasiado rubio, de ascendencia alemana y antepasados nórdicos había entrado en sus vidas. Algo en su sonrisa blanca había provocado una respuesta en su interior, iluminándolo como las luces de un árbol de Navidad.
-¿Qué es eso detrás de tu oreja?- se había sorprendido él, lleno de afectación, sacando una moneda grande y redonda del aire, y luego había procedido a escucharla mientras Pola le contaba sobre las estrellas y de cómo algún día lo sabría todo sobre ellas. Nadie antes la había escuchado con tanta atención. Y la niña, pichón de hada, lo amó por eso.


La tierra cayendo sobre el cajón, el contrapunto de los sollozos de su madre, la familia Sorensen, a la que conocía por cuentos y fotos, la ex mujer de Ludo, parada un poco mas allá, la voz monótona del cura, hablando sobre el final y el principio, sobre el polvo y la carne, habían sido demasiado y dando dos pasos hacia atrás, Pola había escapado corriendo, corriendo lo mas lejos que había podido, hasta doblarse detrás de un árbol donde había vomitado lo poco que había podido desayunar.
Su padre la había encontrado sentada en el suelo, los ojos secos, abrazada a sus rodillas, el cuerpo dolorido de haber intentado vomitar todo lo que tenía dentro sin poder conseguirlo.


Al miércoles se sucedió el jueves y ella sólo lo supo porque en la esquina del monitor de su computadora el reloj contaba los días.
Supuso que el viernes también había pasado, al igual que el sábado y el domingo, pero encerrada como estaba en la habitación opaca de su propia mente, no hubiera podido asegurarlo.
Gente vino a verla, gente se fue, sabiendo que Ludo había sido un amigo, queriendo poder confortarla, ayudar en algo, pero imposibilitados de saber el alcance exacto de su pena porque nunca les había dejado ver el alcance exacto de su relación.
Laura Benegas había empezado a preocuparse.
-El también era amigo mío.- había comentado, preocupada por las sombras debajo de los ojos negros de su única hija, sospechando la verdad pero sin saber exactamente de qué verdad estábamos hablando.
Pola había tratado de sonreírle, dándose por vencida cuando su boca se había negado a cooperar,
-Ya lo sé, mamá.
Las cosas habían quedado así.
Otra semana pasó, Pola volvió al colegio, repasando mecánicamente las acciones que la llevarían a través de otro día y de vuelta a casa, a sentarse en el sillón gastado frente a la ventana, a quemar la tarde, mirando la vida pasar hasta que alguien viniera a tratar de convencerla de que comiera algo. Su mente estaba atrapada en la cinta de moebius de sus recuerdos, como un proyector enloquecido que repasara la misma película una y otra vez.


Después de aquel fortuito viaje por Europa, Ludovico Sorensen se había convertido en figura habitual en la casa de los Benegas.
El y Ernesto tenían mucho en común, siendo como era que los dos eran profesores, y si bien Ludovico era profesor de matemáticas mientras que Ernesto lo era de historia, eso no había impedido que la amistad creciera, volviéndose costumbre que Ludo viniera a la casa a cenar los viernes o los sábados.
Pola no sabía cuando fue que se había enamorado de él. Probablemente lo había estado desde el primer momento, desde aquella moneda, pero no había sabido verlo. ¿Cómo reconocer una cosa así cuando uno tiene once años? ¿Cómo entender que esto es distinto a todas las otras veces que tu estómago se llenó de mariposas ante la presencia de alguien más? ¿Cómo presentir...?
Pero sí recordaba cuando fue que se había dado cuenta.
Tenía catorce años y era el casamiento de su prima Josefina. Ludo, amigo del novio, también había estado presente. Eran las once y veinte de la noche y en los parlantes había empezado a sonar el bendito vals.
Ludo se había acercado a ella y con un floreo la había sacado a bailar.
Algo en su pecho había temblado y había vuelto a ajustarse en el momento en que los brazos masculinos le habían rodeado el talle. El mundo había girado sobre sí mismo, como un gigante que se acomoda en sueños, todo exactamente igual a como había sido un minuto antes, todo completamente distinto. Y ella había sabido sin ninguna duda, mas allá de su adolescencia incipiente y de todo lo que eso conllevaba, que amaba a ese hombre demasiado alto y demasiado rubio, buen mozo y un poco torpe, que sabía hacer trucos de magia pero que no tenía ni idea de cómo bailar el vals, y que no importaba que pasara en el futuro o lo que él sintiera al respecto, desde ese momento, tallado en los árboles, Paula Benegas amaría a Ludovico Sorensen hasta el final."


- Continua...

En Memoria de las Tortugas 2/3


"-Pola.- su padre la sacó de las imágenes que parpadeaban en el fondo de su cerebro. -Tenés teléfono.
Ella movió la cabeza,
-Atendé por mi.
-Es un abogado, dice que tiene que hablar con vos.
La chica se puso de pie con un gesto al que le faltaba energía.
-Hola.- atendió, la voz ronca por la falta de uso.
-¿Paula Benegas?
-Sí.
-Soy Antonio López Carro, el abogado de Ludovico Sorensen.- Pola tuvo que sentarse al escuchar el nombre. Hacía días que nadie lo mencionaba a su alrededor, temiendo lo que pudiera pasar, -Necesitaría que viniera a mi oficina a mas tardar este viernes.
-¿Para qué?
-Concierne a la lectura del testamento.
-¿Testamento?
-Sí. Si fuera usted tan amable de acercarse a mi oficina el viernes por la mañana, se lo voy a agradecer.
Pola bajó la mano y le alcanzó el auricular a Ernesto antes de que se le cayera. Su mente, cansada de tener que concentrarse en algo tangible, quería volver a la seguridad de sus recuerdos,
-Atendé vos. Quiere que vaya a no sé donde a ver no sé qué cosa.


Ernesto había tomado nota de todo y el viernes Laura la había acompañado a la oficina de López Carro. Una secretaria de aspecto eficiente las había hecho pasar y sentadas frente al escritorio miraban sorprendidas al abogado, tratando de entender que era lo que acababa de decirles,
-¿Cómo que me dejó todo?
-Sí.- López Carro repasó el documento que tenía frente a él, aun cuando ya lo conocía casi de memoria, -Salvando un par de legados acá y allá, y considerando que el divorcio del señor Sorensen salió hace varios años y no hay hijos, la mayor parte de sus bienes son para Paula Benegas, que es usted.
Laura movió la cabeza y miró a su hija desconcertada,
-Bueno, mirá vos.- volvió al abogado una vez más cuando se dio cuenta de que Pola no iba a hablar por el momento. -¿Y que son, la mayor parte de sus bienes?
López Carro le pasó una copia del documento y las cejas de Laura se dispararon hacia arriba,
-¿Tanto?- Pola miró por sobre su hombro al número impreso y negó con la cabeza,
-Tiene que haber un error, Ludo era profesor de matemáticas, no ganaba tan bien.
El abogado sonrió ligeramente, tratando de adivinar la relación que había unido a esta muchachita de ojos grandes con su cliente, negándose a especular.
No tenía sentido pensar mal de los muertos.
-Sorensen era bueno con los números. Sabía bien donde invertir lo que ganaba.- y pensó con nostalgia en las veces en que el consejo que Sorensen le diera había servido para expandir un poco sus propias finanzas. -Además del efectivo, entre sus bienes se encuentran la camioneta Land Rover, el departamento de la calle Riobamba, menos los muebles que van para su hermana en Rosario, y un terreno en la provincia de Buenos Aires.
-¿Y me dejó todo a mí?
-Sí. Hará tres años mas o menos vino a verme que quería cambiar su testamento. El divorcio había salido hacía ya casi cuatro años y era hora de hacer un nuevo testamento.
Tres años atrás.
Las piezas del calidoscopio se reajustaron para formar una imagen nueva y a la vez antigua. Recordó su fiesta de quince, su vestido nuevo color borravino que la hacía sentir tan adulta, la música a todo volumen y la cantidad de gente llenando el salón.
Ella había salido al jardín terraza. El salón, ubicado en las lomas de Belgrano, tenía desde donde ella estaba parada una vista panorámica de la avenida.
Apoyada en uno de los arboles, oculta a la vista de los invitados, trataba de ver si la noche despejaba un poco el mareo que tenía merced a las cervezas de contrabando que algunos de los chicos entraran.
Ludo la había encontrado unos momentos después,
-¿Qué hacés ahí escondida?
-Shhhhhh, no estoy escondida. Estoy temporalmente perdida.
El se había movido hasta quedar cubierto por el mismo árbol,
-¿Cómo es eso?
Ella había tratado de concentrarse, algo muy difícil de hacer entre el alcohol y la presencia tibia del hombre a su lado,
-Bueno... yo sé dónde estoy...yo, y sé dónde están todos... ellos, pero ellos no saben donde estoy yo... ni donde están ellos... lo que hace que en este momento yo esté perdida..., no ellos.
-Ah.
-Sí.
-¿Es a propósito entonces?
-¿Qué?
-El estar perdida.- ella había tratado de dar una respuesta a esa pregunta, pero los mensajes entre sus conexiones empezaban a entrecruzarse, sus sentidos sobrecargándose desde demasiados ángulos a la vez.
-No sé.- y la idea de estar perdida de pronto se le había antojado terriblemente triste. -No quiero estar perdida...
-No estás perdida. Yo sé donde estás.
-¿Vas a perderte conmigo?
Pola había mirado para arriba, Ludo siempre tan alto, y había quedado enredada en los ojos claros que en la penumbra del jardín eran casi tan oscuros como los de ella. El había tratado de sonreír, pero su corazón no parecía estar en ello,
-No me mires así.
-¿Así como?- había contestado ella, sin querer ser coqueta, tan solo perpleja.
-Como una chica enamorada.
Pola había tratado de entender que era lo que él estaba diciendo, su mente confundida envolviéndose en sus palabras,
-Pero estoy enamorada.
-No, no lo estás.
-Ludo Sorensen, estoy enamorada de vos desde que sacaste esa moneda de mi oreja en ese tren en Suiza.- e incluso dentro de la niebla alcohólica que la rodeaba, sin estar muy segura de lo que había dicho, Pola había podido notar el cambio sutil en el aire, el olor a ozono, la electricidad estática.
-¿Por qué? -murmuró, bajando el tono de manera instintiva, la hembra de la especia tomando el control de su acciones sin pedir permiso - ¿Te molesta que te mire así?
Los ojos, efímeramente oscuros, se habían abierto ligeramente, una gacela frente a un camión,
-Pola, tal vez sea mejor que entremos.
-Todavía no.- la mano femenina, provista de una súbita vida propia, se había apoyado en el pecho sólido, sobre la camisa blanca del traje, junto a la corbata a rayas, sobre el corazón que latía demasiado acelerado para un hombre que estaba quieto.
El no había dicho nada, inmóvil había permitido a la mano subir siguiendo la línea del traje, pasar por sus hombros, enredarse en el pelo corto de su nuca y empujar su cabeza hacia abajo, hasta que sus bocas quedaran alineadas.
-Pola...- había susurrado entonces, una advertencia para alguno de los dos.
-Shhh.- había contestado ella, - perdete conmigo.- y con esas palabras, había besado por primera vez al hombre alrededor del cual giraban sus días.
Pola recordaba bien ese beso, aun cuando la memoria, perversa y selectiva, a veces trataba de relegarlo al pasado. Pola había sido besada antes, -la adolescencia no es nada si no es curiosa,- pero nada la había preparado para algo así.
Un beso como un accidente de tren.
Un beso como torta de chocolate, Navidad y manzanas rojas.
Un beso como el conocimiento de que todas las cosas buenas alguna vez tienen que terminar.
Pola recordaba bien ese beso, esa lucha entre el deseo y la oportunidad, su cuerpo buscando acercarse al de Ludo tanto como pudiera, quemándose en su afán de sentir, y recordaba bien como él se había aferrado a ella con la misma desesperación.
Habían pasado varios minutos hasta que finalmente se apartaran, obligados por esa bendita manía de respirar, pero si bien sus bocas se habían separado, Pola se había negado rotundamente a soltarlo. Y por la forma en que los brazos masculinos la rodeaban, él tampoco estaba listo para dejarla ir.
En silencio se habían quedado así, amparados por el árbol, enredados el uno en el otro, concientes de que cualquiera podía encontrarlos, pero imposibilitados de soltarse, como si ahora que se habían encontrado no hubiera forma de separarlos.
Pero el tiempo no se detiene por nadie y alguien, probablemente Clara, había gritado el nombre de Pola en la noche, reclamando su presencia en su propia fiesta de cumpleaños.
La muchacha había ocultado la cara en el pecho de Ludo, aspirando la colonia que tan bien conocía y que sin embargo encontraba tan distinta al sentirla tan cerca de la piel caliente.
-Estoy enamorada de vos.- había susurrado, con esa parte del alma dolorosamente sobria, su aliento erizando la piel masculina.
-Lo sé, me lo dijiste.
-Y vos estás enamorado de mí.- continuó certera.
Un suspiro.
-También lo sé.
-¿Qué vamos a hacer?
-Nada.- y pudo sentir el peso de esa palabra entre su pelo, donde Ludo había enterrado su rostro.
Esto la había hecho alejarse de él unos centímetros para poder mirarlo.
-¿Nada?
-Nada.
-Pero...
-Vos tenés quince años, yo tengo treinta y cuatro. Hay cosas con las que no se puede hacer nada.
Ella se había mordido el labio, negándose a creer que todo lo que quería estaba ahí, entre sus brazos, y que sin embargo no era lo suficientemente fuerte como para conservarlo,
-No voy a tener quince años para siempre.- había argumentado.
Y Ludo había reído, sorprendiéndola, una risa ronca, una risa amarga que no era suya y que había resonado en el jardín, por debajo de la música que llegaba del salón.
-No, no vas a tener quince años para siempre. Ni dieciséis, veintisiete, cincuenta o cualquier otra edad para siempre. Pero tenés quince ahora, y eso es lo que importa.- y, como si finalmente se diera cuenta de lo que estaba haciendo, había soltado los brazos que la retenían y había retrocedido unos pasos.
Pola había resentido su falta enseguida. Es curioso como puede doler tanto la perdida de algo que minutos atrás ni siquiera había sido propio.
-Volvé adentro, Pola, tus amigos te buscan.
-No quiero, quiero quedarme con vos.- y su voz había sonado borrosa, delatando el alcohol que todavía corría por su sistema.
-Andá adentro, Pola.- él había metido las manos en el bolsillo del traje, como si no tuviera control sobre ellas y fuera mejor sacarlas del medio. -Por favor.
Y ella, entendiendo sin entender, había obedecido.


Eso había pasado tres años atrás. Y ahora se venía a enterar que mientras ella se había pasado las semanas odiándolo, llorando en su almohada, buscando en internet como hacer muñecos vudú, él había ido tan tranquilo a lo de su abogado y había cambiado su testamento, dejándola como única beneficiaria de todo.
Sentada en la oficina de López Carro, apretó las manos contra los apoyabrazos de madera de la silla, deseando que Ludo estuviera vivo para poder golpearlo.
Deseando que Ludo estuviera vivo.
El abogado seguía hablando.
-El departamento de Riobamba yo creo que puede ponerse en alquiler, luego de que la familia se haga cargo de los muebles y la ropa. La camioneta Land Rover está en perfecto estado así que solo es cuestión de transferir los papeles a su nombre, y el terreno en Quinquela yo aconsejaría que lo pusiera en venta.
La palabra golpeó en su cráneo y reverberó hueca, levantando un eco detrás de sus ojos,
-¿Quinquela?
-Quinquela. En la costa, entre Cariló y Pinamar.
Así que a eso se había referido.
Los días después de la muerte de Ludo, Pola se había aferrado a esa palabra, buscando algún significado oculto, algún anagrama, algo que le permitiera entender. Negándose a creer que tan solo hubiera sido un error, un trastabillar de la lengua, una última señal de radio de un avión en picada.
Y ahora que lo sabía no estaba mucho más cerca del conocimiento.
Laura se encogió de hombros,
-Supongo que podríamos ponerlo a la venta entonces, si usted se ocupa de los...
Pola la interrumpió,
-No, primero quiero verlo.
Laura la miró sorprendida. Era la primera reacción que Pola evidenciaba desde la muerte de Ludo,
-¿Estás segura?
-Sí.- por algo él se lo había dicho, y ella tenía que saber.


Clara se había ofrecido a acompañarla, usándola de excusa para tomarse una semana de vacaciones del colegio.
Mamá, no puedo dejar que vaya sola. El profesor Sorensen era su amigo desde chiquitita, ¿cómo voy a dejarla que vaya a enfrentarse con sabe Dios qué, sola? y su madre había claudicado.
Así era como finalmente las dos se habían encontrado en un ómnibus camino a Pinamar, porque no había bondis directo a Quinquela e iban a tener que pasar a uno regional para poder llegar.
-Al culo del mundo te mandó.- no pudo evitar comentar Clara cuando el regional las había dejado en la terminal del pueblo de Quinquela, a las seis de la mañana, mientras el sol de la primavera recién empezaba a teñir el cielo y el frío de la costa se podía sentir en los huesos.
Pola no le contestó, ocupada como estaba en matar la esperanza loca que había en su pecho de que ahora que estaba aquí Ludo aparecería con su sonrisa blanca, la rodearía con los brazos y le diría que todo había sido una broma, una terrible broma, una broma que ella estaría meses sin perdonar pero que al final perdonaría porque él estaría allí, rodeándola con los brazos.
-Sí.- murmuró, sin escuchar lo que Clara decía. -Vamos a dar una vuelta, busquemos un lugar donde desayunar."


- Continua...

En Memoria de las Tortugas 3 /3



"El pueblo era más grande de lo que parecía a simple vista y mientras la luz del día aumentaba, las dos chicas pudieron apreciar que era un lugar bien cuidado, con varios negocios autosuficientes que no dependían exclusivamente del turismo, como tantas otras ciudades de la costa.
De hecho, una vez que encontraron un lugar abierto donde desayunar, el chico que trabajaba detrás de la barra las puso al tanto de que más que un pueblo costero, eran una ciudad universitaria,
-No es que estemos en los mapas, recién estamos empezando, pero tenemos una muy buena cátedra de oceanografía, lo mismo que de biología marina, con eso de que encontraron nidos de tortugas marinas en la zona.- y había sumado a eso algunas carreras mas, intercalando carreras marinas con algunas humanísticas.
Pola escuchó, tratando de entender que tenía que ver Ludo con eso. A Ludo no le gustaba el mar, ella lo sabía. Recordaba una anécdota de un viaje, de un niño de siete años y un accidente con un bote cerca de una escollera.
No, a Ludo no le gustaba el mar.
El chico también había sido lo suficientemente amable como para indicarles la oficina de bienes raíces y decirles que abría a las nueve, y que mientras tanto por qué no se daban una vuelta por la plaza, o por el barrio residencial.
Pola había aceptado la sugerencia, Clara había decidido quedarse en la confitería,
-Cuidando los bolsos. Hasta que nos registremos en el hotel.- y por la forma en que sus ojos habían vuelto al chico de la barra, Pola imaginó que a Clara no le molestaría en absoluto esperar.
Caminando por las calles que de a poco empezaban a poblarse, Pola trató de entender que era lo que Ludo había querido decirle.
No había nada en este lugar que le recordara a él. Nadie que lo conociera, nadie que la conociera, nadie que supiera la historia de ambos o que al menos la imaginara.
Sentada en un banco de una plaza, Pola subió las piernas y las abrazó. No tenía sentido. Nada lo tenía. Era ridículo estar ahí, ridículo haber venido, ridículo seguir llorando por un hombre que con su último aliento la había mandado a un pueblo en medio de la nada en vez de decirle que la quería.
Nunca le había dicho que la quería.
Sentada en el banco sacudió la cabeza.
Iba a volver a casa.
Había sido una estupidez venir.
Respiró hondo el aire salado.
A diferencia de Ludo, ella siempre había adorado el mar.
Una lágrima corrió por su cara.
Dios, lo extrañaba tanto.
Extrañaba los juegos de magia y las conversaciones. Extrañaba las tardes en que él le explicaba matemáticas y ella le mostraba mapas del cielo, contándole de sus sueños de astronomía. Extrañaba su sentido del humor tonto, sus sonrisas blancas, sus manos grandes. Los momentos en que sabía que él estaba mirándola porque se le erizaba la piel, los momentos en que quería sacudirlo por no animarse a acercarse a ella ahora que estaba por cumplir los dieciocho.
Extrañaba todo lo que había deseado tener y ahora nunca tendría.
Se secó la cara con violencia.
A la mierda con todo. Iba a ir a la inmobiliaria, poner el terreno en venta, irse a casa y...
Enterró la cara en sus rodillas y las manos en su pelo, todo su ser temblando en un grito reprimido.
Ya vería que haría, no tenía sentido adelantarse.
Clara, la única en todo el mundo que sabía la verdadera medida de sus sentimientos por Ludo, había tratado de consolarla diciéndole que por suerte era joven. Lo único que Pola veía en su juventud era más tiempo para envejecer sin él.


La inmobiliaria abrió por fin a las nueve y cuarto, y un hombre de mediana edad, con anteojos redondos y una bolsa de facturas en la mano la dejó entrar, luchando por que su cara no trasluciera su confusión al encontrar a la adolescente de ojos serios, sentada en los escalones, esperándolo.
-Vengo a poner en venta un terreno.- saludó sin mas preámbulos.
El hombre le indicó su oficina, con un enorme ventanal que daba a la vereda, donde en un parterre un rosal empezaba a florecer.
-Que bien.- le indicó donde sentarse. -¿Dónde está el terreno?
Ella se removió en el asiento, los ojos marrones detrás de los anteojos redondos eran amables, como si este tipo de cosas le pasaran todos los días.
-No sé, no lo conozco en realidad. Fue una herencia. Vine hasta acá para verlo, pero cambié de opinión y quisiera ponerlo a la venta.
El hombre asintió,
-Muy bien. ¿A nombre de quien está el terreno?
-Paula Benegas...- se desdijo. -Bueno, no, supongo que todavía debe estar a nombre de Ludovico Sorensen.
La mano del agente inmobiliario, Alfredo Nero, según una plaquita sobre su escritorio, se quedó quieta camino al archivo que tenía a su derecha.
-¿Ludovico Sorensen?
-Sí.
-No sabía que el profesor había muerto.- y su tono apenado la hizo fruncir el entrecejo.
-¿Usted conoció a Ludo?
Nero se encogió de hombros,
-No mucho, lo conocí cuando vino a comprar el terreno. Un tipo agradable. ¿Qué pasó?
Ella se mordió el labio y sacudió la cabeza, sin querer pensar en eso,
-Mal momento, mal lugar. ¿El terreno?
-Sí.- buscó la carpeta dentro del archivo. -¿Sos la hija?
-No.- Nero levantó la cabeza y la miró nuevamente. Tonto de él. No había nada del hombre rubio que había conocido en la chica morena que estaba frente a él. Volvió a sus documentos. Nada genético al menos.
-Bueno, no creo que haya ningún problema para poner el terreno a la venta. Tan solo tengo que confirmar que todo esté en orden.- Pola le dio el número de teléfono del abogado, su nombre y demás datos que el agente consideró pertinente. Nero anotó todo en el margen de una hoja dentro de la carpeta. -Listo. Se va a vender enseguida. Estando como está cerca de la universidad y la casa siendo nueva me la van a sacar de las manos.
Pola parpadeó,
-¿Casa?
-Sip. Todavía no está terminada, pero no creo que a la persona que compre el lote le cueste mucho terminarla. Está muy bien diseñada.
-Pensé que era solo un terreno.
-Bueno, no. Desde hace casi dos años, hay una casa en medio del terreno.
Dos años.
Pola maldijo una vez más la memoria de Ludovico Sorensen.


Después de aquel beso en el jardín, Ludo había empezado a pasar menos tiempo en casa de los Benegas. Excusas varias habían impedido que los padres de Pola indagaran dentro de este súbito alejamiento, pero Pola lo había entendido.
Todo había sido su culpa.
Si ella hubiera podido mantener sus manos quietas nada hubiera pasado.
Finalmente, seis meses después de aquel condenado cumpleaños, Pola lo había acorralado en la sala de profesores del colegio donde ella asistía y donde él estaba trabajando desde principios del cuatrimestre anterior.
-¿Podemos hablar un minuto?
Ludo estaba sentado a la mesa, corrigiendo unos exámenes y había mirado su reloj. Siempre que se encontraba con ella miraba su reloj. Pola odiaba ese reloj.
-Tengo que terminar de corregir esto. Estoy ocupado. ¿En otro momento?- y había mirado en su dirección, sin mirarla directamente. Esa era otra cosa que también hacía cada vez que se encontraban. Empezaba a desesperar de alguna vez conseguir que él volviera a mirarla a la cara.
Pola había cerrado la puerta de la sala de profesores detrás suyo y se había apoyado en ella.
A la mierda con cualquiera que quisiera entrar.
-Vengo a pedirte perdón.
Esto le había ganado por fin una mirada directa.
-¿Perdón?
-Perdón. Había tomado mucho en la fiesta, y no quiero que por culpa mía dejes de venir a casa. Mis viejos te extrañan. Prometo que no voy a hacer nada para que te sientas incómodo.- y detrás de sus ojos negros había habido un ruego.
Por favor por favor por favor.
No me hagas las cosas mas difíciles.
Mentí conmigo, digamos que fue mi culpa, seamos amigos otra vez.
El había bajado la birome azul con la que estaba trabajando.
-No fue culpa tuya.- los ojos azules la habían mirado atribulados. -Fue la mía. Yo me aproveché de que estabas borracha.
Pola no había podido evitar sonreír.
-No estaba borracha. Creeme, nunca me viste borracha.
El no le había devuelto la sonrisa,
-Pola, tenés quince años. Definitivamente fue mi culpa.
La chica había sacudido la cabeza.
-Y dale con eso. ¿Qué tiene que ver mi edad con nada?
-Sos una nena y yo no soy un monstruo.
Esa frase acusó recibo en la parte blanda de su cerebro, provocando olas y anillos concéntricos.
-¿Un monstruo?
Ludo se había frotado la cara,
-Aparte del hecho de que cualquier cosa que pudiera yo hacer me llevaría directamente a la cárcel, yo solo me sentiría en la obligación de entregarme si tan sólo se me ocurriera tocarte.
Ella se había mordido el labio,
-¿Por qué siempre armás oraciones tan complicadas?
-Es un mecanismo de defensa.
-Era una pregunta retórica.
El se había concentrado en sus exámenes. Pola había soltado la manija de la puerta.
-¿Es cierto eso?
-Sí, desde chico. Me siento superior armando oraciones complejas.
-No, lo de que ni siquiera se te ocurre tocarme.
Ludo jugó con la lapicera entre sus dedos pero no levantó la mirada,
-¿Yo dije eso?
Ella asintió,
-Algo así.
-Bien. Sí, algo así. Andá, tengo que terminar con esto antes de que suene la campana.
-No. No hasta que no aclaremos las cosas.
-No hay nada que aclarar. Si tu viejo se entera me cuelga de los pulgares... por no ser grosero.
Ella dejó salir el aire en un suspiro exasperado,
-Mirá que sos jodido, Sorensen.- decidida caminó hasta donde estaba él, sin darle tiempo de escapar, obligándolo con su gesto a ponerse en pie para no quedar en desventaja.
Pola lo había mirado a los ojos, tratando de hacerle entender, de conseguir que la información entrara en esa cabezota dura,
-Estoy enamorada de vos. Locamente. Completamente chiflada. Desde hace un montón. Desde que te conozco, y por lo que puedo ver, no va a pasar, no por ahora, si es que nunca. Así que aceptalo. No tenés que hacer nada al respecto. No pretendo promesas de amor eterno, ni nada por el estilo. Lo único que pretendo es que dejes de tenerme miedo y que podamos volver a ser amigos. Éramos buenos amigos. Somos buenos amigos. Mas allá de la edad y de lo que yo sienta por vos. Ahora, - avanzó otro paso que Ludo retrocedió -En dos años voy a tener 18, y en ese momento, cuando ya nadie pueda acusarte de nada, voy a volver a repetirte todo esto. Ahí espero de vos una respuesta honesta.
Y después de todo ese discurso, discurso que la había dejado temblando por dentro, Pola había dado media vuelta y había dejado atrás a un hombre apabullado.
Estaba dicho. Si él no lo entendía... ya no había nada más que ella pudiera hacer.
Después de eso, las cosas habían vuelto a encausarse.
No exactamente igual, por supuesto, mas de una vez Pola lo había sorprendido mirándola con una expresión especuladora, pero al menos había vuelto a comer a casa de los Benegas, y su amistad había sido retomada, si no en el punto donde la habían dejado, en algún lugar bastante cercano.


-¿Me podría indicar donde es que queda el terreno? Cambié de opinión, quisiera verlo.
Nero se sacudió las migas y el azúcar de las manos,
-Tengo que ir para ese lado. Vamos que la llevo.
Pola asintió, preguntándose si debería avisarle a Clara y decidiendo que no.
La chica subió al asiento del pasajero de la camioneta estacionada frente a la inmobiliaria y se puso el cinturón de seguridad.
-¿Es muy lejos?- quiso saber cuando por fin arrancaron, rompiendo el silencio.
Nero pareció agradecer el sonido,
-Veinte minutos. El profesor me hizo manejar bastante hasta que encontramos el lugar exacto donde quería estar.- y se mordió el labio, notando un gesto triste en la boca de la muchacha ante la mención de Ludo, sintiéndose culpable de haberlo traído a colación, aun cuando todo lo que estaban haciendo era en su nombre.
Pola pensó en sonreír y hacer algún comentario nostálgico respecto de lo terco que a veces podía ser Ludo, sobre la necesidad que tenía de conseguir exactamente lo que quería, sobre sus manías y de cómo a veces podía volverla loca. Hacer algún comentario al pasar que tranquilizara al agente inmobiliario y lo hiciera dejar de mirarla como si fuera algo delicado, capaz de quebrarse de un momento a otro.
Pero no lo hizo,
-Oh.- fue todo lo que pudo decir, y Nero le sonrió breve, amable, entendiendo que Pola no podía evitar ser frágil.
-Pero bueno, al final encontramos lo que quería. Un lugar a tiro de todo, pero no demasiado cerca de nada.- manejó con cuidado, ya fuera de los límites de la ciudad, hasta encontrar la salida y doblar por un camino bordeado de pinos. -Quería algo desde donde pudiera verse el mar, pero no demasiado cerca.- tomó una curva cerrada y entró en un parque bien cuidado, giró a la izquierda y finalmente estacionó.
-Es acá.
Pola miró a su alrededor,
-¿Dónde?
-La casa está atrás de los árboles.- buscó en la guantera donde había guardado la carpeta con todo y sacó un juego de llaves que entregó a la chica.
Pero ella no se bajó,
-¿La universidad, por casualidad, tiene una cátedra de astronomía?
Nero frunció el entrecejo,
-Sí. No es muy grande, pero como los fondos son privados han conseguido traer un par de profesores del exterior.
Pola apretó los dientes, las últimas piezas del rompecabezas cayendo en su lugar, formando una imagen demasiado dolorosa como para mirarla por demasiado tiempo.
-Supongo que también una de matemáticas.
Nero la miró con pena, sin captar los detalles pero entendiendo la idea,
-Sí.- Pola asintió. Era obvio que había una cátedra de matemáticas.- ¿Querés que vaya con vos?- preguntó Nero, y ella cambió su asentimiento por una negación.
-No. Gracias.
-Bien.- él sacó una cinta métrica. -Tengo algunas cosas que medir. Avisame cuando estés lista.
Bajaron los dos del auto y Pola se dirigió hacia la línea de pinos.
La casa, grande, de dos pisos, si bien casi terminada, todavía presentaba el frente medio pelado de las cosas en construcción. Escombros, pilas de ladrillos, montañas de arena. Sólo faltaba emprolijar. La mano ansiosa del dueño de casa que ansía poder entrar al hogar de sus sueños.
Pola abrió la puerta de madera doble con la llave que le diera Nero y ni bien cruzara el dintel la asaltó el olor a pintura fresca, a mueble nuevo, a cal viva.
Despacio, con la lentitud de los glaciares, avanzó unos pasos dentro del amplio hall de entrada y el aire frígido de casa vacía infló el globo rojo que presionaba en su interior, amoratando su costillar por el lado de adentro.
Esto no estaba bien.
Ella no tendría que estar haciendo esto sola.
Esto dolía.
Terrible, rabiosa, miserablemente.
Cruzó por sobre los pisos de madera lustrada, sus zapatos de suela de goma no levantaron ningún sonido, y recorrió el lugar, encontrando sin dudas el cuarto principal, donde un colchón doble, todavía envuelto en plástico, esperaba de pie contra la pared la llegada de una cama que nunca vendría.
Unas escaleras de caracol forjadas en hierro negro la llevaron hasta un altillo, que pudo adivinar hubiera sido un observatorio. Un enorme ventanal ubicado al este daba a un balcón, donde un banco de madera solitario adoraba al mar. Estantes empotrados cubrían dos de las paredes y en uno de los estantes una caja abierta contenía un pequeño telescopio de juguete.
Pola lo sacó de la caja y leyó la inscripción en su superficie pulida.
A las estrellas...
Abrazó el juguete, entendiendo por fin por qué Ludo había buceado en su último aliento para decirle esto. Si él no se lo hubiera dicho, ella hubiera vendido todo sin venir nunca. Si él no hubiera murmurado el nombre de este lugar ella nunca hubiera sabido de todo esto.
Un te quiero no hubiera podido abarcar todo lo que este lugar representaba.
Un te quiero hubiera sonado vacío a las puertas del cielo.
Con paso abstraído bajó las escaleras y volvió al living.
¿Cuándo tenía Ludo pensado hablarle de todo esto?
La muchacha casi pudo imaginarlo, una reunión en su casa, una fiesta con motivos de su egreso de la secundaria, de su cumpleaños dieciocho. Casi pudo verlo, verse, entrada la noche, en la cocina, terminando de lavar los platos mientras Ludo, como siempre, secaba.
-Te felicito.- hubiera dicho él, secando las copas con esa energía que ella siempre pensaba rompería el cristal.
-Gracias,- hubiera contestado, sonriendo, las manos llenas de jabón, feliz de tenerlo cerca, brillando eléctrica en su mera presencia, aun cuando sólo fuera de esa manera.
-¿Y ahora?- Ludo se hubiera servido un vaso de Sprite de una botella medio vacía, o quizás el final del vino que su padre habría usado para brindar, y antes de que ella le contestase, hubiera agregado, -Porque si no tenés planes para el resto de tu vida, estoy construyéndote una casa junto al mar.
Pola se arrodilló en el piso de madera pulida cuando sus piernas se negaron a seguir sosteniendo el peso de su cuerpo.
Apretó el telescopio contra su pecho. Cerró los ojos. El tiempo perdido ardió en su pecho y se extendió por sus extremidades. No era justo. Se estaba ahogando. Su boca se abrió en un grito que se atoró en su garganta. Se acurrucó aún mas sobre sí misma, tratando de protegerse de la furia. Nadie podía sentirse así y sobrevivir.
Pero el momento pasó y con su pasar una sensación curiosa sobrevino. El aire pareció entibiarse y una idea, una certeza la envolvió con la suavidad de una manta muy querida.
Hubieran sido felices en esa casa.
Lo sabía como sabía que sus ojos eran negros, como sabía que el otoño precedía al invierno, como sabía que el mundo no perdonaba.
Verdades inmutables a las que todo está sujeto.
Hubieran sido felices en esa casa.
El conocimiento llegó en oleadas, escondido en el eco de un futuro que no era. La risa de un niño que no nacería, el olor de una cena que nunca sería cocinada, el sonido de una canción.
¿Qué es eso detrás de tu oreja?
Hubieran sido felices.
Con el conocimiento llegó la calma.
Ya no había más monedas.
Ya era hora de decir adiós.
Con cuidado de no romperse se puso de pie, abrazada al telescopio. Ludo le sonrió desde el pasillo, iluminando su interior como un árbol de Navidad, y ella le devolvió una sonrisa húmeda, temblando por dentro como el fin de las historias.
Después, todavía abrazada al juguete, salió de la casa, cerró la puerta y dio unos pasos hacia atrás. Miró la fachada por un largo momento, consignando todos y cada uno de los detalles a su memoria.
Si no se iba ahora no se iría nunca.
Apretando las llaves en su mano hasta que los dientes atravesaron la piel, fue en busca de Nero para que indicarle que pusiera la casa en venta."

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El Fin.

20 nov. 2009

Caramelos Mentales


Estoy enamorada de la serie Glee.
Que va`acer...
Me gusta la música, me gusta que los protagonistas no sean sólo los mas bonitos del colegio, me gusta que canten cada tanto, me gustan los números musicales, me gusta que te distraigan con purpurina y en el fondo toquen temas serios, me gusta Will y lamento que su mujer lo engañe, y me gusta la profesora de los ojos enormes que limpia todo de manera obsesiva. Me gusta Kurt - que Ro me preguntó el otro día si era un chico o una chica - saliendo del closet, me gusta el triangulo de Rachel, Quinn y Finn y me gusta el triangulo de Quinn, Puck y Finn - o es un cuadrado? o dos triangulos superpuestos? como cubre la geometría ese tipo de cosas? Me gusta Artie bailando en su silla de ruedas, me gusta Mercedes rompiendo la ventana del auto de Kurt, me gusta Britanny diciendo que las recetas de cocina la confunden, me gusta el pianista de las clases al que nunca presentaron y nadie debe saber como se llama, y me gusta muchísimo el personaje de Jane Lynch, Sue, porque es la persona mas áspera, mas seca y mas sarcásticamente divertida que vi en mucho tiempo.
Así que sí, lo admito, la miro. Es una serie divertida, con momentos profundos, que no se toma muy en serio a si misma y me deja con una sonrisa el resto de la tarde - porque la siesta es el único momento del día en el cual yo puedo comer caramelos sin que nadie me interrumpa.

18 nov. 2009

Contar Hasta 10


Viajar me estressa. Preparar un viaje mas bien, una vez que la pelota está en juego ya está. Este estress, normalmente, es de bajo nivel, algo así como la radiación básica que genera un aparato de rayos X. Está ahí, no es saludable, pero si no abusás, se banca.
Cuando era yo sola era una cuestión de llenar la valija el día anterior, ocuparme de que todo estuviera en orden y calcular bien el tiempo como para llegar a la terminal y no perder el colectivo - cosa que me ha pasado, lo cual justifica un tanto el stress que esto me produce.
Ahora que somos mas, el nivel de tensión ha crecido de manera exponencial - les estaré llevando ropa suficiente, les estaré llevando la ropa correcta para el clima, no me olvido lo cosos médicos, tengo los chupetes y los juegutes, etc - pero aún así, el stress sigue siendo un ruido de fondo. Llegado el caso y la necesidad, cualquier cosa puede comprarse allá donde es que vamos, y si llega a haber una emergencia médica - toc toc -, la obra social se ocupará de todo.
Pero tengo que decir que este viaje que nos compete - bendito casamiento - está elevando mis niveles hacia la parte roja del espectro, sin prisa pero sin pausa, y eso está empezando a notarse.
Primero el tema de como llegar hasta allá - que unos en avión porque no soportan el bondi, que unos en bondi porque no soportan el avión -, después el tema de la estadía - y cual es mas barato, y cual es mas cerca, y si nos quedamos con parientes -, siguiendo por el tema del tiempo - a quien ver, cuando verlo, quien entra, quien no entra, quien se ofende si no aparezco -, para terminar en el tema de la ropa - como hay que ir vestido, alcanza para un vestido nuevo, este y aquel necesitan zapatos.
Pero ahora que todo eso finalmente quedó asentado - o al menos acomodado para que no joda tanto - , aparecieron nuevas nubes en el horizonte de esta historia, porque el escribano de H, que cumplió años el sábado y estuvo de joda hasta las tantas - cosa que a los 70 recién cumplidos no es recomendable - está enfermo. Oh, sorpresa. Y que el escribano esté enfermo implica que no se cierra la caja y Henry no cobra. Que felicidad. OOommmmm.... Pero podemos sobrevivir a eso, seguro que sí, tenemos arrestos - no muchos, adiós mis zapatos nuevos - como para pasar el fin de semana sin preocuparnos.
El problema - el verdadero quid de la question - es que, si el viejo de merda está de cama y no va a laburar, ¿quién va a cuidar el viernes la escribanía si Henry está de viaje?
Mmh, que buena pregunta, Mario.
Y la nave - y mi estress - van.

17 nov. 2009

El que Tiene y no Convida...


Yo compro bizcochitos para desayunar y tomar el té. Es decir, paso por la panadería a la mañana y estiro la compra todo el día. A veces compro de mas, o compro otra cosa, para compartir en la cocina, pero por regla general las chicas desayunan - y toman el té - en otro momento, asi que yo me manejo con mi bolsita de bizcochitos - o chipah, o lo que sea que haya venido a caer esa mañana que no saliera mas de 2 pesos - en la biblio y trato de hacerlo durar.
Hoy vino un pibito de los que vienen a romper papel, que a fuerza de venir seguido tienden a sentirse parte del plantel. Un pibito agradable, de 7, 8 años, siempre con la mochila de natación al hombro y un olor a humedad que voltea. Nos llevamos bien. Hasta que hoy me pidió un bizcochito. Uno de mis bizcochitos. Esos que tengo contados - 5 a la mañana, 5 a la tarde.
El mundo se congeló a mi alrededor.
"¿Me das uno?" dijo él, con tono comprador.
"Qué cosa?" dije yo, tratando de ganar tiempo, la bolsita al cabo estaba medio escondida detrás del monitor, bien podía estar hablando del paquete de Tic Tac en mi cartera.
"Uno de esos." insistió él, señalando la bolsa asomada, un tanto amedrentado por mi mirada aviesa pero sin dejarse distraer.
Alcancé la bolsita, porque pese a todo mis instintos que me gritaban que defendiera mis bizcochitos - en casa éramos muchos, si uno no se apuraba los bizcochitos eran sólo cuentos de hadas - mi mamá me educó bien, y lo dejé que agarrara uno.
"Gracias." dijo él muy educado.
"Sí." dije yo, con cara de pocos amigos.
El se fue comiéndose el bizcochito muy contento, sin saber lo cerca que había estado de conocer al sapo en mi barriga, y yo me quedé pensando que no sólo se había llevado uno, si no que además, el caradura, se había llevado el mas grande.
Mi té con cuatro bizcochitos no fue lo mismo...

13 nov. 2009

Crónicas Bancarias


El asunto empezó el mes pasado.
Fui al Banelco, metí la tarjeta en la ranura como dice la machine - la Cultu cambió de banco así que es una tarjeta nueva - y seguí las opciones, hasta llegar a la pantalla donde te permite cambiar el PIN, porque ¿quién demonios se acuerda el PIN original que ellos que te mandan? Introduza la Clave Nueva ordenó y yo introduje la clave. Introduzca Nuevamente la Clave Nueva y yo idem, para que después no se diga que no sé seguir instrucciones básicas. Y ahí es cuando se jodió el estofado porque la siguiente pantalla me increpó Esa No Es La Clave Nueva y no aceptó que yo le gritara a viva voz que sí lo era. Lo intenté una vez mas - vamos, quien no ha metido un dedazo alguna vez - y ya la máquina empezándose a mosquear, me miró mal y me amenazó con retenerme la tarjeta. Yo, como cualquier cristiano ante semejante amenaza reculé - a las máquinas no parece gustarle que les griten - y recuperé mi plastiquito. El aparato me anuló la operación - lo tengo por escrito - y yo volví a meter la tarjeta para sacar plata antes de irme. Por supuesto, ese fue el momento en que la machine - que ya me tenía entre ceja y ceja - decidió que la clave vieja tampoco le caía en gracia y furiosa conmigo por seguir insistiendo, me deshabilitó la tarjeta y me indicó burlona que hablara con mi banco y solucionara todos mis problemas existenciales.
Con paciencia extrema, llamé al 0800 y habilité la tarjeta again. Sin pensar a futuro continué usándola para hacer compras en los comercios y precavida me mantuve alejada de los cajeros automáticos. Pero la necesidad de cash finalmente me alcanzó - como a todos - y juntando coraje lo intenté una vez mas. Para que, nuevamente, el bendito aparato me la deshabilitara. Siendo yo una persona tozuda, llamé al 0800, dejé pasar un par de días mas y volví al ataque - alguna de las dos claves tenía que ser. Pero el triunfo no estaba en mi sino y fui vencida otra vez por la tecnología y todos sus achaques.
Cansada de todo eso, finalmente acepté el consejo del papelito y fui a mi banco, hablé con la señorita pertinente al caso que me dijo "eso es una tontera, yo te lo soluciono" - previo paso por su propio cajero mascota, para chequear que yo no estaba loca y que realmente las maquinas me la tenían jurada. Así que Estela - porque así se presentó - apretó dos teclas, me indicó que me estaba haciendo un blanqueo total y que entre las 24 y las 48 horas yo tenía que volver a enfrentar al aparato - ¿en serio tengo que hacerlo? - y poner una clave nueva y que esta iba a quedar fija. Después me anotó los datos de mi cuenta en la parte de atrás de su tarjeta y amablemente - se ve que se dio cuenta de mi estado de ánimo frente a tanto molino de viento - me dijo que pasara por caja si necesitaba efectivo.
Hice la cola, cautamente optimista ante mi situación, y le expliquémi predicamento a la buena mujer que me atendió. Ella - esta no se presentó - me dió la mitad de mi plata - como yo le indiqué - y cuando ya estaba yo juntando todo para irme, me mira y me dice "Pero acá no me aparece nada." Le expliqué nuevamente lo del PIN y lo del blanqueo, un tanto nerviosa ante su súbito interés, y volvió a mirar el monitor de su pc "Bueno, pero no te olvides de hacerlo, eh. ¿Ves?" me muestra la pantalla, como si yo fuera a entender, y pude ver que debajo de mi nombre no había nada mas que un montón de recuadros en sospechoso blanco "Porque si no lo hacés," continuó con tono muy serio "se cierran tus cuentas, se paraliza el sistema y SE CAE EL MUNDO!" esto último obviamente no lo dijo, pero su tono lo implicaba, lo que tengo que decir que me freakeo un pedazo y voló a la miércoles el cauto optimismo que había logrado juntar.
"Pero la chica me dijo que lo hiciera mañana" y mi voz fue la de un ratoncito con asma.
"Sí, bueno, pero NO TE OLVIDES, PORQUE SI NO TU MUNDO SE ACABA!" cosa que bien mirado podría habérmelo dicho antes de que sacara sólo la mitad de mi sueldo. El fin del mundo definitivamente amerita el sueldo completo.
Así que acá estoy, la maldición que me echó encima el primer cajero cuando cometí el error de gritarle continua y yo, con los pelos de punta y la tarjeta en la mano, espero que llegue el día de mañana para correr a ajustar mis asuntos financieros, porque de acuerdo a la señora de la caja, si no lo hago, la existencia como la conocemos va a terminar.

12 nov. 2009

La Cerca de Blanco



En la Cultu se rompe muchísimo papel. Con esto me refiero a que los manuales, los exámenes que sobran, los booklets, las instrucciones para los invigilators, y cualquier otra cosa impresa que mande la gente de Cambridge tiene que ser sí o sí destruida... No sea cosa que caigan en malas manos y los usen para conquistar el mundo o algo así - la paranoia galopante de alguna gente es llamativa. Y on top of todo lo de Cambridge están todos los papeles propios de la Cultu, como ser exámenes viejos, boletas, resúmenes de cuentas, etc, etc, etc.
Este tipo de destrucción masiva de papel - los árboles gritan horrorizados, aun cuando todas las bolsas se las lleva un señor que las recicla - lo hacemos entre varias. Todo aquel que tenga tiempo, bah. Como la biblio suele ser el lugar menos urgente, la mayor parte de las veces la responsabilidad recae en mí, así que me han instalado en la biblio - aunque esto es darle mucho renombre, la máquina es mínima, casi podría decirse que se la olvidaron - una de esas cosas que cortan el papel en tiritas. De esas que usan los malos para destruir pasaportes en las películas. Así que ahí está ella, ubicada como una tortuga beige sobre un enorme balde, esperando que yo termine con lo que siempre tengo que hacer y le de de comer.
Lo curioso de esta historia - porque toda historia tiene que tener un lado curioso, si no cual es el punto -, es que lo chicos mas chicos, y algunos de los no tan chicos, encuentran este chisme fascinante. Y al principio eran uno o dos, que me pedían permiso para pasar una hoja por la destrozadora, pero de un tiempo a esta parte se está empezando a llenar de pibitos con ansias de papel picado. Hoy, ya en una exageración, se formó un corro de muchachitos de 8 a 10 años alrededor de la máquina y tuve que organizarlos en fila - algo no tan fácil de hacer como suena, tuve que amenazarlos con que o se formaban o no los dejaba usarla - para que no me atosigaran a la cosa, que a veces se pone temperamental y se atora. Era una imagen de lo mas curiosa, todos formados detrás mío, esperando su turno, cada uno con su fajito de papeles en la mano...
O sea que de a poco, sin prisa pero sin pausa, la pila de papel que tengo que romper baja mientras yo le doy la espalda y me dedico a otra cosa. Dios bendiga la infancia. Aunque debo decir que hay momentos en que me siento Tom Sawyer, convenciendo a los chicos del pueblo que pintar la cerca de la Tía Polly es lo máximo.

11 nov. 2009

El Chupetín por el Palito


¿Por qué demonios está uno sujeto a los vaivenes de otras personas?
Si yo me quiero ir de vacaciones - si nosotros nos queremos ir de vacaciones - y uno va y pregunta a las personas pertinentes si les molestaría que uno se tomara los días que le corresponden en determinada fecha, ¿no es acaso cortés, una cuestión de civismo básico, contestar a esa pregunta con una respuesta clara? ¿Con una respuesta alrededor de la cual uno pueda trabajar? ¿Con un sí o con un no?
¿No con un ambiguo y evasivo "es muy temprano para decidirlo"?
Noviembre. ¿Qué tiene de temprano Noviembre para andar decidiendo si en Enero uno se puede ir o no? Después de todo, es en el bendito Noviembre cuando los dueños de las casas en los lugares a donde uno quiere ir abren la temporada y barajan los números. Y si uno quiere conseguir lo que uno quiere conseguir al precio en que uno quiere conseguirlo, sería bueno poder hacerlo ahora, cuando todavía todo está vacante, y no cuando las personas pertinentes decidan que ya no es "temprano" - ¿cuando será esto? ¿en Navidad? - y puedan finalmente confirmar si en Enero van a precisar de uno o no...
... Viejo choto.

10 nov. 2009

Trapecistas Eléctricos


Sentada en la biblioteca tengo enfrente un ventanal. Del otro lado del ventanal hay una esquina del patio de atrás. Es decir, a mi derecha tengo otro ventanal que da a la mayor parte del enorme jardín venido a menos/baldío, y frente a mi está otra parte mas pequeña, como en ele en relación al resto. En mi ele del patio está el costado de la Cultu, la pared blanca que llega hasta arriba. Y arriba del lugar, sobre el techo del segundo piso, están los muchachos de la electricidad cambiando todo el cableado.
En algún momento alguno se va a caer y a mi me va a dar un soponcio.
El viento sopla que da calambre y estos tipos se asoman para mirar hacia abajo paraditos en el borde, como si la gravedad no tuviera nada que ver con ellos. Y tiran cosas hacia abajo, o el de abajo tira cosas hacia arriba, y suben y bajan la larga escalera roja, sosteniéndose de la pared de ladrillo del edificio vecino, con los anteojos negros puestos como si estuvieran de joda. No sé si alguno de ellos piensa en su seguridad, pero espero sinceramente por mi salud que a ninguno le pase nada, porque yo me voy a tener que tomar un par de días de descanso si a alguno se le da por hacer un clavado.
Ok, buenísimo, ahora corrieron la escalera y la pusieron directamente frente mi ventana. Como si antes no estuvieran lo suficientemente cerca ahora si alguno se llega a caer va a poder golpear contra mis rejas en su camino hacia abajo. Muchísimas gracias.
Si esto sigue así yo me voy a ir a tomar el té.

6 nov. 2009

Agotador


Estaba yo en la biblioteca muy tranquila cuidando un examen - varios en realidad, todos los pibitos que no llegan a rendir en tiempo y forma terminan rindiendo en la biblio por orden de llegada - cuando una chica de adultos se me acercó a preguntarme algo sobre su test,
"Este ejercicio no lo entiendo. Lo hice hasta acá, pero la verdad que después de esto ya no sé como escribir oraciones que tengan la palabra "Given"."
La miré un momento, sin saber bien de qué me hablaba.
Me mostró la hoja y leí la consigna:
Write These Sentences Again Using the Word Given. Lo que en cristiano sería Reescriba Estas Oraciones Utilizando la Palabra Dada - y ella había marcado un círculo alrededor de la palabra "Dada" y todo. Bajo este título tan prometedor el ejercicio estaba compuesto de varias oraciones, debajo de las cuales había un renglón donde reescribirlas y una palabra muy oronda esperando sea utilizada. Y lo que esta mujer - ay esta mujer - había hecho había sido reescribir todas las oraciones insertando en ellas, de alguna manera, como quien arma un rompecabezas a la fuerza, la palabra Given/Dada. Parpadeé impresionada. Hay que tener talento. Todo el asunto era un accidente de trén idiomático sembrado de cadaveres.
Me mordí el labio para no dejar escapar una mueca - algo terriblemente difícil de hacer - y le expliqué que no era que tenía que poner la palabra "Dada" en cada oración si no que tenía que utilizar la palabra que le "había sido dada" en cada oración. Ahora fue ella la que por un momento no pareció saber bien de que le hablaba yo. Se lo simplifiqué aún mas - algo ya a nivel primaria - y pude ver como la luz amanecía en su cara. Con la luz llegó la vergüenza,
"Ay, pero que estúpida" cosa que no negué ni confirmé, y se fue a solucionarlo.
Yo volví a mi computadora y creo que me esguincé algo conteniéndo la carcajada.

5 nov. 2009

Carlos Alfredo y Cía


Que cosa mas molesta que me resulta la falta de comunicación.
Me indigna en las novelas, me indigna en la vida real, me indigna con el pie derecho aquí, el pie derecho allá, el pie derecho aquí y sacudiéndo sin parar.
Odio la frase “No quiero escucharte” frente a un “Dejá que te explique.”O una salida precipitada antes de escuchar todo el cuento. La vida - la de todos - sería tanto mas fácil si los protagonistas de las historias tuvieran un cuarto mas de paciencia antes de tirar todo por la borda frente a una situación de la cual sólo conocen la tercera parte.
Frustrante, muy frustrante.
Es por eso que dejé de ver telenovelas - entre otras cosas. Me cansé de la abundancia de momentos de ese estilo que me tenían gritando a la pantalla cosas embarazosas para cualquiera que me escuchara.
“Pero es sólo una novela.”
“Sí, pero esa no es excusa para ser tan idiota.”
“… Sí, sí lo es.”
“… Bueno, los escritores podrían esforzarse mas.”
Y así.
Ya la vida está tan llena de esos momentos...
Leí una vez, en alguna historia hace tiempo, una escena en que la chica le hacía prometer al novio, y a cambio le prometía, que no importaba la situación, iban a darse cinco minutos de gracia para explicarla. Si después la explicación no cuadraba, o era inexacta, o simplemente no corría, era otra historia, pero que si todo se iba a ir al carajo, no iba a ser por un momento telenovelesco en el cual uno iba a estar gritando “¡No quiero escucharte!” mientras el otro trataba de explicar que realmente no era lo que parecía y podía probarlo.
Se ve que el escritor de esa historia estaba tan podrido como yo de la falta de comunicación y trató de que al menos sus personajes tuvieran una oportunidad.
Pena que Henry se me cagaría de risa si yo le dijera algo así y después, encima, me acusaría de telenovelera.

4 nov. 2009

La Matemática en la Medicina Moderna


Llevé a Zeke a vacunarse hoy. No las vacunas de la campaña - que ya están, tengo el album completo - si no otra, que me dijo su pediatra que le pusiera. Mi pediatra es de esos que, una vez que se asegura que la vacuna sirve, insiste en que se la pongas, aún cuando no esté en ningún plan - cosa que me pareció bien. 27 tipos de neumococos, entre cocos varios, me prometió el médico que esta vacuna cubría. 27 me sonó lindo, número gordito.
Desperté y levanté al crío - que como cualquier otro crío, cuando no tiene que levantarse, está up and about, y cuando sí, no hay forma, no quiere no quiere no quiere. Lo vestí entre protestas y lágrimas, y la única manera de calmar esas lágrimas fue darle su almohada para que la llevara. Porque allá donde otros nenes tienen ositos o mantitas, Zeke tiene toda una almohada. Y no una almohada de avión, no no, una almohada de plaza y media, tan alta como él. Aun cuando cabe agregar que está tan viejita la almohada que si la abrazás se dobla sobre si misma. Así que allá partí, cargada con el crío, la almohada, la cartera, la carpeta con la libreta y el carnet, mi saco y la chiva que no quiere salir de ahí.
Susan nos llevó hasta allá, nos dejó en la puerta del vacunatorio y una vez en el mostrador - después de convencer a Zeke de que se parara y sostuviera la bendita almohada - le paso los papeles a la señorita y esta amablemente me indica que tiene que cobrarme 68 pesos. “¿68 pesos?” digo yo. “68 pesos” confirma ella. “¿ Y cuánto sale sin la Obra Social?” “113 pesos” “Ok” Sin quebrarme y llorar a sus pies, mostrándole mi billetera vacía - bueno, con 50 pesos, pero aún así no lo suficiente -, la llamo a Susan, que suponía estacionando el auto y le pregunto muy muy amable si tiene algo de plata porque a mi no me alcanzaba. Ella contestó que sí, seguro, pero que estaba en doble fila, así que tenía yo que ir a buscarla. Con un suspiro interno cargué nuevamente al crío, la almohada, la cartera, el saco, la carpeta con las cosas y la chiva y marché hasta la camioneta estacionada en doble fila, lejos, muy muy lejos de donde estaba yo.
La señorita de la recepción ya había pasado nuestro nombre así que volver por suerte sólo fue llegar, entregarle la plata y entrar al consultorio. Esa parte al menos fue rápida e indolora, a diferencia de nuestra llegada. Zeke se abrazó a la almohada - que para algo habíamos traído el condenado chisme - le saqué las mangas, la enfermera, con años de cancha, lo pichicateó y salimos en minutos. Susan se llevó a Zeke para casa - y a la almohada - y yo con los dos pesos de vuelto de los 20 que Susan me prestara me di el gusto y pasé por la panadería.
Haciendo un rápido cálculo mental - a quién engaño, usando la calculadora mientras como bizcochitos - dividiendo 68 entre 27, cada coco me salió poco mas de 2 pesos con cincuenta. Supongo que los años me dirán si fue una inversión acertada.

2 nov. 2009

Fiebre de Lunes AM


Tuve una fiesta el sábado.
La mamá de un amigo cumplió 60 e hizo un fiestón en un salón, con todo lo que eso implica.
Yo aproveché para arreglarme, cosa que no hacía hace bastante, así que lo disfruté muchísimo. Iba a ponerme un vestido, pero Henry lo vetó diciéndo que iba a tener frío - considerando el fresco que estaba haciendo escucharlo fue una sabia decisión - así que terminé poniendome una musculosa - sí, ya sé, pero el vestido era strapless, así que había un poco mas de tela - y unos pantalones negros. El conjunto me valió que un par de señoras a las que no veía hacía tiempo me dijeran que estaba “muy bonita, muy flaquita”, lo cual hay que admitir, siempre es agradable escuchar.
El resto de la fiesta estuvo muy entretenida. Mis niños se quedaron con los abuelos, así que no hubo nadie detrás de quien correr o que interrumpiera mi comida. Hubo cena, música con disc jockey, una presentación power point, música con una banda en vivo - compuesta por amigos de Henry, incluido el hijo de la homenajeada - más comida, más música, mesa de dulces, cotillón y souvenir. No hubo muchísima gente, suficiente como para hacer de la fiesta un éxito, pero no tanta como para abrumar. Aproveché el espacio y me saqué las ganas de bailar, porque no son muchas las noches en las que esto sucede - por cierto, otra señora me comentó cuando me estaba yendo que fui la mejor bailarina de la pista, lo cual demuestra que en las encuestas yo tengo un éxito bárbaro con el grupo demográfico femenino de 60 en adelante.
Fue, en general, una muy buena noche...
Lo único que me quedó picando y no puedo sacudirme fue, si ahora estoy tan flaquita, ¡¿QUE TAN GORDA ESTABA ANTES?!