Otra Mente Brillante Arruinada por la Educación

18 sept. 2012

Conclusiones


Han implementando en la ciudad un nuevo sistema de estacionamiento.
No, bueno, el sistema de estacionamiento es el mismo, ese que yo todavía no consigo dominar. A saber, uno pasea hasta encontrar un lugar libre, y luego maniobra hasta meter el auto en dicho lugar, tratando de hacer la menor cantidad de maniobras y recibir la menor cantidad daños posibles.
Las cosas básicas no cambian.
Lo que ha cambiado sí, es el sistema de cobro del estacionamiento medido.

Yo sostengo que la mejor manera siguen siendo los parquímetros a monedita, pero a mí nadie me escucha, así que no tiene sentido seguir insistiendo.

Durante unos años el sistema que imperó por la zona era uno de tarjetas. Uno compraba una tarjeta, le cargaba tanta cantidad de plata, el modelo y la patente del auto, y cada vez que estacionaba tenía que caminarse hasta el centro de la cuadra - mas o menos, tampoco era que estaba ubicada la cosa con una regla métrica, no jodan - donde había una torrecita magnética o mágica o algo. Uno pasaba la tarjeta y voilà, quedaba registrado que uno estaba estacionado. A la hora de irse, uno caminaba hasta la torrecita otra vez, pasaba la tarjeta una vez mas y voilà 2, uno estaba desestacionado.
No era la gran cosa, pero la nave iba.
No sé qué pasó con esa empresa y sus torrecitas.
Hará cosa de un año dejó de funcionar y las veredas se volvieron tierra de nadie.
Sí, un quilombo padre.

El mes pasado, el nuevo sistema medido que la nueva empresa venía barajando entró en vigencia.
Este sistema funciona a través de celular o internet - jodete si no tenés ni uno ni otro, no sos parte del nuevo siglo, adaptate o morite... Aaaah... bueno, está bien, tampoco es tan así, hay un sistema para ellos también, pero no sé cual es...
Entonces, decía yo, el sistema nuevo. Cada cuadra tiene asignado un número y una letra y la plata se carga por teléfono, no en una tarjeta. Así, cuando uno estaciona, manda un sms a un número en particular, indicando la cuadra donde está (letra y número silvuplé), y el cronómetro empieza a correr, alegremente tragándose todo tu sufrido dinero.
Es simple.
Por cierto, uno tiene que acordarse de avisar cuando sale - sms otra vez - si no el cronómetro eventualmente se come toda la plata que uno cargó - yep, al hombre de mi casa le pasó... dos veces... y después hablan mal de mi memoria... en fin...

Este sistema es controlado por un caballero de chaleco naranja fluorescente, uno asignado cada tanta cantidad de cuadras - no, ni idea cuantas cuadras para cada caballero, tampoco lo tengo tan estudiado al sistema, pero sé que van de a uno, no de a pares - que va yirando y chequeando con su telefonito que todos los que dicen estar estén, y que los mentirosos reciban su merecido y se los lleve la grua, ¡JA!... Perdón, no sé de donde salió eso.

Iba caminando el otro día para mi casa y en una esquina noté que habían reunidos tres de estos caballeros de chaleco naranja - no uno, ni dos, sino TRES - y al mirar con un poco más de atención - tanto naranja atrapa el interés, es imposible no chequear - descubrí que entre los tres había ubicada una señorita que, celular en mano - pura sonrisas y cara de concentración ella -, trataba de entender este nuevo sistema tan complicado que los tres caballeros - pura sonrisas y cara indulgente ellos - amablemente le estaban explicando.
Ustedes se preguntaran por qué se necesitan trés de estos señores para explicar este sistema. Bueno, yo adivinaría que era porque la señorita llevaba puesto un jean ajusTAdo, unas sandalias de taco alto, un escote que daba vértigo y una melena rubia oxigenada, planchada y larga que reflejaba el sol como si fuera pirita.

Tres señores que se supone tienen que estar repartidos, explicándole a la chica sinuosa un sistema que para explicarlo con un señor casi que sobra.
Ajá.

Si no fuera porque estafar al sistema medido de estacionamiento es una reverenda pelotudez, casi parecía una escena de película, la amiga/interés romántico del heroe distrayendo a las fuerzas de la ley mientras nuestro intrépido protagonista comete el robo... o algo así.
Pero no, uno vive en la Vida Real, por lo que la escena era exactamente lo que parecía ser, una rubia tarada rodeada por tres inoperantes municipales, que no tenían nada mejor que hacer que perder el tiempo en vez de laburar.
No es que una le quiera hacer mala fama a las cosas, en serio, pero vamos, las cosas se prestan solas.




8 sept. 2012

El Buzo Ahogado

 Rorro empezó a ir al Taller de Guitarra en el colegio.

Sí, sí, muy bien, gracias por preguntar.
No, no, sólo dos clases, así que no mucho, no.
No, por el momento no le hemos comprado una guitarra, que comparta con los demás compañeritos.  Considerando el track que tenemos de abandono de grandes planes, vamos a esperar un poco más antes de comprometernos tanto. La Rorro cree, como muchos nenes de su edad - y como muchos nenes de muchísimas edades más también- que los cursos y los talleres y la vida en general, debería funcionar al estilo Matrix. Uno entra, se sienta, ¿estás cómodo? ¿un tecito?, te enchufan un plug en la cabeza y te bajan la información directamente a la corteza cerebral. Sí, sería fabuloso, a mí también me gustaría que fuera así, pero yo ya entendí que nop, las cosas no se aprenden por osmosis, mientras que mi niña todavía no lo termina de asimilar. Así que eso, hasta que no sepa tocar al menos En el Puente de Avignon - ¡Yo sé! ¡Yo sé!- no vamos a invertir en ningún tipo de instrumento musical mas complejo que una flauta dulce.

Y la flauta dulce lo vamos a pensar.

Decía entonces, la Ro empezó el Taller de Guitarra en el colegio.
La Ro fue el otro día al Taller de Guitarra en el colegio.
El hombre de mi casa la fue a buscar y a la salida notó que mi niña no traía puesto el buzo del uniforme con el que había llegado.
"¿Dónde lo dejaste?"
"En el aula."
"Andá a buscarlo."
Allá corrió ella a buscarlo, allá volvió ella diciendo que no estaba.
¿Cómo que no está, no lo acabás de dejar?
La seño la acompañó en la segunda vuelta y nop, el buzo ya no estaba sobre el pupitre donde ella lo había dejado.

Ok, vamos a pensar esto en frío - contemos hasta diez, sin repetir y sin soplar - son seis sus compañeritos en el taller. Seis compañeritos de su mismo grado. No son seiscientos, no se lo olvidó en el patio y se lo llevó cualquiera que pasaba por ahí. Fue y volvió en cuestión de minutos y alguno de esos seis se lo llevó equivocado a su casa - ¿se llevó dos buzos puestos? Ajá.
Eso ya fue hace un par de días, lo cual está empezando a tocarme las narices, porque el buzo de la Ro tiene el nombre adentro escrito con letra ASI DE GRANDE, por lo que la madre de la criaturita del Señor o tiene un problema ocular importante o tiene un problema moral importante.

Ya mandé una nota a la maestra de Rorro, explicando el tema y si fuera ella tan amable de mandar una nota a estos seis compañeritos, como para que la madre, padre, tutor a cargo revisen si alguno de los buzos extras que mágicamente aparecieron en su casa en estos días, no tiene por una de esas cosas de la vida, el nombre de mi hija mayor escrito dentro con letra ASI DE GRANDE. 

Y si no para que me mande los nombres de estos seis compañeritos y dejemos de juntarnos con ellos porque uno de ellos es un chorro.



4 sept. 2012

Piojos Hotel

Yo cuando era chica tenía piojos.
Sí, sí, lo admito. Me paro enfrente del mundo y lo digo con cansada dignidad. Mi nombre es Damaduende. Hola Damaduente. Yo de chica - de adolescente también, para qué mentir, acá somos todos amigos... Bebilacqua callesé - tenía piojos.
Muchos.
Posta.
Mi madre se esforzaba - pobre mujer - y me pasaba el peine fino, y me revisaba la cabeza, y me echaba productos masivos, recetas magistrales, remedios caseros - "¿qué es ese olor a vinagre?" decían mis amigas en el colegio, "... yo no huelo nada, te habrá parecido"... - y todo lo que le recomendaran.
Eran batallas cruentas.
No voy a decir batallas perdidas porque sería injusto, a veces, de tanto en tanto, yo no tenía piojos. Tenía épocas piojos free. Pero sí voy a decir que fue una guerra larga, que duró años, y costó fortunas, porque por alguna razón, los piojos sentían una afinidad por mi cuero cabelludo que no parecían sentir por nada ni nadie.
Eramos un sólo corazón, los piojos y yo.
Si había un piojo, un sólo piojo, un sólo y triste piojo, seguro que me venía a hacer compañía a mí.

- En un veloz aparte, tengo que decir que esto de los piojos es inversamente proporcional a la atracción que produzco en los mosquitos. Para que un mosquito me pique yo tengo que ser el único ser vivo en un radio de varios metros cuadrados, y aún así, el mosquito tiene que venir ayunando y medio desesperado. Si tiene otra opción, yo soy el último recurso. En cambio siempre estoy primera en la lista del menú piojeril. -

Tengo presente un verano en el campo, tendría trece o catorce años, en plena lucha pediculosa, sentadas con mi hermana en el parque. Ella me pasaba el peine fino, cual monitos en el zoo, y con ese espíritu curioso que tiene uno a esa edad, descubrimos que si ponías los piojos en el camino de las hormigas, las hormigas los agarraban y se los llevaban hormiguero adentro.
¡JA! ¡Tomá eso piojo!
Me pregunté siempre qué es lo que harían las hormigas con los piojos. Tenía un aire de película de terror el asunto, combinado con un poco de frío documentalismo, el pobre piojo luchando por escapar, la hormiga sosteniéndolo fuerte con sus mandíbulas, arrastrándolo a las entrañas de la tierra para hacerle sabe Dios qué... Pobre piojo es un decir, no vaya uste´a creer. Eran ellos o yo y a mí yo me caigo muy bien, así que  olvídenlo.

Sí... los piojos y yo tenemos historia.
Unos recuerdos...

Es por eso que el hecho de que la Ro los haya traído de vuelta a mi vida no me gusta nada.
Ni un poquito.
Ya empecé la Operación Piojo y ataqué con los productos de destrucción masiva, ya pasé el peine fino, ya revisé y peiné y lavé e hice todo lo que tengo que hacer.
La Ro ya casi no tiene nada.
Y por supuesto, a mí la cabeza me pica como si el tiempo no hubiera pasado, ´ta que lo parió.

Pero los años me enseñaron algo, algo que en mi infancia mi madre no pudo implementar, pero que aprendí yo sola a los 17, algo que puso fin a la invasión, una onda Hiroshima y Nagasaki a nivel piojo.
A los 17 años descubrí que si teñís el pelo, no queda ni un piojo vivo en tu cabeza.
Nada resiste 40 minutos de amoníaco.
Creo que desde los 17 años que no veo mi color de pelo original.
Así que ya ven, esta noche paso del castaño oscuro al marrón praliné. Un tono mas claro, como para combinar con la primavera. Porque lo cortés no quita lo valiente y tener un pequeño problema de plagas no quita que una pueda ser una fashionista.

Bebilacqua, se vuelve a rascar y se va a la dirección, no me vaya a contagiar al resto de la clase.