Otra Mente Brillante Arruinada por la Educación

31 mar. 2010

Tormentas Guardadas


Estábamos las dos encerradas en su cuarto - "No quiero que entre Zeke!! No, decile que salga!!" - armando un zoológico. Bah, ella lo armaba, yo, acodada en la cama la miraba hacer, acotando el comentario correcto en el momento pertinente.
Rorro, muy concentrada, "leía" su diario, donde estaban anotadas las instrucciones que indicaban donde iba que animal y cuanta cantidad podíamos tener de cada uno. No sea cosa que nos pasáramos o algo así...

Por allá iban los perros - junto a la estantería violeta; mas allá el "ososario" - en el borde de la cama; por aquella zona - junto a la botellita llena de goma eva - el acuario con los peces y los delfines; la "zorrería" - una cajita roja sobre una pila de almohadones; el "mariposario" - toda la vista desde el acantilado; y a un costado el único tigre - originariamente un león, porque los tigres tradicionales no supimos donde estaban.

Ella entonces pasó al siguiente item su diario y me señaló otra esquina de la cama,
"Y por allá vamos a poner los huracanes."
"...", parpadee. Ya había comentado algo antes respecto a los huracanes, pero yo no le había prestado mucha atención, ocupada como estaba en montar la "zorrería" encima de su montaña de almohadas. Ahora, sin embargo, tuve que comentar.
"No podemos guardar huracanes, Ro."

Me miró molesta, llena de fastidio ante mi obvio intento de joder con sus planes administrativos,
"Sí podemos. Ahí los vamos a poner."
El díal de mi confusión subió un punto,
"¿Cómo vas a ponerlos ahí? Los huracanes son... Rorro, los huracanes son tormentas."
Su molestia pasó a incredulidad,
"No son tormentas. ¿Cómo van a ser tormentas los huracanes?" y se sonrió ante mi ignorancia, a veces las madres son tan tontas.
"Sí, son..." frené en seco y cambié de táctica "¿Qué son los huracanes?"
"Son pájaros, mamá," obvio. Hizo un gesto frente a su nariz, "Con el pico grand..."
"Tucanes, Ro. Esos son tucanes."
"Oh..." un latido, dos... "Bueno," levantó su diario y sin perder el compás me señaló una vez mas el ángulo de la cama "y ahí vamos a poner los tucanes."

26 mar. 2010

Con Un Poco de Vapor...


Caminando para acá doblé una esquina, y caminando enfrente mío quedaron una chica joven, medio gordita, que iba con el padre - bah, supongo que era el padre, hoy día sabe Dios.
Hasta ahí, nada. La chica iba con un jean, una remera blanca y arriba una remera rosa. Y he aquí el quid de la cuestión: arriba de la remera rosa llevaba una camperita de cuero violeta de manga larga. Y la camperita de cuero en cuestión, quién sabe por qué, tenía toda la espalda arrugada, de tal manera que al caminar se le retrepaba por el costado de la espalda, como remarcando un rollo, produciendo una imagen muy incómoda, incentivando su imagen algo regordeta.

Ahora, yo no soy una mina prolija. Pese a años de madre y abuelas insistiendo, no lo soy. Soy limpia - honrada y trabajadora, gracia´Dio - pero prolija, nop. Mi suegra insiste, levantando la posta que dejó caer mi madre cuando me mudé a la patagonia, pero pese a todos sus reclamos, mis niños, en el fin de semana - en la semana hago un esfuerzo, tampoco es cuestión de que la gente piense que a una no le importa, que no es el caso - andan con los pelos como les guste y si los pantalones tienen agujeros en las rodillas, mientras estén limpios no me hace mucha mella.

Todo lo anterior, entonces, viene a ilustrar que no, las cosas arrugadas no me asustan ni mucho menos, pero ahí estaba ella, caminando frente a mí, con todo ese cuero retrepado sobre su espalda, y de la nada varias generaciones de mujeres GN se asomaron sobre mi hombro y señalaron, con tono desaprobador,
"¿Viste eso?"
"Qué horror. ¿Nadie le dijo nada cuando salió de su casa?"
"Alguien tiene que hacer algo.
"¿Y sí le comentás?"
"Porque no puede andar así por la calle."
"Es muy desprolijo."
"Queda muy feo,"
"¿No tiene una madre?"
Y etc, etc, en un espantoso coro vecinal, erizándome los pelitos de la nuca, cosquilleándome en los dedos, hasta que al final tuve que acelerar el tranco y pasarlos, no fuera cosa que el peso de los años me superara - estaba empezando a transpirar frío - e hiciera algo terrible e imperdonable, como ser estirar la mano y sin decir esta boca es mía, agarrar el borde de cuero violeta y pegarle un tirón a su campera, a ver si con un buen sacudón nos deshacemos de todas esas arrugas, y listo, ¿no te parece que así no estás mucho mas bonita?

25 mar. 2010

El Pan y la Leche


Al tiempo de empezar a trabajar en este lugar, empecé a desayunar también acá. Una taza de té bien dulce. Por ende empecé a traer galletitas y/o similar para hacerle compañía. Una vez que me organicé bien, decidí que las galletitas no me resultaban, así que empecé a migrar de panadería en panadería, buscando algo que combinara con mi tacita de té.

A mí el té desde siempre me gustó tomarlo con algo de pan o en la onda salada, por lo menos, so eventualmente mi búsqueda terminó cuando encontré que, en una panadería muy conocida, hacían unos pancitos caseritos que eran una gloria.
Tan buenos eran que mas de una vez tuve que hacer cola y para cuando llegaba hasta el mostrador ya se habían acabado - una vez, ah, furia de las furias, el hombre que estaba adelanto mío se llevó cinco pesos, y con esos cinco pesos limpió la bandeja.
Eran realmente muy ricos. Y como soy un animal de costumbres, una vez que encontré la veta, la mantuve... salvando las excepciones en que no había caseritos - muy frustrante hacer la cola para nada - y llevaba bizcochitos o cuernitos, que también estaban muy bien.

La tradición me duró un tiempo, hasta que una mañana llegué y Angela - la mujer del dueño - me confesó que iban a cerrar, porque el dueño del local iba a vender el terreno para construir un edificio - algo que está muy de moda en esta ciudad.
Me quedé helada. Y mis caseritos? Yo soy una gran amante de las rutinas, me gusta saber que las cosas van a ser como tienen que ser, qué íbamos a hacer?! Pero bueno, una se resigna a todo, cerró la panadería - Dolce Express se llamaba - y empecé una nueva búsqueda, tratando de encontrar el reemplazo perfecto.

Finalmente, recaí en otra panadería muy conocida de la zona - Tentaciones - , con muy buen chipah, bizcochitos hojaldrados decentes, un precio razonable y la señora del mostrador, a fuerza de verme todos los días, si los 100 gramos eran 140 quien estaba mirando.
Así que ahí estaba yo, lista para empezar una nueva tradición, cuando llegué esta mañana y me la encontré cerrada, con un precioso cartel naranja que indicaba que la DGI lo había clausurado. Y mis bizcochitos?!

Arrastrándo los pies fui hasta la nueva panadería, Tiempo de Dulzura, compré bizcochitos - nadie me regaló ningún bizcochito extra - y llegué al laburo, donde conté mi penar.
Vale se rió de mis pesares, me indicó sin preámbulos que soy yeta - cosa que yo ya había empezado a sospechar - y me prohibió directamente que volviera a Tiempo de Dulzura, que es donde compra ella, y no quiere que se la cierren, muchísimas gracias.

Y la búsqueda comienza una vez mas... Lo que sí, me da un poco de miedo cagarle el boliche a algún pobre panadero despistado, pero que va a hacer, una chica tiene que tener sus rutinas.

24 mar. 2010

Palabras Inconclusas


Yo siempre he sido una ferviente admiradora de la educación - no necesariamente del sistema educativo, no confundamos chicha con limonada. Admito que si me hubieran agarrado en ciertos días de mi adolescencia, esa afirmación no hubiera sido tan afirmativa, pero all in all, tengo que decir que estoy convencida que la educación es algo mas que necesario para el correcto desarrollo de un ser humano.
Dicho esto, estoy impresionada de lo mucho que le ha servido a mi hijo menor, que en sólo dos semanas pasó de ser un niño que se comunicaba a grito comanche a ser un niño que intenta pronunciar palabras.

Es llamativo.

Puse un posto al respecto, cuando Zeke empezó el jardín, que mi mayor aspiración para este ciclo lectivo - ay, que bonito que hablo yo a veces - era que aprendiera a hablar, porque a estas alturas ya nos estábamos empezando, si no a desesperar, a cansar un poco del AAAHHH, UUUUGGGHHH, y demás exclamaciones vagamente onomatopéyicas.

Desde que empezó el jardín somos ahora recipientes de una serie de palabras nuevas, que si bien no están del todo moduladas - las consonantes aun parecen ser una suerte de barrera lingüística - son perfectamente comprensibles.
Así tenemos un "AAUUUUHHH" acompañado por una manito que se sacude, cuando alguien se despide.
Tenemos un "ROHO" y un "UL" y un "EDE" a la hora de hablar de colores - el amarillo por el momento es algo que sucede en otros hogares.
Un "GOGO" al hablar de su hermana y un "KEKE" al hablar de si mismo.
Hay una larga serie de sonidos similares al número correspondiente cuando contamos todos hasta diez - el "OCO" con tono ascendente es mi preferido -, hay un "MINI", acentuado en la segunda I, cuando te agarrá de la mano para llevarte y un imperioso "ACA" cuando necesita que uno deje algo en un lugar pertinente.
Asi que hay que convenir en que esto del jardín fue, definitivamente, una sabia decisión, no cabe duda

Y a mí no me alcanzan las manos para apapacharlo y hacerle cosquillas cada vez que dice algo nuevo y me vuela la cabeza.

22 mar. 2010

Sábados de Dinosaurios


El sábado fuimos al museo del Chocón. Nombre oficial: Museo Paleontológico Ernesto Bachmann. Ni idea quien es Ernesto Bachmann ni por qué le pusieron su nombre al museo.

Nos levantamos temprano - no para ir al museo, si no por la maldita costumbre - desayunamos, nos vestimos y ya estaba yo lista para pasar una mañana tranquila y al pedo, como cualquier sábado que se precie, quizás llevar a los chicos y al perro a la plaza, cuando Henry le preguntó a la Ro si quería ir al museo a ver los dinosaurios.
Es una pregunta tramposa, si quieren mi opinión. ¿Qué chico de cuatro años va a contestar que no? Pero él la hizo igual y pese a mi "mmfpfmmmhmh que lo parió, yo no quiero ir a ningún lado..." interno, allá partimos los cuatro, un poco después de las once.

La Ro, emocionada como estaba ante el viaje, no preguntó ni una vez "cuando llegamos". A los diez minutos en tránsito se quedó dormida. Zeke, no preguntó nada y muy tranquilo se dedicó todo el viaje a mirar por la ventana. Mis niños tienen modos de viajar muy definidos.
El viaje hasta el Chocón lleva una hora - mas o menos - y considerando que están remodelando la ruta a la altura del desvio para Zapala, esa hora - mas o menos - se alargó quince minutos - mas o menos - lo que hizo que llegáramos casi doce y media - mas o menos.

Estacionamos lejos del museo, porque la verdad no estábamos seguros de donde está ubicado en el pueblo. Fuimos una vez antes, cuatro años atrás, y si bien no creíamos que lo hubieran movido, hay que admitir que en cuatro años lo que se mueven son las memorias. Por suerte para todos los involucrados, Villa El Chocón no ha cambiado nada - en los últimos veinte años - y caminando por los senderos entre las casas - creo que tiene solo cuatro calles para rodados y me lleva a comentar, es impresionante el silencio, que demuestra que la mayor parte del sonido que contamina el mundo pertenece a los autos - llegamos a lo alto del lugar, junto al paseo comercial, que está junto a la escuela, que está junto a la plaza, que está junto al museo.
Es un lindo lugar. Rosario y Zeke fascinados por las huellas impresas en el suelo de la entrada se pasaron un rato midiendo sus zapatillas con la pata de pintura amarilla y otro par de minutos tratando de convencerme de que comprara alguna de las tantas huevadas que hay en el puesto de Recuerdos del Chocón.

Finalmente entramos, pagamos los 20 pesos de la entrada y procedimos a recorrer el largo pasillo donde funciona el museo. Tengo que decir que el viaje en auto es infinitamente mas largo que lo que toma recorrer el museo. Es interesante, no vamos a ser el malo de la película, pero la verdad verdadera... diez pesos por persona y una hora de auto es mucho.

A la entrada a nuestra derecha hay una exposición donde está armada una excavación, y en cuyo centro hay un enorme esqueleto a medio desenterrar y el boogie con el que recorrieron la patagonia - me encantaría tener un boogie de esos - , además de un par de vitrinas con dientes y demás souvenires que los dinosaurios fueron dejando.
Seguimos caminando por el pasillo.
A nuestra izquierda se abre un salón donde hay ensamblados dos esqueletos de algo que si hoy en día existiera sería el equivalente a dos tipos diferentes de vacas - en versión reptil y no mamífero. La recorrimos, nos impresionamos con su tamaño, la Rorro me explicó que tenían los dientes chiquitos porque no comían personas, Zeke jugó a resbalar con la cola por la bajada en la entrada del salón.
Seguimos caminando por el pasillo.
A nuestra derecha se abre toda una habitación destinada a las represas. Te cuentan sobre las que hay en el mundo, como funcionan, cuales existen en nuestro pais, como están construidas, y miles de datos mas sobre represas que nunca quise saber en realidad y por eso nunca me tomé el trabajo de preguntar, pero ahí estaban, todos juntos. Y no, no tiene nada que ver con los dinosaurios, pero bueno, el Chocón es una represa y... hay que amortizar la entrada...
Seguimos.
A la izquierda, otro salón, en esta hay armados dos esqueletos mas grandes que los anteriores y que, si los otros eran la respuesta a las vacas, vendrían a ser la respuesta a los osos, tigres y leones, oh my. Estos sí daban impresión, con todos esos dientes y Sam Neill escapando de los velociraptores y el recuerdo ancestral de que uno alguna vez fue muy pequeñito y estas cosas tendían a cenarnos sin siquiera pensar. Zeke se impresionó, la Ro estaba chocha y yo recuerdo que uno se llamaba gigantosauro y el otro ni idea.
Seguimos caminando, llegamos al fondo - el baño finalmente, yo tenía que ir desde hacía por lo menos una hora - miramos las muestras de puntas de flechas y demás recuerdos que los indios hicieron, desandamos el pasillo, nos despedimos de todos los dinosaurios, sacamos un par de fotos y nos fuimos. Tiempo total, media hora.

Salimos - "sí, tu pie es muy chiquitito al lado de el dinosaurio, no, no vamos a comprar nada, Zeke soltá ese collar"- y decidimos ir a almorzar a alguno - el único restaurante/bar/confitería/pizzería/tienda de regalos - de los lugares en el paseo comercial.
Andábamos cortos de efectivo así que pedimos sandwiches para los chicos - Ro quiso un sanguche de miga, que decidió que no le gustó, y a Zeke le pedí un tostado de jamón y queso y se comió la mitad de los cuatro pedazos, dejando las otras mitades todas aplastadas - y Heny y yo comimos pizza. Muy buena la pizza. Si alguna vez van al Chocón, la pizza de cuatro quesos del restaurante/bar/confitería/pizzería/tienda de regalos es recomendable.

De ahí volvimos a caminar hasta el auto. En el camino pasamos por una casa en cuyo jardín cuando pasáramos de ida había una familia haciendo un asado - uno los podía ver a través de las maderas de la cerca - y donde ahora había un señor solo en traje de baño afinando una guitarra. Cuando nos alejábamos empezó a tocar y cantar algo por lo bajo. No sé qué cantaba, pero era de lo mas bonito, y nos acompañó todo el camino hasta el auto.

20 mar. 2010

Regateando




Para todos los que están siguiendo los progresos de mi hija y su interés por el ballet, paso a mostrar, este es el famoso rodete, que tanto me costara la primera vez,


y ahora, cada vez que lo hago, curiosamente, me sale cada vez peor. En serio. Parece algún tipo de chiste. El primero, ahí lo pueden ver, quedó de lujo. Aguantó toda la tarde. A partir de ahí, nunca mas. El siguiente quedó con pelo disparando para los cuatro vientos. El siguiente a ese agregó los puntos cardinales que faltaban. Y así, en sucesiva progresión.
Pero yo me tengo fe... cierta fe... y pienso que con la práctica, y con el crecer del pelo, eventualmente voy a conseguir que parezca realmente un chignon prolijo, digno de una prima ballerina.

Sabrán entender entonces porque mi reacción fue esta


ante el comentario lleno de desparpajo de mi hija del lunes pasado donde me anunció, así como quien no quiere la cosa, que ya no quiere ir mas a baile.

"¡¿Por qué no?!" acaso no me había rogado todo el verano - y todo el año pasado, convengamos - que quería bailar?
"Porque me canso..."
No voy a trascribir acá toda la conversación de ese día - ni las de los días subsiguientes - porque sería largo y tedioso. Cabe decir que oscilé entre el "¡Vas a ir igual! ¡Yo no voy a haber comprado todo y pagado todo como una pelotuda para que vos TE CANSES a los diez días!" menos pedagógico que se puedan imaginar, y el "Pero, Rorro, ¿por qué no querés ir? Si a vos te encanta bailar" con el tono mas conciliador que pude rasquetear del fondo del barril de mi paciencia, nunca muy lleno, y que en momentos como estos se vuelca y se vacía con una facilidad que da calambre.

Pero ella no aflojó, no cedió, no dio mas razones que esas. Lloró, pateó y mordió, al mejor estilo Brujito de Gulubu... - bueno, no mordió, no - y finalmente concedió que va a ir hasta que termine marzo, porque la zángana de su vieja - palabras mías, no suyas, todavía no - ya pagó todo el mes y es lo menos que podemos hacer por ella.

Así que, nada, todos mis sueños de tener una hija bailarina se fueron por el drenaje. Porque ella me jura y me promete que el "otro año" va a ir. Pero el año que viene, primer grado y doble escolaridad a cuestas, si ahora está cansada - esto de que haya dejado de dormir siesta no fue la idea mas brillante del arbolito - no quiero ni imaginar el resto de su vida.
Tampoco eran grandes sueños, en realidad. Ni siquiera chiquitos. A mi una hija bailarina la verdad que me ne frega. Lo que yo quería era darle algo que la hiciera feliz. Y a ella, hay que decirlo, le gusta mucho bailar...
Lo que me hace pensar que quizás ese sea un poco el problema. A la Ro le gusta bailar. No le gusta que le digan cómo. A Ro no le gusta mucho que le digan cómo nada, para ser exactos.

Tener personalidad, gustos propios y una total falta de aprecio por la disciplina a los 4 años y medio suena entretenido en la teoría, en la práctica nos va a resultar, a hubbie y a mí, un problema marca cañon.

19 mar. 2010

De Lunes a Lunes 1/2


" -Realmente lo lamento, señor.- y con estas palabras, a las que la fuerza de la repetición todavía no habían restado sinceridad, el cirujano se sacó el barbijo que llevaba alrededor del cuello con gesto cansado y se marchó por el pasillo pintado de blanco.
Tomás parpadeó, acusando recibo, y miró la figura alejarse. Respiró hondo, tragando aire como quien traga agua. El hombre de pie a su lado, ignorando al cirujano, fijó la mirada en él, obviamente preocupado ante su falta de reacción.
Tomás se sentó despacio, pesado, mas una caída que un aterrizaje controlado, sobre la superficie gastada del sillón verde de la sala de espera. No estaba seguro de cómo reaccionar.
Nunca antes le había pasado una cosa así.
Tendría que haber un manual de etiqueta para estos momentos.
Alguien iba a escuchar sus quejas… En algún momento…
Flexionó los dedos, abstraído, notando costras de sangre seca en ellos.
-Hey. - Javier se sentó a su lado - Hiciste lo que pudiste. - la voz lo sacó de su contemplación. -No fue tu culpa.
Tomás giró la cabeza despacio y, con la misma abstracción con que estudiara sus manos, trató de centrarse en la mirada negra de Javier.
¿De qué le estaba hablando? ¿Culpa? ¿Quién sentía culpa?
En ese instante él… no sentía nada.
Renunció al vago intento y volvió la cabeza a su posición original. Sus dedos, sus manos, continuaban llamando su atención. Iba a tener que lavárselas, no podía salir a la calle con las manos así.
-Esto no tendría que haber pasado.- y su voz sonó normal, estable, como si estuvieran conversando sobre un documental en televisión, el partido de anoche, el último capítulo de una serie.
Javier suspiró, llenándose los pulmones, y se echó hacia atrás, apoyando la cabeza oscura contra la superficie clara de la pared blanca,
-No, no tendría que haber pasado.- la voz de Javier, en contraste, sonó terriblemente cansada. -Pero aun así, tenés que saber que no fue tu culpa.
Tomás encogió un hombro, indiferente. Seguro, él sabía que no había sido su culpa. Los cursos de las enfermedades no responden ante nadie... Y sin embargo...
-Tendría que haber hecho… tratado algo más.- se felicitó a sí mismo por su tono compuesto, muy bien, muy bien, Dios sabía lo mucho que le estaba costando entender lo que estaba pasando.
-¿Como qué?
Algo tembló en el interior de Tomás, algo púrpura y estriado, que se sostuvo a fuerza de ignorarlo.
-No sé, algo.- estudió las manchas en sus dedos como si pertenecieran a otra persona y no fueran los mismos que él había usado hacía escasos minutos, tratando de detener esa monstruosa hemorragia nasal en que eventualmente se le había ido la vida.
-Llamaste a la ambulancia.- ofreció su acompañante.
Un chasquido de lengua,
-Para lo que sirvió.
-Tenía un cáncer galopante. Era cuestión de tiempo, todos lo sabíamos.
-Si, bueno, eso no lo hace mas fácil.
-No, quizás no, pero así es como tenía que ser.
-¡No digas eso!- y el exabrupto les ganó una mirada de reproche de la enfermera del turno noche.
Murmurando una disculpa, Tomás se puso de pie. Realmente necesitaba lavarse las manos. Las puertas dobles que separaban el pasillo del mundo se abrieron y dieron paso a Virginia, su hermana mayor, llegando como respuesta a la llamada de auxilio que había lanzado a la noche apenas media hora antes. Y aun así, llegando tarde.
El rostro sofocado, la expresión urgente, buscándolo en el vasto espacio de la pequeña sala de espera,
-Tomás.- murmuró cuando sus ojos azules por fin lo encontraron, y se lanzó contra su pecho con la fuerza de un pequeño búfalo, haciéndolo trastabillar.
La mirada ligeramente divertida de Javier encontró la suya por encima de la cabeza rubia que se acurrucaba contra él.
-Vine en cuanto pude.- cinco años mayor, quince centímetros menor, Virginia se alejó unos pasos y lo agarró de las manos con fuerza. -¿Cómo estás? ¿Vos estás bien?
El asintió.
No era él en el quirófano.
No era él el…
-¿Qué pasó?
Tomás movió la cabeza, haciendo un gesto vago, retrocediendo del abismo a sus pies, ocultándose de los recuerdos, protegiéndose del futuro que se le venía encima.
-Una hemorragia. No sé muy bien.
-¿Sigue en cirugía?
Respiró hondo. Nunca había sido bueno para dar malas noticias. ¿Dónde estaba el cirujano cuando uno lo necesitaba? Podía notarse enseguida que ese hombre sí sabía lo que hacía.
Buscó a Javier, pidiendo socorro, pero este se había alejado unos pasos para darles un símil de privacidad. Volvió a mirar a Virginia, hasta que finalmente su falta de respuesta se volvió una respuesta en sí misma. Con cuidado, tanteando sus brazos como si fueran el camino, su hermana volvió a abrazarlo.
El le palmeó la espalda ligero, incómodo, presa del deseo de poder consolarla, consciente de que era ella la que estaba tratando de consolarlo a él, sintiéndose incapaz de necesitarlo.
-Shhh...- susurró, en un gesto automático. -Shhh....
Pero Virginia se recuperó enseguida, siempre había sido una chica fuerte, y enderezando el espinazo le apretó el antebrazo,
-Vos nos te preocupes por nada, Ginny está acá y se va a hacer cargo de todo. - y con gesto decidido marchó hacia la enfermera.
Javier desanduvo el camino hasta detenerse a su lado, los brazos cruzados frente a su pecho, los dos observando a la mujer pequeña enfrentar a la enfermera enorme. Tomás no tuvo ni que mirarlo para conocer la expresión en sus ojos como pozos.
-¿Qué?- dijo, mas a la defensiva de lo que le hubiera gustado. -Ella siempre te ignoró, ¿en serio pensaste que las circunstancias cambiarían algo?
Javier hizo un gesto con el hombro,
-Podría al menos haber dicho mi nombre.
Tomás sonrió por primera vez desde que todo empezara. Una sonrisa breve, triste, pero una sonrisa al fin,
-Con todo lo que la hicimos pasar, gracias que dice MI nombre.- frotó incómodo las manos contra el suave corderoy de sus pantalones. -En serio, tengo que lavarme las manos.
Javier hizo una mueca,
-Dale, vamos. El baño está por acá.


Tomás refregó sus manos bajo el chorro de agua caliente hasta asegurarse de que no quedaban rastros de nada. De haber podido hubiera seguido frotando hasta borrar sus huellas digitales.
Tenía la incipiente sensación de que nunca volvería a estar limpio del todo.
Javier lo miraba hacer, apoyado el hombro en el marco de uno de los cuatro cubículos.
-¿Estás un poco mejor?
-Estoy bien.
-¿Seguro?
-Seguro.
-Porque el mundo no se va a acabar si puteas un poco.
Tomás sonrió, cansado pero compuesto.
No tenía ganas de putear. Verdaderamente no tenía ganas de nada.
Aun no estaba del todo seguro de lo que había pasado.
Cerró la canilla.
-Estoy bien.
Javier asintió, no muy convencido,
-Si vos lo decís... ¿Qué hacemos con Pulgarcita?
Los ojos azules, iguales a los de su hermana mayor, fueron burlones en el reflejo,
-¿Sabés que son frases como esa las que hacen que ella no te trague?
Javier sonrió impenitente,
-Sí, lo sé.
Tomás se apoyó en la mesada de granito negra,
-¿Lo tomará muy mal si nos vamos un rato y la dejamos sola?
-No podemos dejarla sola. No sería justo. Hay demasiados trámites, demasiados parientes que tratar que no son de ella.
-¿Justo?- los ojos del espejo se decantaron incrédulos. -Acabo de perder al amor de mi vida, ¿qué tan justo te parece eso a vos? - pero a su voz le faltaba expresión, alguien probándose en la piel unas palabras que no reconocía como propias.
Javier se cruzó de brazos en lo que su interlocutor pudo reconocer como su expresión tozuda,
-No podés hacerle eso a tu hermana.
Tomás abandonó la lucha, volvió a abrir la canilla y se refregó las manos hasta dejarlas rojas una vez mas.
-¿Sabías que eso puede derivar en una psicosis?- la voz de Javier le llegó a través del sonido del agua.
-Descansá. Nunca terminaste la puta carrera.
-Me faltaron ocho materias.
-Son ocho materias.
Javier se encogió de hombros,
-¿Qué puedo decir?- la voz displicente. -Lo mío es la música.
Tomás se secó las manos, hizo un bollo con la toalla de papel y la tiró en dirección al cesto, desafiándola a que no entrara,
-No quiero ver a nadie. Van a llorar, y tratar de consolarme, y estoy bien, no necesito nada.
-¿Seguro?
-Puta, flaco, ¿querés un dibujo con crayones?
-Si vos lo decís.- repitió, pero su tono expresaba sus reservas al respecto.
El hombre junto al lavatorio respiró hondo, armándose de paciencia ante la buena intención de los demás,
-¿Qué sugerís que haga?
-Lavate la cara en vez de las manos, salgamos de acá, y bajemos a la cafetería, a ver si te componés un poco.
Tomás enfrentó su imagen. Javier tenía razón, su cara dejaba mucho mas que desear que sus manos. Noches en vela, observando el sueño intranquilo de la persona que guarda la llave de tu existencia no pueden menos que cobrar su precio,
-Qué haría yo sin vos.- comentó, tan agradecido como mordaz, antes de echarse agua fría sobre la piel caliente.
-Pfff, montones de cosas.
Tomás carraspeó y se frotó los ojos,
-Dale, vamos. Necesito café.
La puerta del baño se abrió con un chasquido, sobresaltándolos. Un hombre entró y se dirigió a los mingitorios sin mirarlos.
-´Nas noches.- saludó Javier.
El hombre no se dio por aludido.
-El mundo está lleno de gente maleducada.- murmuró Tomás, lo que sí le ganó una mirada, y los dos, presurosos, abandonaron el lugar."

Continua-

De Lunes a Lunes 2/2


" El café en la cafetería del sanatorio derivó finalmente en un café sentados en una plaza a dos cuadras.

Acomodados en un banco de madera, la noche - la madrugada - a su alrededor se enfriaba por momentos, preludiando el amanecer.

-Tu hermana se tomó bastante bien el que la dejáramos sola con todo.
-Le prometí que iba a volver enseguida.

-¿Cuándo es enseguida?

Tomás suspiró hondo y apoyó los codos en las rodillas, la taza de poliuretano delicada entre sus manos,

-Media hora a lo más. La gente a la que hay que explicarle las cosas todavía no debe haber llegado.

-¿Qué es lo que tenés que explicar?

-Los detalles del velorio, del funeral. Los últimos deseos. No sé. Ese tipo de cosas supongo.

Javier se removió a su lado, inquieto e incómodo,

-Nah, estoy seguro de que todos deben estar al tanto de esas cosas. Fue una enfermedad larguísima. No creo que hayan quedado cabos sueltos.

Tomás frunció ligeramente el ceño, una arruga vertical entre sus cejas, rememorando a su pesar,

-Fue mucho tiempo.

-Sí.

Un suspiro,

-Pero tuvimos buenos momentos también, ¿no?

-Sí, también hubo buenos momentos.

Los ojos azules se nublaron, buceando en recuerdos de tiempos mejores, tiempos que no eran estos,

-¿La vez que fuimos todos al Parque de la Costa?

Escuchó mas que vio la sonrisa de Javier,

-Sí.

-Y mi vieja no quería subir a la montaña rusa.

-¿Podés culparla? Una mujer grande, una montaña rusa... Mala combinación.

-Mi vieja no es una mujer grande.

-No, tenés razón... Pero sí una gran mujer. Desde la vez que me invitaste a tomar el té en tercer grado y ella compró vainillas porque yo le dije que me gustaban, supe que ella y yo estábamos destinados.

-Ese fue un buen día.- Tomás comentó, su mente vagando bajo el sol de otros días, y Javier lo dejó hacer. -Subí solo al final, y eso que éramos una banda.- el vaso giró entre sus dedos. -El mundo está lleno de cobardes, y todos ustedes me saludaron desde abajo.

-Mea culpa.

-Dios,- lo escuchó murmurar para sí, - éramos invencibles ese día. ¿Qué pasó? - Tomás ladeó la taza despacio y con cuidado volcó el café en el suelo, mirándolo desparramarse por entre la mugre con expresión reflexiva, -No había dragón que yo no enfrentara... Que yo no pudiera vencer... Y ahora... ¿Qué hago yo ahora? ¿Mmh? ¿Qué me queda? ¿Una voz en el contestador? ¿Un montón de fotos? ¿Qué mierda hago yo con eso?

No había respuesta para eso y Javier no trató de darla.

La taza fue estrujada y convertida en un reciclable entre los dedos nerviosos.

-La casa se me va a hacer inmensa... -murmuró sin rencor, destacando un hecho. Movió la cabeza, aflojando el cuello, sonando sus vértebras, y los ojos azules brillaron oscuros a la luz de los faroles. -Sabía que la compra del dúplex iba a volver para joderme.

Javier estiró una mano, destinada a tocarle el hombro y detuvo el gesto a mitad de camino, cambiando de táctica,

-Pedile a tu mamá si no se queda con vos unos días.- a medias una burla, a medias una sugerencia.

Tomás resopló,

-Sí, seguro...- una risa que no se graduó como tal, - Algo voy a inventar.- se deshizo del bollo anteriormente conocido como taza y frotando las manos en el pantalón de corderoy, se puso de pie, -Vamos, que ya pasó más de media hora.



El tiempo se escurrió veloz después de eso. Tomás relevó a su hermana en el teléfono, avisando a parientes y amigos, su voz monocorde al aceptar los pésames y las expresiones de simpatía.

Con el amanecer, Javier lo obligó a desayunar un café con leche y unas medialunas, y después lo acompañó hasta lo de Virginia, que le dio las llaves para que Tomás pudiera tirarse un rato.

Acostado en la cama de dos plazas, Tomás observó el techo, infinito en su limitada blancura,

-No puedo volver a casa todavía.

Javier, sentado en un sillón, las piernas estiradas apoyadas sobre el colchón, la cabeza echada hacia atrás, acompañando con el sentimiento la exploración que Tomás estaba haciendo del llano, contestó,

-¿Dije yo algo?

-Hay un reguero de sangre desde el cuarto hasta el baño que no sé cómo limpiar.

-Contratá a alguien.

-... ¿Se puede contratar a alguien para eso?

-Se puede contratar gente para todo, sólo tenés que estar dispuesto a pagar el precio. ¿Por qué no dormís un poco?

-No quiero.

-¿Qué tipo de respuesta es esa?

-Tendría que haber podido hacer más.

Un resoplido,

-Y dale… Estaba más allá de tu alcance.

Tomás se mantuvo completamente inmóvil, mientras su mente galopaba en círculos por el confín cerrado de su cerebro,

-Podríamos haber ido a ver otro especialista, yo tendría que haber insistido. O al tipo aquel de la medicina alternativa. Alguien.

-Es cierto, podrías haber insistido.- concedió su interlocutor - Pero, ¿qué hubieras conseguido?

Tomás suspiró, las olas batieron en el mar de fondo de su conciencia y las ignoró,

-Unos días.

-¿Valía la pena prolongar la tortura por apenas unos días?

-Cualquier cosa hubiera sido mejor que esto.

-Hablá por vos.- Javier observó el perfil de la figura en la cama, -¿Dónde va a ser el velorio al final?

-Mi suegra insistió en que fuera en su casa.

La mirada oscura volvió a su propia contemplación del techo,

-Sí, esa mujer puede ser muy insistente cuando se lo propone.

-No todos tienen la suerte de tener tus suegros.

-No, es cierto. Mi suegra es una mujer fantástica... Dormite de una vez.

Tomás giró y se acurrucó sobre un costado, cerrando los ojos,

-Está bien.

-Te despierto en un par de horas.



El velorio pasó por la realidad de Tomás como un borrón.

Mil personas dando sus condolencias.

Amigos y parientes, conocidos y colegas, todos confundiéndose en un mismo sujeto, repitiéndose a si mismo una y otra vez.

-Lo lamento mucho... Cualquier cosa que necesites...

Lo lamento mucho. Cualquier cosa que necesites.

Como si alguna de estas frases significaran algo.

Aprovechó uno de los raros momentos en que quedó solo y escapó al jardín que los Hobert tenían en la parte de atrás de la casa en Olivos. Respiró hondo, llenándose los pulmones del aire frío del mediodía invernal.

-¿Cómo vas?- la voz de Javier lo sacó de su contemplación de la nada.

Se encogió de hombros,

-Bien, qué sé yo. ¿Dónde andabas? No te vi.

-Por ahí. Vino mucha gente.

-Sí.

Las pupilas negras lo estudiaron con bienintencionada burla,

-Vi a una de tus ex novias.

-Sí, la saludé. Es amable de su parte, no me porté bien con ella.

-Sí, no es bueno andar con una persona cuando estás enamorado de otra.

-No me jodas, no estoy de humor para sermones.

Javier hizo una mueca escéptica, pero se abstuvo de hacer más comentarios,

-Ginny te está buscando.- dijo en cambio - Ya están empezando a mover todo para ir al Jardín de Paz, dice que ella te lleva.

Tomás resopló,

-Me va a palmear la mano todo el camino.

-Eso es lo que hacen las personas que nos quieren.

El filtro que lo protegía del mundo flaqueó pero se sostuvo,

-Preferiría que no me abandonaran.

El hombre a su lado sonrió melancólico,

-Y sin embargo nos tenemos que conformar con que nos palmeen la mano.

-Tomás.- llamó la voz de Virginia desde adentro.

-Pulgarcita te reclama.

-¿No podemos quedarnos acá?

-Nop. Te veo allá.

Tomás volvió a juntar aire, llenándose los pulmones, buscando en el oxígeno algún tipo de coraje, y entró a la casa.



De pie junto al agujero abierto en la tierra, observó como la pequeña grúa bajaba el cajón.

El sol brillaba tibio sobre su cabeza, el cielo de invierno era de cristal, a sólo un martillazo de quebrarse en mil pedazos.

Se esforzó por sentir algo, lo que fuera.

Furia, dolor, enojo, frío.

La gente a su alrededor esperaba eso de él.

Pero no se sentía capaz.

Tan sólo podía observar el cajón de madera oscura con una sensación de desapego, como si fuera él mismo el que estuviera siendo enterrado, y no tuviera fuerzas como para protestar.

Ginny le apretó el codo y del otro lado su madre se sostenía de su brazo, observándolo por entre las pestañas llenas de lágrimas.

Todos estaban listos para atajarlo.

Si él tan sólo se dejara caer...

Alguien dijo unas palabras, algo sobre la vida eterna y el polvo, y en una libre asociación de ideas Tomás pensó en que tendría que conseguir el número de alguna empresa para que fuera a su casa a limpiar. No podía volver hasta que todo no estuviera fregado a nuevo. Esto lo llevó a pensar en que iba a tener que contratar a alguien para que limpiara de manera regular. El nunca había estado a cargo de esas cosas...

Son los detalles los que eventualmente nos ponen de rodillas.

Uno a uno los dolientes se fueron yendo. El mediodía ya había pasado y la tarde se alargaba. El mundo presionaba, queriendo volver a girar.

Su madre sollozaba a su lado y Ginny le soltó el brazo para dedicarse a ella.

Lo urgente, como siempre, tomando prioridad sobre lo importante.

-La acompaño hasta el auto y te espero allá.

El asintió, no estaba apurado por irse.

El verde de las plantas, la tibieza del sol, el aire ligeramente mas limpio que el de la capital. ¿Qué razón tenía para volver?

¿Tomaría a mal el administrador si acampaba en su cementerio?

¿Si nunca mas se iba?

Javier se detuvo a su lado,

-¿Cómo lo estás llevando?

-Bien.

-¿Seguro?

-Hijo, que pesado que estás.

-Sólo quiero saber si estás bien.

-Estoy bien.

-No, no estás bien.

-¿Qué te hace pensar que no?

-No creo que todavía hayas aceptado lo que pasó.

-¿Y vos qué sabés?

-Sigo acá.

Y una grieta se abrió en la armadura, dejando entrar el viento.

El sacerdote, un hombre joven que recién parecía estar acostumbrándose al cuello clerical, se acercó hasta donde ellos se encontraban.

-Lamento su perdida.- repitiendo una frase que muchos habían dicho antes y que sin embargo en él, tal vez porque después de todo ese era su trabajo, sonaba sincera.

-Gracias.

El sacerdote estiró la diestra y estrechó la suya en un apretón confortable, la palma tibia y seca envolviendo su mano helada, haciéndole notar por primera vez el frío.

-No llegué a conocerlo, pero por lo que escuché, Javier era un buen hombre...

Un nudo se formó en la garganta de Tomás, filigranas indetenibles resquebrajando el escudo levantado a su alrededor hasta desmoronarlo, la caida envuelta en un silencio atronador.

Apretó los dedos del cura, súbitamente la única cosa firme en un mundo cambiante,

-Sí.

-¿Hacía mucho que estaban juntos?

Buscó a Javier, que se había alejado unos pasos, y una lágrima caliente, la primera en meses, rodó por su cara,

-Toda la vida.- ahogándose con las palabras.

Javier le sonrió, brillante y fugaz como una llamarada de magnesio, y en esa sonrisa Tomás pudo leer toda su historia, llena de idas y venidas, de errores y desencuentros, de penas y glorias.

Desde el trémulo principio en el pasillo de un colegio hasta el amargo final en un pasillo de hospital,

-Estoy seguro de que no está lejos.- los ojos castaños del cura lo observaban, llenos de fe y compasión.

Tomás bajó la cara, luchando por no llorar, por no romperse, por no morir, y cuando volvió a levantarla, Javier ya no estaba.

El sacerdote no dijo mas, se limitó a acercarse y a rodearlo con los brazos. Y enterrando la cara en la camisa negra, con un sollozo quebrado, Tomás finalmente se dejó caer."

FINIS