Otra Mente Brillante Arruinada por la Educación

4 nov. 2009

La Matemática en la Medicina Moderna


Llevé a Zeke a vacunarse hoy. No las vacunas de la campaña - que ya están, tengo el album completo - si no otra, que me dijo su pediatra que le pusiera. Mi pediatra es de esos que, una vez que se asegura que la vacuna sirve, insiste en que se la pongas, aún cuando no esté en ningún plan - cosa que me pareció bien. 27 tipos de neumococos, entre cocos varios, me prometió el médico que esta vacuna cubría. 27 me sonó lindo, número gordito.
Desperté y levanté al crío - que como cualquier otro crío, cuando no tiene que levantarse, está up and about, y cuando sí, no hay forma, no quiere no quiere no quiere. Lo vestí entre protestas y lágrimas, y la única manera de calmar esas lágrimas fue darle su almohada para que la llevara. Porque allá donde otros nenes tienen ositos o mantitas, Zeke tiene toda una almohada. Y no una almohada de avión, no no, una almohada de plaza y media, tan alta como él. Aun cuando cabe agregar que está tan viejita la almohada que si la abrazás se dobla sobre si misma. Así que allá partí, cargada con el crío, la almohada, la cartera, la carpeta con la libreta y el carnet, mi saco y la chiva que no quiere salir de ahí.
Susan nos llevó hasta allá, nos dejó en la puerta del vacunatorio y una vez en el mostrador - después de convencer a Zeke de que se parara y sostuviera la bendita almohada - le paso los papeles a la señorita y esta amablemente me indica que tiene que cobrarme 68 pesos. “¿68 pesos?” digo yo. “68 pesos” confirma ella. “¿ Y cuánto sale sin la Obra Social?” “113 pesos” “Ok” Sin quebrarme y llorar a sus pies, mostrándole mi billetera vacía - bueno, con 50 pesos, pero aún así no lo suficiente -, la llamo a Susan, que suponía estacionando el auto y le pregunto muy muy amable si tiene algo de plata porque a mi no me alcanzaba. Ella contestó que sí, seguro, pero que estaba en doble fila, así que tenía yo que ir a buscarla. Con un suspiro interno cargué nuevamente al crío, la almohada, la cartera, el saco, la carpeta con las cosas y la chiva y marché hasta la camioneta estacionada en doble fila, lejos, muy muy lejos de donde estaba yo.
La señorita de la recepción ya había pasado nuestro nombre así que volver por suerte sólo fue llegar, entregarle la plata y entrar al consultorio. Esa parte al menos fue rápida e indolora, a diferencia de nuestra llegada. Zeke se abrazó a la almohada - que para algo habíamos traído el condenado chisme - le saqué las mangas, la enfermera, con años de cancha, lo pichicateó y salimos en minutos. Susan se llevó a Zeke para casa - y a la almohada - y yo con los dos pesos de vuelto de los 20 que Susan me prestara me di el gusto y pasé por la panadería.
Haciendo un rápido cálculo mental - a quién engaño, usando la calculadora mientras como bizcochitos - dividiendo 68 entre 27, cada coco me salió poco mas de 2 pesos con cincuenta. Supongo que los años me dirán si fue una inversión acertada.

2 comentarios:

zorgin dijo...

qué coño es la chiva?

Guada G Narbaitz dijo...

Es una de esas canciones en las que se van sumando cosas, siempre todo en torno a una chiva que no quiere salir del lugar donde está :)