Otra Mente Brillante Arruinada por la Educación

23 ago. 2009

Las Cuatro Estaciones 1/1


" Se conocieron junto al puesto de flores, a la entrada del predio, los sonidos de la feria despertando a su alrededor, la mañana todavía tibia en la primavera.
Fue amor a primera vista.
Ella llevaba un vestido rojo, largo hasta la rodilla, y cada vez que se movía la tela del vestido parecía abrazar su figura. El, vestido de bermudas y remera, deseó haberse puesto otra cosa.
Ella había venido con sus viejos, que estaban presentando un número de trapecismo cerca de la carpa grande. Él había traido a sus hermanos, que habían desaparecido en el sector de juegos, y no tenía planeado encontrarlos hasta la salida.
Ella tenía el pelo rubio, envuelto en un pañuelo verde, y mechones azules jugaban entre las guedeja doradas. Su sonrisa blanca tenía un diente ligeramente torcido.
El no tuvo oportunidad.
Enseguida se encontraron caminando del brazo, conociéndose, descubriendo que a los dos les gustaban las mismas películas, los mismos sabores de helado y que los dos sabían jugar al Gin Rummy.
Se dieron el primer beso junto al stand de globos, escondidos entre un corazón brillante y un elefante azul. Un beso apasionado que los dejó temblando, deseando mas, respetándose demasiado para pedirlo.
En la tarima de madera construida la noche anterior, bailaron al ritmo de un grupo de rock nacional, la mañana calurosa haciéndolos transpirar, riendo a carcajadas. Dos puestos mas allá, donde una señora vendía cajitas de música hechas a mano, se abrazaron húmedos a ritmo de vals, las risas reemplazadas por suspiros.
Ella le festejó las bromas junto al añoso ombú, alrededor del cual vibraba la feria. El trepó a rescatar su pañuelo verde esmeralda cuando un viento travieso lo robó de su pelo y lo enredó en las ramas.
En el stand de joyería artesanal, él, su corazón latiendo como un pájaro enjaulado, le compró un anillo. No pudo evitarlo. Ella lo hacía sentir como nadie lo hiciera antes. Ella se puso roja cuando él puso una rodilla a sus pies para ofrecérselo, sus mejillas como manzanas. La gente a su alrededor aplaudió. El le prometió que la haría feliz. Ella puso el anillo de alpaca en su dedo y sonrió entre lágrimas.
En el establo de los ponys, que a esa hora paseaban una incesante marea de niños, consumaron su amor eterno. El universo les sonreía. Abrazados entre las mantas nada podía separarlos.
Cerca del patio de comidas tuvieron su primera pelea. Ella quería almorzar salchichas, siempre había sido una fanática de la mostaza y el chukrut. El quería hamburguesas con queso, pero sólo tenían tiempo para ir a uno de los puestos si querían llegar a tiempo a la función de títeres, que presentaban unos conocidos. La discusión escaló y los dos dijeron cosas que no sentían. La gente los esquivó mientras gritaban y si bien finalmente optaron por los panchos y entre lágrimas y besos se pidieron perdón, un peso se instaló en su interior.
La obra fue un éxito. Los dos rieron hasta el dolor de estómago y para cuando salieron, uno envuelto en los brazos del otro, ya habían olvidado que alguna vez discutieran.
En el carrito de helados él compró dos enormes conos de chocolate con dulce de leche. El heladero, que la conocía a ella desde siempre, les regaló los toppings. El ignoró los celos que se enredaron en su pecho, al cabo que ella estaba con él ahora, y la miró mientras decoraba su helado con nueces. Ella decoró el suyo con obleas. El parpadeó frente a esto, ¿obleas, a quién le gustan las obleas?, pero no dijo nada. No era necesario que ella supiera que él detestaba las obleas. Ella notó la expresión que él trató de esconder, pero no supo interpretarla.
En el puesto de cachorros ella se enamoró de un ovillo tibio color dorado. Algo que fuera suyo, algo que compartir, los haría mas fuertes. El dudó, con las cosas como estaban, ¿podían soportar el peso de un tercer componente?
Ella insistió, haciendo gala de todas sus monerías, la luz jugando en sus ojos claros. El finalmente claudicó, ¿al cabo que no había prometido cuando la conociera que trataría de hacerla feliz? Si esto la hacía feliz, quien era él para empañarlo todo con pensamientos realistas.
En el toldo de los tejidos, el cachorro hizo un desastre, enredando una serie de ovillos de lana hasta que no hubo forma escapar del problema. El le echó la culpa a ella, ella dijo él no entendía que el perro buscaba atención. El pagó la mitad de los daños, ella ofreció volver en la noche a ayudar a arreglar todo.
En silencio caminaron de la mano, apretándo fuerte, reteniéndo a fuerza de voluntad el calor entre los dos, la tarde enfriándose a su alrededor. El perro, caminando a su lado los esquivaba, presintiendo que las cosas no iban bien.
En uno de los juegos él frenó, resuelto, y se ofreció a ganar un premio para ella. Tenían que intentarlo, no podían seguir así. No podía ser que lo que habían tenido se desmoronara de esa manera. Ella le sonrió agridulce, esa sonrisa tan bonita que a él tanto le gustaba, y mientras disparaba con el rifle de aire comprimido, tirando pato tras pato, el mundo por un momento pareció encontrar su centro otra vez. Cuando el encargado les hizo entrega del enorme oso rosa y ella se arrojó en sus brazos, el cuerpo tibio vestido de rojo apretándose contra el suyo, las cosas volvieron a ser lo que eran. Por un instante, un glorioso instante, volvieron a ser esos dos chicos que se conocieran entre un ramo de hortensias y un balde de gerberas.
Pasearon por entre los puestos, su felicidad frágil, ella abrazada al oso, él sosteniéndola de la cintura, el perro jugueando excitado entre sus pies.
En uno de los toldos él le compró bollos calientes, pero ella declinó y se compró dos medialunas. El no supo que hacer con la bolsa de bollos llena y, sintiéndose ridículo, la regaló a un nene que pasaba. Ella ni siquiera lo notó.
En un puesto de metales ella se probó unos aros y cuando giró, buscando su aprobación, él se había alejado, atraído por unos cuchillos labrados.
Despacio caminaron casuales. El aire entre los dos ya no temblaba lleno de expectativa. Conversaron de cosas banales, el clima, el puesto de muebles de madera, la elección de la reina de la feria un par de horas mas tarde. Ella se limpió los dedos grasosos en el costado del vestido y él se abstuvo de comentarle brusco que para algo existían las servilletas.
Dos pasos mas allá una chica alta y morena, con un jean ajustado y una remera negra, le sonrió blanca al cruzárse con ellos, y si bien él trató de no mirarla, no pudo evitarlo. Algo en esa chica que le recordó otros tiempos. Ella se alejó un paso de él, dolida, pero no le reprochó nada. Era una chica inteligente, podía notar que las cosas no estaban bien, y sabía que ella tenía tanta culpa como él.
Cerca del puesto de juguetes artesanales lo intentaron una vez mas. El le compró un conejo que saltaba al tirar de una cuerda, ella le regaló una pequeña rana con grandes ojos. Los dos sonrieron, tímidos, sin saber como encontrarse. El cachorro a sus pies se enredó en la correa y los hizo tropezar, arrancándoles una risa sobresaltada, pero él no la ayudó a enderezarse y ella no se lo pidió.
En el mostrador de las flores secas él no pudo soportarlo mas y la detuvo con un gesto en el hombro. Su rostro serio trasmitió el mensaje antes siquiera de saber como decirlo. Ella lo entendió. Lo de ellos no estaba hecho para durar.
El movió la cabeza y preguntó que iban a hacer con el perro. Ella ofreció que viniera a visitarlo los fines de semana, que lo llevara a la plaza. Entre los dos organizaron un horario, para que el pobre animal no se sintiera abandonado. Y luego guardaron silencio una vez mas.
El se mordió el labio, sabía que esto era lo mejor, y aún así su pecho ardía. Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas y despacio se sacó el anillo de alpaca del dedo. El trató de detenerla, quería que ella lo tuviera, que ella recordara lo que habían sido, pero ella se negó. Dolía demasiado. Sin decir nada lo puso en la palma ancha y cerró los dedos masculinos, atrapando la delicada filigrana en su interior.
El inclinó la cabeza y apoyó la frente contra la frente femenina. Ella cerró los ojos. El perfume de las flores secas los envolvió, recordando el momento en que se conocieran. Tal vez si se hubieran esforzado mas, tal vez si…
Pero no tenía sentido ponderar imposibles. Tal vez, tal vez.
Ella se alejó de él y sonrió trémula, abrazándose en la tarde helada, preciosa en su vestido rojo. Él le devolvió la sonrisa, recordando cuanto la había amado una vez.
El cachorro tiró de la correa, insistente.
-Fue bueno mientras duró.- susurró ella, sin querer que él notara que en la pena iba el alivio.
-Fue bueno mientras duró. - repitió él, aceptándo lo que había sido y ya no sería.
Y con un beso breve, con gusto a sal y a azúcar, se separaron y fueron en busca de la gente con la que habían venido."


El Fin.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

resumiste 40 años en una tarde y sin abogados.

Guada G Narbaitz dijo...

Ese era el plan, glad it worked :)