
Domingo, después de una larga semana de silencio en la que una encantadora laringo traquitis me tuvo afónica y metida en la cama.
Sí, ya sé que estar afónico no quiere decir que uno no puede escribir, ¿pero han tratado ustedes de escribir metidos en la cama? Yo no puedo. Lo intento, pero el ángulo es malísimo y las letras se me desparraman por todos lados. No da, la verdad que no da.
Pero ya he vuelto. O por lo menos ya estoy mejor y mañana voy a volver a trabajar, que después de tres días de reposo mi jefa y sus extrañas ideas sobre la camiseta de la empresa - "por que yo sé que a veces cuando el médico dice 48 horas de reposo, una con 24 está bien, y no es que quiera decir que tengan que venir a trabajar enfermos, es que a veces uno tiene que hacer un esfuerzo por la empresa..." cómo si la empresa hiciera algún esfuerzo por mí. Dios, que mina tarúpida - debe estar queriendo meterme en un barquito de papel y fletarme a otro lado que no es este.
Cómo sea, cinco días enferma, cuatro encerrada en casa, ya estoy aburrida y con dolores varios sólo de estar acá metida.
Lamentablemente los críos y el hombre de mi casa, con tantas fiebres rebotando - en realidad empezó Ro la otra semana con anginas, no vaya uste´a creer que moi trajo la peste al hogar - tampoco estan en la mejor de las condiciones, por lo que pese a estar aquí dentro, el descanso no es lo que solía ser y las noches son mas bien intermitentes.
El tema de las noches intermitentes es que uno sueña mucho.
Bah, yo sueño mucho en las noches intermitentes, ya que cada vez que me despiertan me calzan en medio de algún sueño en pleno REM por lo que voy recordando todas esas cosas que en una noche normal uno no recordaría... tal vez al resto de la gente no le pase, no voy a andar sacando una generalización de una particularidad.
Así es como, haciéndole el aguante a Zeke el viernes a la trasnoche, me encontré con este encanto de relato en mi memoria RAM.
En plena ciudad de Buenos Aires, acababa yo de llegar de visita, y había ido a visitar el departamento de mi marido - que siendo como son los sueños, no era el mismo marido que tengo ahora, si no otro, pero que en realidad tampoco viene al caso porque no aparece en todo el cuento, tan sólo en el vago conocimiento de que ese era su departamento y yo estaba yendo a visitarlo.
Sentada aburrida, entonces, y sin mucho que hacer - porque en los sueños se ve que yo no cargo libros ni reviso estanterías ajenas - , voy y abro la ventana, donde me asomo a mirar el mundo pasar. Y así estoy, medio cuerpo afuera, mirando al mencionado mundo pasar, cuando veo que en la cornisa del edificio, hay un nene parado. Un nene muy rubio, muy bonito, con un violín en la mano, caminando en mi dirección, con un encanto de postal que haría las delicias de las abuelas y los publicistas.
Como yo veo muchas películas de ciencia ficción y fantasía, en seguida puedo darme cuenta de que hay algo malo en esa imagen - cualquiera sabe que los querubines con encanto de publicidad fuera de lugar nunca están planeando nada bueno -, y velozmente, me meto adentro y cierro la ventana. No había empezado a bajar la persiana cuando el crío empieza a golpear el vidrio y empujar la persiana, gritando para que lo deje entrar, la voz desencajada y cada vez mas ronca, haciendo temblar todo. Yo sigo bajando la persiana, desesperada, y la cosa afuera de la ventana sigue tratando de entrar, gritando que lo deje entrar, ¡porque quiere comerme!
Cómo si eso fuera a convencerme.
Me desperté con las piernas temblando.
En serio.
No se ustedes - Bebilacqua, absténgase de todo comentario, se lo advierto desde ahora - pero a mí que un monstruo con aspecto de angelito, trate de comerme, me pone los pelos de punta.
La imagen de la ventana temblando y los gritos desaforados todavía me dejan ligeramente intranquila.
Y anoche - por que la ronda de noches intermitentes continuó por varios días... o noches, según quiera uno medirlo - acostada con Zeke a las cinco de la mattina - un pico de fiebre que no pasó a mayores - me quedé dormida y soñé que estaba dormitando en el cuarto de Zeke y alguien se reía en el cuarto de Rorro y yo quería levantarme para ir a mirar y no podía despertarme.
"Tengo que despertarme." y entreabría los ojos, y miraba el cuarto a mi alrededor - que una vez mas era el cuarto pero no lo era, y los sueños siempre tan sí pero no - sin poder levantarme, mientras la risita en el cuarto de al lado continuaba, cada vez mas desagradable y yo sin poder hacer nada.
¡Jue horrible!
¡Jue Horrible!
Eventualmente, al cuarto o quinto, "tengo que despertarme!" me desperté, para encontrarme en al cuarto de Zeke - que esta vez sí - y sin risitas desagradables en ninguna parte, pero un peso acá en el esternón que se los regalo...
Y con esa van dos noches seguidas de pesadillas.
No puedo esperar a ver que me tiene esta noche preparada, antes de volver a laburar.