
Para Alex y la Peti, que querían algo con besos y chocolate... este... En esta historia no hay ninguno de los dos, pero si lo miran con visión a futuro, el espíritu del pedido está.
"El había salido con una chica del laburo, una de las recepcionistas, una de esas salidas que había empezado con un poco de conversación va, un poco de conversación viene, ¿vamos a tomar algo? Y cuando uno se quiere acordar te encontrás enfrentado a ella a través de una mesa en un bar del centro, pensando que quizás hubiera sido mejor idea el no haber abierto la bendita boca.
El problema, por supuesto, era él. No había dudas. Seguramente. Era lo mas probable. La recepcionista, - Ana, su nombre era Ana, tal vez fuera un indicio el hecho de que en su mente siguiera siendo La Recepcionista - era simpática, bonita y si bien su conversación no era la conversación mas interesante que había tenido esa semana - o siquiera ese día - estaba dispuesto a admitir que después de cuatro días internado trabajando en la presentación para el estudio, él no estaba en posición de juzgar a nadie. Su cerebro todavía giraba un par de revoluciones mas lento que de costumbre.
Se excusó en un momento para ir al baño. Quizás él estuviera cansado, quizás él no estaba en su mejor momento, pero realmente necesitaba un respiro del cuento de la tía abuela con diabetes y su novedoso tratamiento.
Cruzó el bar con sus mesitas, dobló la esquina de la izquierda, atravesó las puertas vaivén, entró al sanitario - dudó un segundo frente a las dos puertas, su mente cansada perdiéndose entre la M y la H ¿Macho, hembra? ¿Mujer, hombre? ¿Por qué no ponen dibujitos? -, se ocupó de sus asuntos, se lavó las manos, la cara y volvió a salir. Recorrió el camino a la inversa, atravesó las puertas vaivén y se detuvo un momento para sacar su celular del bolsillo y chequear si había un mensaje.
Con un suspiro, miró la pantalla vacía, rogándole encenderse.
Pensó en escapar. Pero él era un caballero - entre otras cosas -, y su viejo le había enseñado que los caballeros enfrentan las situaciones adversas con la frente en alto.
Un voz desconocida, con un dejo divertido, curiosa ante su suspiro, preguntó si esperaba una llamada, y él cerrando la carcasa, murmuró que no, pero que confiaba en algo que lo salvara de una noche que pintaba muy muy aburrida. Sacudió la cabeza y su reflexión, y levantando la cabeza, con un exagerado movimiento de cejas, en su mejor imitación de Groucho Marx – bastante mejor de lo que muchos creerían – aclaró que en su vida había pasado noches fabulosas pero, lamentablemente, ninguna de ellas había sido esta.
La dueña de la voz, dueña de una remera plateada y de un vaso de líquido rosa también, sonrió divertida, le deseó suerte, y avanzó un paso en dirección a la barra. Un hombre, borracho y apurado en dirección al baño – en una suma de circunstancias muy común -, giró la esquina y la empujó al pasar, desapareciendo tras las puertas sin siquiera una excusa. El líquido rosa, indignado ante el maltrato, salpicó la remera gris plata de la mujer, que se detuvo con una exclamación sobresaltada.
El guardó su celular y rebuscó en su bolsillo, de donde sacó un pañuelo a rayas, y se lo alcanzó. Ella miró su mano extendida por espacio de un momento y luego lo aceptó con una mueca agradecida – la mancha no era muy grande, el pañuelo bastaría. Mientras secaba no pudo menos que comentar que había creído que los hombres grandes ya no usaban pañuelos de tela. El confesó que en el fondo era una viejecita de 72 años a la que le gustaba regalarle cosas útiles a sus nietos, y le mostró las iniciales, bordadas en una de las esquinas. Ella estudió las letras e intentó adivinar su nombre, de manera maravillosamente absurda, y él admitió que no, pero que su versión era infinitamente mejor y que tal vez fuera hora de que lo cambiara.
Ella terminó de hacer y trató de devolverle el pañuelo. El le pidió que lo conservara, por si llegaba a accidentarse nuevamente, y luego, tras un segundo de lentas revoluciones, buscó en el bolsillo interno de su saco una de sus tarjetas – esas tan bonitas que su madre había mandado a hacer cuando se recibiera de arquitecto – y se la alcanzó. Por si alguna vez querés devolvérmelo, le aclaró. Así podés buscarme.
Ella aceptó la tarjeta y asintió.
El volvió a Ana, La Recepcionista, que lo esperaba jugando con el talle de su copa. Y ya estaba llegando a la mesa cuando su celular sonó. Lo manoteó en un gesto automático, y no reconoció el número en la pantalla. Levantando la vista la vio con su remera plateada, apoyada contra la pared, un celular apoyado en la oreja, el trago rosa en la otra mano, mirando en su dirección,
- ¿Hola?
Su voz sonó pequeñita a través de la línea, una mezcla desfachatada e insegura,
- ... Pensé en buscarte. Por el bien de tu pañuelo. ¿Considerarías el ir conmigo a tomar algo a otra parte a discutir la custodia?
El sonrió despacio,
-Eso sería terriblemente grosero de mi parte. – contestó. -Mi salida se pondría furiosa.
-¿Le digo a mi novio que no me siento bien y te espero afuera en cinco minutos?
Se hubiera necesitado un hombre con mas voluntad de la que tenía él para decir que no.
El llegó hasta su mesa, se disculpó con una excusa, una emergencia familiar, dejó plata como para cubrir la consumición completa y estuvo afuera del bar en tres minutos y medio.
Al día siguiente ella cortó con su novio. Y él hizo su imitación de Groucho unos años mas."